ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


miércoles, 26 de octubre de 2011

A Ustedes.

Resultado de imagen de usted almudena guzman

A los veintiún años (tarde, como siempre) descubrí un poemario que me dejó completamente alucinado: se titulaba Usted y su autora era Almudena Guzmán. Como habrán podido deducir a poco que hayan (h)ojeado el blog, yo no tengo ni la más remota idea de poesía, así que imagino que poco les importarán mis opiniones al respecto. He de precisar, sin embargo, que dicho poemario debía estar aceptado como, al menos, "de interés", pues formaba parte de la asignatura cuatrimestral "Poesía Española del s. XX" (de 6 créditos) impartida por el profesor Luis García Jambrina en la Universidad de Salamanca.


Años después, al revisar, en extraño ejercicio de nostalgia, los apuntes de dicha materia, apareció una hoja que recogía fotocopiados algunos fragmentos de Usted con unos subrayados aparentemente aleatorios que, luego, al hacer memoria, se destaparon como reveladores. Gracias al recuerdo erótico y melancólico de aquellos ratos, escribí este poema que, en definitiva, es un simple canto al aprovechamiento de las distracciones en clase y un mínimo homenaje a Almudena Guzmán y Luis García Jambrina, entre otros, por haberlo hecho posible.

Han pasado cinco años y medio desde entonces y no sé cuántos créditos supone "Poesía Española del S. XX", si la sigue impartiendo García Jambrina o si Almudena Guzmán es aún objeto de estudio. Pero sigo leyendo Usted (como diría Bolaño: a menudo, de rodillas). Aunque, a decir verdad, lo fundamental que podía enseñarme lo aprendí en aquella clase.

-A Usted. En desobediencia.

                        Y a Almudena Guzmán y Luis García Jambrina. En deuda.

Su recuerdo es como la fe de aquella infancia
Casi nunca usaba minifalda
Rota al mismo tiempo que mis braguitas en el último
Pero ese día hubo suerte
Y mientras Jambrina,
Tobogán
Con su voz de jesuita fumado
Iba recitando cansinamente
No duele, sólo desespera un poco,
Nosotros fingiendo fingir
igual que esas faldas
Estar concentrados
Cortas después de la fiebre
Íbamos subrayando
el beso a la oreja
las palabras clave
la oreja a la boca,
Con sonrisa pícara de niños malos:
la boca a las medias porque las rompe,
demasiado concentrados
como para andar fijándonos
las medias al...
en puntos suspensivos.

La pelotita



Año Octavo

El público no quiere ver
cómo le das vueltas a la pelotita.
Quiere ver cómo te desangras haciéndolo.

(Diez años foca en un circo.
Julio de la Rosa.)

lunes, 10 de octubre de 2011

Examen JPE

ANTOLOGÍA JOVEN POESÍA EXTREMEÑA
 – Víctor Martín Iglesias


-        ¿Que opinión te merece el adjetivo “extremeña” aplicado al nombre “poesía”? ¿Aplicarías este adjetivo a tu propia poesía?

Puede (debe de) ser problema mío, pero la mayoría de adjetivos asociados al nombre poesía me resultan, al menos, tan inexactos como “inteligencia militar” o “elecciones generales”.
Pienso sobre todo en la “poesía del silencio” o “poesía ante la incertidumbre”. O en las antologías de “joven poesía española” de hace décadas. Aunque, bueno, tampoco voy a hacerme el exquisito y admito que muchas etiquetas son útiles, como, quizás, “poesía social”, y otras sin duda necesarias, como, qué sé yo, “porno-gay”. Pero ya tuve una discusión haciendo el doctorado sobre la inconveniencia de mantener el epíteto "hispanoamericana" para parte de la literatura contemporánea (Iwasaki, Bolaño, Neuman, Fresán...) y sigo pensando que actualmente solo sirve para organizar los despachos en las Universidades, ya de por sí caóticas. Así que si, como creo, no hay demasiados despachos dedicados a la poesía, yo prescindiría del término extremeña.
No sé, yo leo a Álvaro Valverde porque es muy bueno, no porque sea paisano, y a Gonzalo Hidalgo porque es cojonudo, no porque sea mi vecino... Es verdad que si el adjetivo me hubiera ayudado a encontrarlos le estaría más agradecido, pero como no es así, imagino que la culpa es de Gonzalo por ser vecino mío. O de mis padres, que no sé quién se mudó primero. Y de los editores por publicar a Álvaro.
Ah, el adjetivo “extremeña” aplicado al nombre “cocina” sí que me gusta. Menos con el gazpacho, que me repite. Con el nombre “realidad” (“palabra que sin comillas no significa nada”, decía Nabokov) me hace mucha gracia, pero no para de joderme las oposiciones.


-        - ¿Qué buscas en la poesía? ¿Qué pretendes lograr a través de ella? ¿Por qué poesía y no prosa, ganchillo, coleccionar dedales o tirarse por la ventana más cercana?

A mí tampoco me gusta.
Pero, al leerla con absoluto desprecio, descubrimos
en ella, al fin y al cabo, espacio para lo auténtico.

(Poesía. Anne Moore.)

O: Es fácil. Si se entiende, la gente lo agradece, y te dicen que tienes un estilo muy directo o transgresor. Y si no se entiende la gente piensa que eres profundo o que ellos son tontos, y entonces no te dicen nada, que también está muy bien.

-        - Autores extremeños / autores en general. (Pueden diferenciar entre los que leen/admiran y los que creen que están en una línea temática/estilística más o menos similar a la suya. Estos dos tipos de autores, lógicamente, también pueden coincidir)

Me encantan, lógicamente, Gonzalo Hidalgo Bayal, Julio Cortázar, Roberto Bolaño, García Márquez, Quim Monzó... No creo que mi prosa se parezca a la suya, para empezar porque entonces me encantaría mi prosa y no es el caso.
Soy un lector tardío de poesía y siempre me da la sensación de que me aproximo a ella como un advenedizo. Pero me encantan los poemarios El mismo hombre y Piedras en el agua de Alberto Tesán, Las afueras de Pablo García Casado, El fin de semana perdido de José Luis Piquero, Usted de Almuna Guzmán, La mala compañía de Felipe Benítez Reyes, Palabra sobre palabra de Ángel González, Una oculta razón de Álvaro Valverde y Cómo hemos llegado a esto de Víctor Martín. También alguna antología completa, pero casi solo en los casos de Jaime Gil de Biedma, Luis García Montero o Luis Alberto de Cuenca. Y luego ya cosas sueltas de Ben Clark, Raquel Lanseros, Ada Salas, J.M. Cumbreño, Irene Albert, Elena Medel, Aurora Luque y Vicente Gallego. Pero no porque no tengan poemarios magníficos de principio a fin ni porque sus antologías se te caigan de las manos, sino porque, como he dicho, yo soy un advenedizo y tampoco se le pueden pedir peras al olmo.

Leo más prosa que poesía. He estudiado más prosa que poesía y he reflexionado, escrito y hablado más de prosa que de poesía. Me cuesta mucho teorizar sobre ella en general y más sobre la mía en particular. Aspiro a que no se quede en la típica poesía de realismo sucio, que como lector no soporto, pero que como autor no puedo asegurar que no sea lo que, más o menos, acabe saliendo (aunque espero que no sea así y a veces me despierto envuelto en sudores fríos gritando que no puede ser así). En ese caso (si es que, al final, resulta ser así) aspiro a llegar algún día a la altura de los poemas menos buenos de Roger Wolfe, Riechmann o Pablo García Casado y no quedarme a la altura de los peores poemas de Bukowski.

-        - ¿Conoce a los otros antologados, ha leído su obra? (nota para despistados: Álex Chico, José Manuel Díez, Irene Albert, Elena García de Paredes, Urbano Sánchez, Mario Lourtau y Víctor Peña)

Sí. Escriben muy bien y me van a dejar a la altura del betún. Pero para eso son las antologías, ¿no?

-        - Según usted ¿en qué situación se encuentra la poesía con respecto a otras épocas y géneros y qué perspectivas tiene?

Su situación puede ser la del poso de Alka-Seltzer que queda en el fondo del vaso enzensbengariano. Su aspiración resistir a la disolución.


¿Podrías confirmarme que no hay ningún problema de copyright o contratos que impida, grave o restrinja cualquiera de tus poemas publicados y que tengo tu permiso, así como Villanova University y la editorial Casavaria Publishing para publicarlos en la antología prevista?

Por ahora sí, pero prefiero no confirmarlo por escrito con la espera de, quizás, más adelante sacar tajada.

lunes, 3 de octubre de 2011

El ciclo de la vida.

El entrenador del Atlético de Madrid en la presente temporada es un antiguo profesor de instituto que, al principio de su carrera deportiva, por pura vocación, se hacía muchísimos kilómetros después de sus correspondientes horas lectivas para poder entrenar gratis a equipos de Preferente, Regional y, posteriormente, cobrando (poco) de 3ª y 2ª B, sin ninguna garantía de estabilidad.
Ahora entrena en Primera División a un club de los llamados “históricos” de España; en los desplazamientos medianamente largos viaja en el avión privado del equipo, obviamente, no tiene que ejercer de profesor y cobra un sueldo inalcanzable para la mayor parte de la población española.
Sin embargo, aún hoy, en muchos aspectos, al menos aparentemente, Gregorio Manzano encarna el prototipo del profesor: tiene un talente supuestamente siempre educado y paciente e intenta que sus jugadores se sientan igual de valorados (aunque cuenten con características, procedencias y méritos diferentes). Estos  afirman que rara vez levanta la voz y, seguro, piensan, que a veces se le queda un tonillo didáctico entre simpático y repelente. Además, lleva gafas. También, cualquiera comprenderá que es ridículo pensar que Manzano solo trabaja cada semana la hora y media que dura un encuentro de fútbol: hay entrenamientos, visionado de partidos, estudio de los rivales y, seguro, vueltas y más vueltas en la cabeza de cara a qué táctica debe ser la más apropiada para transmitir a su grupo los conocimientos que deberían desembocar en los resultados deseables.
Por otra parte, cuando recibe críticas desde fuera, no se encara, no tuerce el gesto y sigue en su labor convencido de lo que está haciendo. A veces acierta y otras se equivoca. Por ejemplo, en mi opinión debería haber exigido un delantero centro de garantías para suplir a Falcao. Posiblemente, su planteamiento en el Camp No también fue equivocado. Quizás su sistema no se adapta del todo a las características de sus futbolistas. Pero parece dispuesto a esgrimir la paciencia como arma y el buen gusto como criterio. No sabemos cómo le saldrá. Pero sí sabemos que este verano defendió con ahínco que quería trabajar con una plantilla corta. Y ahí sí que podemos decir que sabía de lo que estaba hablando.
Muchos críticos con el trabajo del profesorado dirán que de lo que es un magnífico ejemplo Gregorio Manzano es de que al profesor le sobran horas por todas partes y, por tanto, no pasa nada por aumentar su jornada laboral. Al fin y al cabo, ¿qué son dos horas cuando un profesor podía pegarse tres de coche y dos de entrenamiento cada tarde?
Otros, pensarán que Gregorio Manzano encarna la situación actual de los profesores: intentar salir pitando lo antes posible a otra profesión en la que se nos valore más y se nos pague mejor ahora que se avecinan tiempos aciagos.
Para mí, sin embargo, es principalmente un símbolo de la constancia que debemos intentar mantener en nuestro trabajo. Dispuestos a coger el coche para intentar hacernos con un grupo en cualquier momento, incluso con el curso empezado y tratando de emplear una didáctica diferente. Ajenos a las críticas y convencidos de lo que estamos haciendo. Con mucho sacrifico. Porque antes o después se valorará este esfuerzo. No por la sociedad, que bastante tiene con lo suyo y, cuando las cosas vienen mal dadas, es lógico que recurra al desahogo con las víctimas fáciles (“Manzano, vete ya” o “que paguen los funcionarios”) sino, por la opinión que de verdad debe influirte: la de tu plantilla.
Aunque, como bien sabe Gregorio Manzano y cualquiera que tenga dos dedos de frente, es más fácil lidiar con un grupo heterogéneo de veinte seres humanos que con uno de treinta y cinco. A él al menos le han dejado esta posibilidad. Sus antiguos compañeros de profesión, que tampoco trabajamos solo las 19 horas de clase, que hemos visto reducido nuestro sueldo y que también intentan que acabemos siendo el blanco fácil de una sociedad crispada (es más fácil echar a un profesor que plantearse una reforma educativa o económica) lo tenemos mucho más difícil.
Y es principalmente por esto por lo que tenemos que protestar. Manteniendo la educación y los valores que queremos transmitir. Pero con firmeza. Porque si nos quitan la posibilidad de tratar a nuestro equipo de seres humanos de la forma más equilibrada y justa posible, es muy probable que la educación española, tras una mejora insospechada hace años (casi tanto como la de Manzano), comience su periplo hacia una categoría de Regional o Preferente. Y de ahí será muy difícil salir.

Víctor Peña Dacosta
Profesor interino de secundaria