ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


sábado, 21 de enero de 2017

Canción de amor de San Sebastián (Niño de Elche y Toundra)

Ayer fue San Sebastián y hoy es San Niño de Elche, así que tendríamos una buena excusa para escuchar este temazo en su nueva versión, más espectacular incluso, si cabe, que la anterior...
Pero la verdad es que no hace falta ninguna excusa para ponerla.


viernes, 20 de enero de 2017

Democracia (un poema de Roger Wolfe)

DEMOCRACIA

Otra maldita tarde
de domingo, una de esas
tardes que algún día escogeré
para colgarme
del último clavo ardiendo
de mi angustia.
En la calle
familias con niños,
padres y madres
sonrosadamente satisfechos
de su recién cumplido
deber electoral;
gente encorvada sobre radios
que escupen datos, porcentajes
en los bancos.

Corderos de camino al matadero
dándole a escoger el arma
al matarife.

Arde Babilonia
Roger Wolfe.
Visor

La democracia ha llegado a EE.UU


Viene a través de un agujero en el aire,
de esas noches en la plaza de Tiananmen.
Viene del sentimiento
de que esto no es exactamente real,
o es real pero no está exactamente ahí.
De las guerras contra el desorden,
de las sirenas noche y día,
de los fuegos de los mendigos,
de las cenizas de los gays:
la democracia llega a los Estados Unidos.

Viene a través de un hueco en la pared,
en un visionario torrente de alcohol,
de la tartamudeante transcripción
del Sermón de la Montaña
que no voy a molestarme en hacer como si entendiera.
Viene del silencio
en el muelle de la bahía,
del valiente, audaz, maltratado
corazón de Chevrolet:
la democracia llega a los Estados Unidos.

Viene a través de la tristeza en las calles,
los lugares sagrados donde se encuentran las razas,
de la bronca homicida
que ocurre en todas las cocinas
para determinar quien sirve la mesa y quién come.
De los muros de la decepción
donde las mujeres se arrodillan a rezar
por la gracia de Dios en este desierto
y en otros desiertos lejanos:
la democracia llega a los Estados Unidos.

Navega, navega,
oh poderoso barco del Estado!
Hacia las Orillas de la Necesidad,
pasados los Acantilados de la Codicia,
a traves de las ventoleras del Odio.
Navega, navaega, navega, navega.

Llega primero a América,
la cuna de lo mejor y lo peor.
Es aquí donde tienen el alcance
y la maquinaria para el cambio
y es aquí donde tienen la sed espiritual.
Es aquí donde la familia está rota
y es aquí donde los solitarios dicen
que ha de abrirse el corazón
a un nivel fundamental:
la democracia llega a los Estados Unidos.

Viene a través de los hombres y mujeres.
Oh, nena, haremos el amor de nuevo.
Nos adentraremos tan hondo
que el río va a llorar,
y las montañas gritaran "¡Amén!".
Llega como el maremoto
bajo la influencia de la luna.
Imperial, misterioso
en una amorosa formación:
la democracia llega a los Estados Unidos.

Navega, navega...

Soy un sentimental, si entiendes a lo que me refiero.
Amo al país, pero no soporto sus numeritos.
Y no soy de izquierdas ni de derechas,
esta noche simplemente me quedo en mi casa,
perdiéndome en esa pequeña pantalla desesperanzada.
Pero soy testarudo como esas bolsas de la basura
que el Tiempo no puede pudrir.
Soy basura, pero aún así sigo presentando
este pequeño ramo de flores salvajes:
la democracia llega a los Estados Unidos.

A mil besos de profundidad. Canciones y poemas 1979-2006.
Volumen II.
Leonard Cohen (traducción de Alberto Manzano)
Visor

martes, 17 de enero de 2017

"Decálogos de coraje a tumba abierta y dinero perdido"


"Recibo libros de poetas amigos,
decálogos de coraje a tumba abierta y dinero perdido.
Todos escriben como, supongo, se ha de escribir:
me gusta decirles que me ayuda a vivir"

domingo, 15 de enero de 2017

La "riseza" como analgésico: entrevista a Gonzalo Hidalgo Bayal

Celebro el anuncio del Premio San Fulgencio 2018 con esta charla que mantuve con GHB para la revista Periplo hace ya, Dios santo, 5 años.


Por cierto, aprovecho para congratularme de que, con posterioridad a este artículo y esta entrevista, El cerco oblicuo fuera reeditada: merece la pena.

EL LABERINTO ES, SIN DUDA, LA PATRIA DE LOS INDECISOS

Los mismos dioses que encadenaron a Prometeo, afligieron a Tántalo o castigaron a Sísifo, han urdido nuestra penitencia, se entretienen con nuestra fatiga espiral, matan el tiempo muerto del Olimpo obligándonos a recorrer una y otra vez el azaroso trayecto que va del laberinto al treinta, del treinta al laberinto. 
(Hidalgo Bayal, 1993: 137)


En los últimos años, se ha producido una reivindicación de la obra y la figura de Gonzalo Hidalgo Bayal que ha tenido su eco en la crítica, casi unánime, y en el público, ligeramente superior, de una obra que en los últimos tiempos se etiqueta casi inevitablemente como “rescatada”, anteriormente como “oculta” y que siempre ha de ser tenida como independiente y admirable. Y es que, desde que el prestigioso crítico literario Rafael Conte saludara su Paradoja del interventor en 2004 con estas palabras: “he aquí la novela española más importante que he podido leer en los últimos años, no sé si diez o quizá veinte” (Conte, 2004), a Gonzalo Hidalgo le ha acompañado el sambenito de genio voluntariamente minoritario o profeta satisfactoriamente aislado, igual que a su maestro Ferlosio le han flanqueado desde siempre los epítetos de genio estrafalario o misántropo predicador de vacíos, olvidándose a veces que ambos son, ante todo, dos animales literarios poco interesados en camadas literarias o faunas editoriales.


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En el presente artículo nos centraremos en la novela El cerco oblicuo por un doble motivo: promover el salvamento de una obra que quizás aún se encuentre entre los “restos del naufragio” anterior al rescate oficial, y analizar la importancia que los números tienen en la interpretación del mundo y de la forma de vivir del personaje principal. Y es que El cerco oblicuo es una novela filológica y matemática. Filológica porque se desencadena a partir de un error (una mujer acude a la agencia inmobiliaria donde trabaja el protagonista preguntando por un piso “concéntrico”) y se vertebra en torno al juego de palabras surgido de una campaña de seguridad vial (“vivir es volver”, tomado no como aviso precavido sino como axioma filosófico). Matemática porque, para sustentar su endeble argumento, Hidalgo Bayal, igual que hiciera con su primera obra, decide utilizar un narrador en primera persona, desdichado, sentimental y solo armado de su “riseza” (ironía triste) y de una afición por la geometría que le lleva a interpretar la ciudad como un laberinto simétrico y el destino como un juego de azar demasiado similar a un burdo juego de mesa:
Trabajaba a la sazón en una agencia inmobiliaria y rumiaba con apasionamiento una singular teoría del triángulo, entresacada de algún pasaje cartesiano, que aplicaba por igual al laberinto urbano, a los entresijos del conocimiento o al desarrollo y desenlace de un negocio, una competición, un amorío (Hidalgo Bayal 1993: 7).
La novela se vertebra sobre una cita de Spinoza que se repite en loop: aparece literalmente al inicio y al final de la novela, pero está presente, realmente, de forma constante y machacona, a lo largo de toda la trama, a saber: “El hombre experimenta ante la imagen de una cosa pasada o futura la misma afección de gozo o de tristeza que ante la imagen de una cosa presente”. De este modo, Severo Llotas es un hombre atormentado tanto por su pasado (en su juventud fue reprimido por su militancia contra la dictadura franquista) como por su presente, tan vacío que ha de buscar un sentido en el complejo sistema geométrico con el que simula encarar su existencia:
Cada mañana, pues, en sosiego, conjugando la psicología del espacio con la filosofía de la extensión, y ello, pese a todo, con innegable concentración racionalista, me desplazaba, a pie, desde el número 56 de la calle San Bernardo, donde vivía, hasta el 24 de la calle Jacometrezo, domicilio social de la agencia (Hidalgo Bayal 1993: 7)
O bien con el cálculo de probabilidades que concede para el éxito de su azar amoroso:
Resolví, pues, alejarme de oportunidades y dediqué más de una hora a delinear El Corte Inglés con el rigor indiscutible que proporcionaban las deducciones sucesivas de la lógica geométrica: o sigue aquí (PI1) o no sigue aquí (PI2), si PI1, en planta femenina (p1) o en planta no femenina (q1), si PI1, p1, en planta juvenil (p2) o en planta no juvenil (q2), si PI1, p1, p2, en la sección de ropa (p3) o en la sección de cosmética (q3), si PI1, p1, p2, p3, en costura asexuada (p4) o en costura superior (q4)… (Hidalgo Bayal 1993: 41).

Sin embargo, y esta es su mayor desdicha, se sabe ya condenado, pues no obvia que, de seguir el rumbo establecido, seguiría siendo desdichado, pero, y esto es lo peor, tampoco olvida que, en caso de cambiarlo, tras el pasajero momento de dicha por la novedad, volverá a encontrar simplemente desengaño y derrota, repetición y decepción. Por tanto, Severo Llotas es un ser abatido simultáneamente por el pasado sufrido y por el futuro en su doble vertiente: el que seguramente habrá de padecer y también el que probablemente no alcance, ambos, en definitiva, resortes de su aflicción y metas de su angustia:
si bajo de nuevo al supermercado, Gloria recobrará funciones de aditivo, leche o hielo para mi perdurable solitud, anís o azúcar para la oscuridad del túnel que amenaza (…) porque un sábado u otro, sin posibilidad alguna de evitarlo, surgirán las palabras, nos diremos los nombres, (…) iremos al cine, naufragaremos en la rutina y nada nuevo en absoluto nos acontecerá, más bien seremos el sujeto paciente de un único existir indefinido que sucederá implacable y sin interrupción, porque todo el porvenir es treinta, porque todas las veces que, en lo sucesivo, vea a Gloria, (…) todos los años de compañía que la vida nos depare, (…) no serán sino la prolongación vacía e inocua de un desencantado “siempre igual” (Hidalgo Bayal, 1993: 156-157).
Si bien la síntesis se condensa en una sola frase: “vivir es volver”, sobre la que se insiste y, por supuesto, se vuelve al final. Por consiguiente, podríamos hablar de que estamos ante una novela palindrómica por varios aspectos: concluye igual que comienza, releerla supone repasar el círculo (o cerco) de la desdicha geométrica y, además, está aderezada por abundantes títulos de obras de este tipo de un personaje secundario que se torna principal, Saúl Olúas (entre ellos: Salobres se van sus naves sérbolas, Allí verás a Revilla, Nada oyó Adán, Amo cada coma, Yo soy, Eres o no seré…).

Según David Lodge, “hay tres clases de historia, la historia que termina felizmente, la que termina infelizmente, y la historia que termina ni feliz ni infelizmente, es decir, en otras palabras, que no termina realmente en absoluto” (Lodge, 1998: 359) . El cerco oblicuo, como realmente no narra, y está fuera de las leyes espacio-temporales, obviamente tampoco finaliza, sino que acaba por diluirse en torno a una evidencia repetida: es lo que Fernández Porta define como el factor techno (FERNÁNDEZ PORTA, Eloy: 2008) en las prácticas artísticas, que consiste en denegar el desarrollo por medio de la reiteración, en este caso la reincidencia en la evidencia de la persistencia de la infelicidad por más analgésico matemático, geométrico o filológico que se busque:
Pero, si por el contrario, decido no bajar y dejo que Gloria se consuma, nunca me abandonará la pesadumbre de haber rechazado un porvenir que los dioses fabricaron. Mi decisión será, sin duda, su venganza: ignorar para siempre la multiplicación del treinta. Me convertiré en un habitante del hastío, un compositor de geometrías de otoño (…). Tres Catorce Dieciséis impenitente, dibujaré fantasmas: abscisas, elipses, órbitas. Escenificaré un axioma de paralelas insolubles. Seré el protagonista derrumbado de una certeza metafísica: que a la perfección del triángulo se impone la magnitud del ángulo, así como a la magnitud del ángulo se impone imperiosamente la prolongación infinita y solitaria de la línea, una línea, por lo demás, que va trazando su leve surco irreversible sobre la superficie estrecha de una cinta de Möbius
(Hidalgo Bayal 1993: 157).

En definitiva, como asevera José Luis Pardo (2007: 347), no puede haber un final o un desenlace, porque el final y el desenlace de las ficciones presuponen una realidad exterior a ellas. Por el contrario, El cerco oblicuo se sostiene intrínsecamente en su propio universo, geométrico y matemático pero, ante todo, literario, fuera de reglas o normas exteriores, sujeta solo a una ecuación simple: el laberinto es, sin duda, la patria de los indecisos:
Termino, pues, sin conclusión alguna, este ejercicio en el que lo pasado y lo porvenir conjugan una siniestra variación. Una proposición filosófica (cuya demostración, como bien se sabe, es, more geométrico, de un rigor ejemplar) me lastima y abruma: “El hombre experimenta ante la imagen de una cosa pasada o futura la misma afección de gozo o de tristeza que ante la imagen de una cosa presente”
(Hidalgo Bayal 1993: 157-158).
BIBLIOGRAFÍA:

CONTE, Rafael. “Crónica de la degradación”. El País, 03/07/2004.

HIDALGO BAYAL, Gonzalo. El cerco oblicuo. Madrid, Calambur, 1993.

HIDALGO BAYAL, Gonzalo. El desierto de Takla Makán (lecturas de Ferlosio). Mérida: Editora Regional de Extremadura, 2007.

LODGE, David. Intercambios. Barcelona, Ficciones, 1998.

PARDO, José Luis. Esto no es música. Introducción al malestar en la cultura de masas. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2007.

FERNÁNDEZ PORTA, Eloy, Homo Sampler. Tiempo y consumo en la era Afterpop, Barcelona, Anagrama, 2008

jueves, 12 de enero de 2017

Papa was a rolling stone


¿Qué se puede hacer con un niño, si no bebe?
Humphrey Bogart
Cuando finalmente renuncie
a todos mis principios y embarace
a la mujer que amo pese a todos
mis juramentos, mis votos al diablo
y la constancia en pasarme el móvil
por los genitales desde los veinte años,
prometo no ser un padre horrible:
levantarme alguna vez si El Engendro
llora, levantarle del suelo
tras una caída, levantarnos
los castigos tras una trastada,
dejar el filtro familiar desactivado
y pasarle la ITV cuando el organismo
pertinente lo tenga estipulado.

Incluso, si no queda más remedio,
prometo atender a su madre,
la mía o algún tutorial de YouTube
que explique sin pegar demasiadas broncas
cómo se supone que funciona el cachivache.

Juro leerle en la cama, incluso
sobrio y no siempre versos míos.
Prometo intentar escuchar al grupo
de mierda que le vuelva loco
durante su adolescencia. Callarme
algunas de mis opiniones al respecto.

Juro por la gloria de mi madre
y por la madre que lo habrá parido,
darle un beso cuando me traiga
un gin-tonic, aunque esté poco cargado,
encargarme de que vaya a ver a sus abuelos
más de lo preciso. Enseñarle quiénes
fueron ellos y sus bisabuelos
y Gabi, Godín, Torres y Kiko
y por qué debemos adorarles.

Cantará el himno como que hay un Dios.

Le inculcaré santificar las fiestas
y los corners al punto de penalti
o los despojos en los que va a verme
convertido más temprano que tarde.

Me esforzaré en instruirle a contemplar
los escotes  sin descaro y a mentir
a su madre tan bien como yo mismo.

Diario de un puretas recién casado.
Ediciones Liliputienses, 2016.

¡GORA SAN FULGENCIO!

Parece que la carta abierta al alcalde de Plasencia escrita por Álvaro Valverde que comentábamos el otro día ha surtido efecto: Gonzalo Higalgo Bayal recibirá el Premio San Fulgencio 2018 y será propuesto para la Medalla de Extremadura.

Los nadadores nocturnos (poemazo de Manuel Vilas)

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Voy a nadar al gimnasio, sí, prácticamente todos los días.
Bajo el agua parece que el fracaso no existe.

Miro a los otros nadadores de las otras calles de la gran piscina.

Nos miramos vagamente; las gafas de bucear impiden
ver el color de los ojos, ver los rostros torturados.

Nadamos y nadamos como fantasmas hasta las once de la noche,
cuando cierra el gimnasio.

Es obvio que no tenemos dónde ir.

Luego nos vemos en las duchas, desnudos.

Somos cinco o seis.

El encargado nos conoce.

Somos siempre los mismos, a veces falla alguno.

No nos hablamos.

Si falla alguno, pensamos con alegría que se ha atrevido,
que al fin alguno de nosotros lo ha hecho,
que se ha levantado la tapa de los sesos,
hasta que al día siguiente reaparece.

Nos hace ilusión pensar que ya quedamos menos.

Sabemos perfectamente por qué nadamos por la noche.

Hay un bar de copas al lado del gimnasio.

Ninguno de los nadadores nocturnos
quiere llegar a casa a las once y media.

No hay gimnasio con piscina
que abra hasta las seis de la madrugada.

En el bar nos encontramos, no nos hablamos.

Conocemos nuestros rostros, el color de nuestros bañadores,
el modelo de gafas, buenas y caras gafas siempre,
Adidas de competición rojas o azules,
la fuerza en la brazada, el estilo del crol
de cada uno de nosotros, los nadadores nocturnos.

Bebemos en ese bar, regentado por chinos casi muertos,
después de haber nadado hasta el agotamiento.

Bebemos y nadamos, esa es nuestra vida,
pero jamás, nunca jamás nos dirigimos la palabra,
es un pacto, un raro pacto entre samuráis hundidos.

Si alguno de nosotros necesita algo,
solo le prestaremos
el estilete más afilado de España.

La muerte nos gusta, por eso nadamos y nadamos
hasta que el gimnasio cierra y nos echan,
con los brazos convertidos en acero, músculos
tan atormentados, tan desesperados
como los planetas sin nombre,
dando tumbos en la estúpida oscuridad del universo.

Siempre estamos esperando
que alguno no venga nunca más,
pero resistimos como hijos de perra,
todo un misterio de los nadadores nocturnos.

Manuel Vilas.
El hundimiento.
Visor, 2015

martes, 10 de enero de 2017

La noche blanca (Luis Alberto de Cuenca y Loquilo)


LA NOCHE BLANCA

Cuando la sombra cae, se dilatan tus ojos,
se hincha tu pecho joven y tiemblan las aletas
de tu nariz, mordidas por el dulce veneno,
y, terrible y alegre, tu alma se despereza.

Qué blanca está la noche del placer. Cómo invita
a cambiar estas manos por garras de pantera
y dibujar con ellas en tu cuerpo desnudo
corazones partidos por delicadas flechas.

Nieva sobre el espejo de las celebraciones
y la nieve eterniza el festín de tus labios.
Todo es furia y sonido de amor en esta hora
que beatifica besos y canoniza abrazos.

Para ti, pecadora, escribo cuando el alba
me baña en su luz pálida y tú ya te has marchado.
Por ti, cuando el rocío bautiza las ciudades,
tomo la pluma, lleno de tu recuerdo, y ardo.

Instrucciones para ser un gran poeta (Manuel del Barrio)

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Instrucciones para ser un gran poeta 

Para ser un gran poeta lo primero
que hay que hacer es
no escribir y vestir siempre de negro
y oler mal y beber mucha cerveza
y hablar constantemente
del cine cantonés norvietnamita.

Cualquier tipo de oficio está mal visto.
Hay que ser vago y pobre,
hay que esforzarse en fracasar
en los estudios
así como en el resto de cosas de la vida.

También es importante
contraer alguna enfermedad venérea
y renegar del mundo y cometer
quizás algún pequeño asesinato
y arrepentirse luego y dormir mucho
y sobre todo

no despertarse nunca antes del mediodía.

¿Por qué hay un plato que gira dentro del microondas?
Manuel del Barrio Donaire.
Ediciones Liliputienses.

lunes, 9 de enero de 2017

Carta abierta de Álvaro Valverde al alcalde de Plasencia

Hoy Álvaro Valverde ha publicado esta carta en su blog pidiendo el premio San Fulgencio para el gran Gonzalo Hidalgo Bayal. Como tantas otras veces, AV se me ha adelantado en el fondo y forma de una carta que, lógicamente, suscribo en su totalidad.