ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


sábado, 30 de noviembre de 2013

El género Cumbreño

A muchos o, espero, a alguno de los presentes, tal vez les sorprenda, antes que nada, que hoy presentemos dos libros de un mismo autor. Sin embargo, esto no es tan extraño teniendo en cuenta que José María Cumbreño es un poeta nacido en Cáceres que, desde que debutara en el año 2000 con Las ciudades de la llanura, ha publicado un total de 11 libros y 2 antologías, lo que supone una media de libro por año y, si eliminamos las antologías, de 0,85 libros por año. Además, dirige una de las mejores editoriales de poesía en castellano, Ediciones Liliputienses, que, desde que hace poco más de veintiseis meses comenzara su andadura, ha publicado un total de 36 magníficos libros, es decir, 1,38 libros al mes.
Cabría pensar entonces que Cumbreño se dedica exclusivamente a la literatura, mientras es alimentado por un gotero, hace sus necesidades por una sonda y es espoleado a latigazos, pongamos que uno cada 4,67 minutos, por algún negrero que cobra, pongamos 6,25 euros la hora (según convenio). Pero no, resulta que Cumbreño es profesor de Secundaria en un instituto, lo que suponen unas 20 horas a la semana de clase, más otras 17 reconocidas (no hagan caso a Esperanza Aguirre) de trabajo en casa y que, además, ese centro está en Mérida, lo que suponen 2 horas más de viaje entre ir y volver cada día… A esto hay que sumar que, lejos de vivir en la cueva a la que cabía apuntar por lógica, Cumbreño vive en una casa con su mujer, por suerte, solo una y dos niños pequeños. Además, tiene un blog.
Por todo esto, la primera pregunta que, cuando empiece el coloquio, yo haría si estuviera entre el público sería: ¿cómo cojones lo hace? Bien, en "Una casa llena de ruido", el precioso texto con el que cierra La temperatura de las palabras, tenemos algunos trucos y un resumen:

“Escribir habiendo descubierto que el verdadero dilema
no es escribir o vivir, sino escribir o dormir”

Sin embargo, por mucho que no duerma, el día sigue teniendo 24 horas, y no parece solución suficiente. La única posibilidad sería que Cumbreño sea un genio y tenga un sistema. Con sistema me refiero a que, a la manera de Simenon, desarrolle sus obras con un esquema eficaz pero repetitivo, como un engranaje que le permita automatizar el proceso.
Pues todo lo contrario: Cumbreño tiene un estilo propio, sí, muy reconocible, sin duda, pero su literatura parece partir sobre todo de la búsqueda. Da incluso la sensación de que va descubriendo el mundo, la poesía o alguna reflexión a medida que la va escribiendo. De ahí probablemente su insistencia a la hora de mezclar, revolver y confundir géneros: da la impresión de que Cumbreño, cuando se pone a escribir, no sólo no tiene establecido ningún engranaje perfecto sino ni siquiera trazado un plan previo. De ahí que sepa mezclar con tanto acierto prosa, poesía, memorias o ensayo. De ahí que no le quede más remedio que ser un genio.
En realidad, creo que el único truco de Cumbreño o, al menos, el único que servidor haya podido desentrañar, es su habilidad para encontrar poesía en cualquier parte: en las respuestas de sus alumnos (como la alumna que en la oración Laura quiere a David argumentó que a David era un “Complemento Sentimental”) o, muy especialmente, en la poesía inconsciente de los niños, como cuando su hija Irene le dice a su madre mirándola de cerca: “mamá, en tus ojos estoy yo”.
Hoy Cumbreño viene a presentar dos libros, dos: uno muy fino, muy intenso, muy duro, digamos que de poesía, aunque también contiene varios textos en prosa, llamado Made in china. Y otro más grueso, también intenso a su manera, menos duro, digamos que de memorias, aunque también contiene, sin duda ,poesía: La temperatura de las palabras. Pero vayamos por partes:

MADE IN CHINA (De la luna Libros)



Son treinta y nueve poemas y cuatro textos misceláneos que llevan el mismo título repetido, o mejor, copiado "Made in China". Pero, como todos sabemos, las copias no son nunca iguales al original, si es que el original existe…
Este libro puede parecer muy narrativo, ya que lo que nos cuenta es la relación entre Emilia, una anciana española y Gladys, la inmigrante ecuatoriana encargada de cuidarla en el último periodo de su vida. Sin embargo, esto no quiere decir que el libro sea poco poético, aunque posiblemente guste a gente que normalmente desprecie la poesía, dado que cuenta con unos personajes e incluso distintas ramificaciones, como los hijos y nietos de Emilia, la madre y los hijos de Gladys, el choque cultural y demás. Sin embargo, el mejor resumen del libro viene contenido en el poema llamado "Treinta y seis (Motivos para escribir un libro)":

Hay libros que se escriben (dicen) por necesidad.
Hay libros que se escriben (aseguran) por interés.
Y otros, como éste, simplemente por mala conciencia.

En cuanto al estilo del poemario, también aparece desvelado en el último poema, una poética magnífica que espero que, si le parece, luego Chema lea al completo, pero del que yo voy a extirpar violentamente unos versos que, como digo, resumen la declaración de intenciones del libro:

aunque suene a contradicción,
la literatura, para serlo de verdad,
debe tratar por todos los medios
de no parecer literatura.

Pero quizás el verdadero tema del libro sea reflexionar sobre nuestra condición de extranjeros perpetuos, tantas veces extranjeros de nosotros mismos.


LA TEMPERATURA DE LAS PALABRAS (La Isla de Siltolá)



Como hemos dicho, recoge, a modo de dietario, la vida de Cumbreño desde Enero de 2009 hasta Septiembre de 2011. En estos casi 3 años tiene tiempo de trabajar en una editorial, Littera Libros, escribir, editar, publicar y presentar varios libros interesantes, abandonar la editorial y fundar la magnífica La Biblioteca de Gulliver, enfadarse, dar clases, vivir anécdotas, indignarse, enfadarse, desilusionarse, ver crecer a su hija, enfadarse (tiene cierta tendencia, hay que decir) y, en definitiva, por tópico que suene, a vivir.
Como seguidor del blog de Chema, siempre he admirado su habilidad para meterse en charcos, su incontinencia ante las injusticias y su capacidad para mantener el lirismo e, incluso, el ritmo, aunque esté cagándose en los muertos del último jurado literario corrupto. Por eso, cuando supe que iba a editar un libro que recogía lo publicado en su blog, supuse que iba a ahorrarse ciertas críticas o comentarios a los todopoderosos… Pues no.
            Es un libro cargado de reflexiones y, como decía antes, de búsqueda: asistimos muchas veces al mismo proceso en que Cumbreño lee un libro, le fascina, se pone a buscar al autor por Internet, le localiza, le convence de que no es una broma, que quiere editarle, y le edita.
No hay ningún tipo de poda, aquí se refleja el estado vital de Cumbreño, lo cual, por supuesto, implica contradicciones: así, alguno se sonreirá con que en Febrero de 2010 anuncie su decisión de alejarse del mundo de la edición y que apenas un año y medio después se lance a tumba abierta a una aventura editorial que llevará él sólo.
            Otra vez, el mejor resumen del libro lo hace el propio autor, en un texto llamado, precisamente, "Me gustan las personas que no se esconden" y que está dedicado a Álvaro Valverde. En él, escribe Cumbreño:
“la literatura o es pasión o no es. El café no sabe igual con leche desnatada”


En definitiva, en cualquiera de los dos libros encontrarán mucha pasión y literatura poco desnatada. Para resumir, Made in China es un libro, principalmente, de poesía, que contiene varios de los elementos por los que admiro a Cumbreño como escritor. Por su parte, la temperatura de las palabras es un libro, sobre todo, de memorias, que contiene muchos de los elementos por los que admiro a Chema como persona.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Cumbreño llega con un par


Este viernes 29 a las 20:30 el gran José María Cumbreño presentará dos grandes libros, dos, en la Puerta Tannhäuser de Plasencia.
Al referirnos a un autor como Chema, resulta complicado hablar de géneros, pues una de sus muchas virtudes es la habilidad para mezclar poesía, narración y autobiografía de forma natural y acertada. Pese a todo, yo les diría que Made in China (editado por de la luna libros) es, principalmente, un pequeño gran libro de poemas, intenso y duro, sobre la relación entre una anciana con problemas de salud y la inmigrante encargada de su cuidado en el último periodo de su vida. Por otro lado, si tuviera que hacerlo, definiría brevemente La temperatura de las palabras (editado por La Isla de Siltolá) como un interesantísimo diario que recoge las ilusiones, desilusiones y reflexiones vitales, sociales y literarias de Cumbreño entre Enero de 2009 y Septiembre de 2011, destacando su lirismo, su humor, su franqueza y su incapacidad absoluta para morderse la lengua. Sin embargo, como nos enseña la cita de Oliver W. Holmes que Cumbreño ha elegido como epígrafe: "el joven conoce las reglas, pero el viejo las excepciones" y, aunque, como pueden ver en la foto, Chema sigue siendo y estando joven, nunca dejará de ser mayor y más sabio que yo.
Este viernes intentaremos que disfruten de las reglas, excepciones, y contradicciones de un autor brillante desde que inició su carrera literaria hace ya diez años y, últimamente, cada vez más necesario. Para muestra, dos botones, dos:

DIECIOCHO

Camino, oigo a la gente hablar. Y, aunque el idioma es el mismo, me siento extraña, cada vez más extraña... Camino y ni siquiera parece que estoy pisando del todo.

VEINTITRÉS

Todas las tardes, después de comer, Emilia y Gladys se sientan en la mesa camilla para ver juntas la telenovela.

Allí, en silencio, frente a la pantalla iluminada (un argumento previsible, unos personajes planos, un final feliz), las dos se compadecen por igual de la fortuna adversa de la protagonista y sufren de la misma manera con las asechanzas del villano.

Las dos paradas en aquel salón.

Las dos llegadas de muy lejos: una, de la necesidad; la otra, del olvido.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Confesiones de un soltero autopoético en Plasencia


Tras el éxito de la primera y segunda edición, Manuel del Barrio Donaire presenta la tercera edición de su antología poética "¿Por qué hay un plato que gira dentro del microondas”, prologada por Víctor Martín Iglesias y Víctor Peña Dacosta, que le acompañarán en la presentación en la Sala Verdugo a las 20h. Allí, firmarán libros, leerán poemas, responderán preguntas e intentarán hacer las delicias del respetable.
Posteriormente, su álter ego, Danilo T. Brown, acompañado de lo que quede de Víctor Martín y Víctor Peña, leerá poemas, bailará, se quitará la ropa, hablará de su novela inédita y otras estupideces en la Sesión Golfa de las 22:30 en la Librería Café Puerta de Tannhaüser. También se sortearán libros, habrá alcohol y, por fin, se desvelará la gran incógnita: “¿por qué hay un plato que gira dentro del microondas?”.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Sevilla Este

Resultado de imagen de sevilla este
Es un hombre que camina solo por el barrio. Un martes por la mañana a la hora en que los demás trabajan. Que mira su teléfono móvil comprobando que funciona correctamente, que tiene suficiente batería y cobertura. Que todavía puede controlar la situación. Es un hombre a la espera de noticias, que ha salido de casa porque necesita pensar, pensar en algo. Su mujer lo mira desde el balcón con el niño en brazos, el camisón deja entrever los pechos caídos de la maternidad. Pechos una vez de brillantina, la locura de la sala de fiestas, todos esos hombres y sólo tú, con tu cara de pájaro. Ven aquí, voy a llevarte lejos de este infierno, tengo negocios. El mismo hombre que hoy se arrodilla en el cajero automático y que suplica, perdónanos, Señor, perdónanos.

Dinero
Pablo García Casado

DVD Ediciones, Barcelona, 2007.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Aquella era una mujer buena.

Resultado de imagen de paradoja del interventor - gonzalo hidalgo bayal

No había cenado (apenas tal vez un bocado en el tren antes de bajar a la cantina) y llevaba ya varias horas vagando por la noche y la estación y la ciudad, de modo que, pese a la angustia y el desamparo, pese al desconcierto y la zozobra, había llegado ya el momento en que el forastero se resignaba a la desdicha. (…) Se fue acercando, pues, despacio, siguiendo la llamada del olor y el apetito, a la luz de la ventana. A través de ella vio una mujer faenando en el interior. Era un cuarto diminuto, al que se accedía por alguna puerta interna y aparentemente secreta, pues él no conseguía distinguirla, y con una ventana cuyo alféizar, duplicado, hacia dentro y hacia fuera, hacia las veces de mostrador. (…) El forastero se acercó muy lentamente. Contó el dinero que tenía en el bolsillo, apenas unas monedas, la vuelta del café que había tomado en la cantina, céntimos, migajas, y sospechó que poco alimento podían darle a cambio de tan miserable calderilla. Se acercó pese a todo a la ventana y reclamó la atención de la mujer (…). El forastero colocó sobre el alféizar interior todo su capital disponible, una auténtica miseria en relieve desgastado de aluminio. Esto, dijo, lo que entre en esto. La mujer lo miró con cara de asombro, como preguntándose si no se estaría burlando de ella. Parece mentira, dijo con retintín, lo mismo tengo para poca masa. Y con la desenvoltura del oficio por una parte y con las muestras de desagrado que cabe expresar en movimientos imprecisos y airados por otra, cogió un junco, colocó dos churros escuálidos en tan largo atadero y se enfrentó a la ventana. Aquí tiene, dijo con evidente mordacidad. Recogió el dinero con desdén y entregó al hombre tan minúsculo festín. Entonces lo miró con las manos en jarras, que es una forma universal de interjección, y, pese a no advertir en el desconocido ningún signo de miseria, si acaso un asomo de cansancio en el rostro, la huella de una espera prolongada y sin esperanza, se compadeció de él. Espere, dijo. El forastero se acercó dudoso. La mujer le quitó el junco con presteza y decisión y colocó varios churros más en el atadijo. Ande, tome, dijo. Gracias, respondió el forastero en voz casi inaudible y se alejó lentamente, acongojado, dolorido. Era la primera vez que alguien le daba una limosna y se compadeció de sí mismo hasta tal punto que, como si se tratara de un bendito analgésico, sintió en el alma o en el pensamiento el intenso sabor, amargo y grato, de unas irreflexivas lágrimas, apenas un atisbo de calidad humedad en las mejillas sucumbiendo a la propia compasión. 
(...)
Resultado de imagen de paradoja del interventor - gonzalo hidalgo bayal


Al principio, cuando lo vio, la mujer puso cara de sorpresa, tal vez porque recordaba al hombre que había acudido con unas monedas escasas noches atrás y veían en lo que se había convertido ahora, magullado, oscuro, herido, sucio y hambriento. Qué pronto se expanden las huellas del abandono y de la desolación, qué pronto la sombra extiende las marcas de su cicatriz donde antes hubo un semblante sereno y una mirada tranquila. Acérquese, dijo la mujer. Y el interventor se acercó con pasos lentos, miró al interior del garito, no dijo nada, no pronunció palabra. ¿Qué quiere?, preguntó. El interventor la miró suplicante, con vergüenza en los ojos. Nada, dijo. ¿Y qué hace aquí?, insistió la mujer. El interventor bajó los pies al suelo, escarbó con los zapatos en la tierra, los pies de barro, retrocedió dos pasos. Oler, dijo en voz audible apenas. ¿No ha comido usted hoy?, preguntó la mujer. El interventor negó con la cabeza. (…) La mujer se compadeció y, al tiempo que disponía una rueda de churros, iba relatando una cantinela, desgranando sus propósitos. Seguramente pensó que no podía alimentarlo cada noche por pura compasión y, sin que el interventor dijera ni preguntara ni pidiera nada, la mujer le dijo que tenía que recurrir a quienes estaban para ayudar a los transeúntes, que tenía que presentarse en el ayuntamiento, donde había un concejal de pobres, de la beneficiencia, o podía ir a donde los hervacianos, (…) o las hermanitas de la caridad (…). Cuando terminó con el catálogo de la filantropía, le ofreció una rueda completa de churros. Pero no se empique, dijo al entregarle el festín. El interventor le dio las gracias y se fue alejando, comiendo con voracidad y haciéndose la promesa de no volver jamás, porque con toda seguridad aquella era una mujer buena y, si él insistía en su mendicidad, antes o después ella tendría que dejar de socorrerlo.

Paradoja del interventor 
Gonzalo Hidalgo Bayal.
Los libros del Oeste/Tusquets

martes, 10 de septiembre de 2013

La historia es nuestra. Y la hacen los pueblos.

No puedo imaginar nada más triste que ser fascista en Chile: llevan 40 años intentando matar a Allende y no lo han conseguido todavía...


lunes, 9 de septiembre de 2013

Que tenemos que hablar de muchas cosas...


(Foto extraída del perfil de Facebook de Manolo Finish, gran fotógrafo que, hoy, como muchos otros, debe estar bastante triste.)

miércoles, 5 de junio de 2013

"Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es mi casa."

Hace 115 años nació García Lorca.
Escribió mucho y muy bien y, después, le mataron los fascistas.
Más tarde, nosotros hicimos esto con sus versos.
(Pobre Federico)


viernes, 17 de mayo de 2013

Todo irá bien

San Enric González escribe un artículo brillantísimo hoy en El Mundo que reproduzco a continuación sin ningún tipo de permiso:

EN GENERAL, se tiende a creer que Europa reaccionará. Que después de las elecciones alemanas, en otoño, la Unión enderezará el rumbo hacia el crecimiento. Que la economía no llegará al colapso. Que el euro resistirá, porque su destrucción tendría efectos inconcebibles. Que todo esto, al final, acabará saliendo bien.
Hay que esperar que así sea.
También en 1914 había esperanzas. La guerra era inevitable, pero no iba a durar. Los generales de uno y otro bando sabían lo que hacían: habían estudiado a fondo las campañas napoleónicas y el conflicto franco-prusiano y garantizaban unos movimientos masivos y vertiginosos de la infantería, dotada de transportes y de armas automáticas. La gente vitoreaba a las tropas que partían hacia la guerra-relámpago. Cuatro años más tarde, en 1918, sobre una Europa traumatizada se alzaba una montaña de nueve millones de cadáveres.
Esa guerra era la última, se dijo.
Alemania, sometida a profundas convulsiones políticas tras la caída del Kaiser y al pago de reparaciones de guerra, entró en una fase de hiperinflación. En 1930, sofocada el alza de precios, el canciller Brüning aplicó una política deflacionista. Lo que llamamos devaluación interna. El principal objetivo de Brüning consistía en cumplir con el pago de las deudas para que siguiera llegando crédito, y los acreedores no aceptaban cobrar en moneda devaluada. Era necesario, por tanto, devaluar todo lo demás. Bajaron salarios y precios. El desempleo aumentó de forma vertiginosa. No hace falta subrayar la similitud con ciertas situaciones de hoy. Sólo tres años después, Adolf Hitler ocupaba la Cancillería de Berlín.
En la primera mitad del siglo XX, la historia del continente es la historia de un suicidio colectivo. Nos acostumbramos a pensar que eso quedó en el pasado. La convergencia económica y política trajo paz y prosperidad.
No hemos tenido demasiado en cuenta, quizá, las condiciones excepcionales en que se desarrolló ese proceso virtuoso. La Guerra Fría suponía una amenaza, pero también una garantía de estabilidad. Las dos Alemanias permanecían ocupadas por las potencias vencedoras, aunque se notara mucho más la ocupación soviética en la RDA. Y Europa disponía de una élite política que había conocido personalmente los horrores del pasado.
Aún no sabemos si el paréntesis es la crisis actual, o si el paréntesis fue la Europa rica y pacífica a la que nos acostumbramos durante décadas. Aún no sabemos si Europa se ha curado ya de sus tendencias suicidas.

miércoles, 15 de mayo de 2013

En la plaza (un poema de Vicente Aleixandre)

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

(Vicente Aleixandre)

martes, 7 de mayo de 2013

Marca España

No sé si se han fijado, pero la "marca España", más que tener solera, huele a rancio.

miércoles, 3 de abril de 2013

Agamenón y su porquero

Yo no sé si las declaraciones de Montoro (acerca de que en el 2013 se acaba la crisis) no me han inspirado ninguna credibilidad por venir de un ministro que ha hecho una amnistía fiscal para blanquear el dinero de los mafiosos de su partido o por haberlo dicho en un foro organizado por un pseudopanfleto llamado "La Razón", pero ojalá me equivoque.

martes, 19 de febrero de 2013

Machismo

Todavía hay demasiado machismo. En este país no habrá verdadera igualdad hasta que una mujer pueda favorecerse de los viajes, coches y regalos que La Mafia regala a su marido y poder seguir en su puesto de Ministra sin ponerse ni "colorá"

miércoles, 13 de febrero de 2013

La revolución

“En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa. Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí. Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver. Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable. Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista. La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida. Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio. Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.

Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por ese ‘cierto tiempo’. Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario. Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución. Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna. Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez ‘cierto tiempo’ también se mostró impotente.

Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio —es decir, el cambio seguía siendo un cambio—, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo. De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama. Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba. Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario”.

La revolución, de Sławomir Mrożek. Perteneciente a la obra La vida para principiantes
© de la traducción, 1995 Bozena Zaboklicka y Francesc Miravitlles y Quaderns Crema S.A.U.

lunes, 11 de febrero de 2013

Plasencias y Valverdes




Plasencia siempre ha sido una ciudad provinciana con ínfulas de una grandeza que, en realidad, nunca tuvo y, aparentemente, está lejos de poder llegar a tener jamás. Así, dicen, poco después de su fundación como simple emplazamiento estratégico por parte de Alfonso VIII, fue “refundada” como “Ciudad Libre” y amparada bajo el ampuloso lema "Ut placeat Deo et Hominibus" (Para agrado de Dios y de los hombres). Posteriormente, cuentan, luchó por mantener su realengo, es decir, el dudoso honor de ser propiedad exclusiva de la Corona (cada cual elige sus cadenas) y, desde entonces, ha sabido mirar con suficiencia incluso a ciudades mayores, más bonitas y más prosperas. Pese a todo, o quizás en parte gracias a ese aire de falso aristócrata arruinado, es un sitio apacible, donde se puede comer, vivir y beber bien y donde resisten (y, últimamente, están abriendo) bares que merecen la pena.
Plasencias, por su parte, es un poemario magníficamente editado por de la luna libros sobre las andanzas en una ciudad provinciana de un yo poético que pasea, siente, recuerda y resiste. Y, sobre todo lo anterior, escribe. Su autor es Álvaro Valverde (Á.V. de aquí en adelante) que, que yo sepa, nunca ha tenido las ínfulas que su grandeza podría provocarle y cuyo aspecto de aristócrata es, sin duda, más estético que poético.
“Habito una ciudad de la memoria./ Me obliga a ello/ la pobre realidad que determina/ la imagen que refleja”, se disculpa Á.V. en el inicio del primer poema del libro, “Memoria de Plasencia”, que ya incluyera hace cierto tiempo en A debida distancia y que constituye una introducción magnífica para los distintos prismas callejeros que determinarán el libro, esto es, un recorrido errabundo por distintos lugares (de paseo, de camino al trabajo, en coche y/o recordando) donde se desarrolla “(…) una existencia/tan común y distinta como todas”. Y ese deambular anodino (“cifra/ de la vida a que aspira quien resiste) se torna universal a través de, por ejemplo, “Calles secundarias”, “Junto al río” por “Periferias” y “Conventos” y el lector entiende que el plural de “Puerta del Sol” no es gratuito ni se refiere solo al poeta y su abuela Feliciana: a fin de cuentas, a todos “Entre verso y pespunte/ se nos va la existencia”.
Servidor, que solo se siente patriota en algunas manifestaciones y orgulloso de su tierra al leer algo de Gonzalo Hidalgo, Juan Ramón Santos o Gabriel y Galán, admite que necesitaba un guía afectivo para su propia ciudad, ahora reconocida, revalorizada y pronto, seguro, releída. Pero, más allá de desapegos particulares que a nadie importan, lo vital es la forma en que Á.V. hace suya la máxima de John Dewey, “lo local es lo único universal”, logrando, como ya hicieran anteriormente otros con Murania o Aracia, levantar un territorio para agrado, no sé si de Dios, pero sí seguro de los hombres. O, al menos, en este caso, de aquellos que aprecian la buena poesía.

viernes, 1 de febrero de 2013

Entre falsas promesas de un mundo habitable


TIERRA
Apretar el gatillo sería lo correcto.
Y dejar para siempre de agachar la cabeza.
Un disparo certero entre los ojos
es el remedio a nuestros problemas.
La vida cansa y cansan los políticos,
las ideas mezquinas de un rebaño
decadente. Es tiempo de poetas
y de asesinos, tiempo de suicidas
y violadores, tiempo de actuar.
Porque cansa la vida y la verdad cansa,
la verdad putrefacta y única que nos venden,
que nos hacen tragar como cartón mojado
entre falsas promesas de un mundo habitable.
Es tiempo de actuar, tiempo de cambios.
El cargador está lleno y las balas
esperan, impacientes, su destino.
Pero no, siempre habrá alguien en la sombra,
un verdadero dios bañado en sangre
que manipule nuestras intenciones,
y se apodere de ellas, y las reduzca a polvo.
Siempre habrá una mano que maneje los hilos
y nos haga comer frente al televisor,
con el silencio familiar más triste,
mascando las imágenes que mecen nuestro sueño.

(Alberto Tesán)

lunes, 7 de enero de 2013

Bendita locura: Ediciones Liliputienses y Puerta Tannhäuser de Plasencia



Es un tópico tan obligado como cansino comenzar una presentación diciendo, primero, que se está encantado de estar en un lugar como en el que se está (y enumerar las características, positivas, de dicho lugar); segundo, que es mayor, si cabe, el placer de compartir mesa con alguien como X (rellénese el hueco con la persona consabida) y, tercero, que es un privilegio, gusto u honor presentar lo que se viene a presentar
Así que me disculpo por ser tan poco original, pero voy a cumplir todos los tópicos con la única salvedad de cambiar el orden: primero, les voy a contar por qué es un gustazo estar aquí, después, por qué es un gustazo presentar lo que voy a presentar y ya por último hablaré del hombre a mi derecha.
Así, tengo que decir que hoy estoy especialmente encantado de estar en el lugar en que estoy y que, en este caso, no es un tópico decir que me siento como en casa, pues invierto aquí bastante del mucho tiempo libre y también bastante del poco sueldo que tengo; porque Álvaro incluso se permite la broma de llamarnos a Víctor Martín y a mí los “poetas residentes” de La Puerta Tannhauser y porque, excepto porque aquí bebo un poco más y aún tengo crédito, esto cada vez se parece más a mi casa: de hecho, aproximadamente la mitad de los libros de la estantería de segunda mano, son míos.
            En segundo lugar, es un gustazo estar presentado esto porque hoy podría hablarles de cualquiera de los libros editados por La Biblioteca de Gulliver, ya un total de 20 autores, porque son todos unos gigantescos poetas, en su mayor parte con una buena cantidad de pretérito acumulado en América Latina, aunque, tengo que admitir, no les hubiera conocido de no haber sido por estas ediciones liliputienses de 50 o 60 ejemplares que saca San José María Cumbreño. Pero, claro, se habrán dado cuenta de que esto, así contado, no tendría sentido: la semana pasada vinieron a presentar un libro sobre Aníbal Núñez y, además del autor (Fernando R. de la Flor) y el editor (Fabio de la Flor), llamaron para presentarlo a San Álvaro Valverde. ¿Por qué? Pues, supongo, primero, porque es San Álvaro Valverde y tiene un prestigio detrás y, segundo, porque es reconocido lector de Aníbal Núñez y, dicen, su huella se puede observar en su ya dilatada obra.
Yo, como no tengo ningún prestigio para estar aquí al lado de este hombre ni para hablar de estos autores y, por no tener, no tengo ni obra en la que buscar, o no, huellas, me veo obligado a pensar que si estoy aquí es por un bendito error o porque soy uno de los “poetas residentes de La Puerta” y Chema se puede haber pensado, erróneamente, que nos hacen descuento. O, quizás, porque ante la menor oportunidad siempre digo que el mejor libro de poesía que he leído en 2011 fue ¿Por qué hay un plato que gira dentro del microondas? y el mejor libro de poesía que he leído en 2012 fue La nieve es nuestra (teniendo en cuenta, claro, que Un centro fugitivo de San Álvaro Valverde era una antología compuesta por poemas que ya conocía). Así que supongo que Chema pensó, erróneamente, que mi entusiasmo supliría mis carencias y, en base a eso, voy a hablarles de los libros que más me han gustado. Concretamente, de estos cuatro:


La nieve es nuestra (CRISTIÁN GÓMEZ OLIVARES)


Como digo, el mejor libro que he leído en 2012 y, para el que, con razón, no se fíe de mi juicio, también es el que tiene mejor relación calidad-precio porque yo diría que ese el más extenso de los Liliputienses, con 100 páginas justas.
Su autor, Cristián Gómez Olivares es un poeta chileno, afincado como profesor de literatura en EEUU y en este libro eso tiene mucha importancia: la sensación de extrañamiento, el hartazgo y la incomprensión por el mundo que le rodea que, como es una sensación por la que todos pasamos en algún momento y como además está escrito maravillosamente, nos vale para cualquiera, ya seamos profesores de literatura aquí, conductores allá o simplemente personas. Dentro de muy poco, San Juanra(món Santos) nos trae a Antonio Orejudo a la Sala  Verdugo, que ha escrito la novela con la que más me he reído en mi vida, Un momento de descanso y que se centra en ridiculizar el esperpento del sistema universitario tanto en España como en Estados Unidos. Cristián Gómez no opta por la sátira, sino por una crítica a medio camino del cinismo absoluto y el pregón desesperado de barra de bar. Por ejemplo, es absolutamente increíble el poema “Única fe”:

ÚNICA FE 
(My only faith’s in the broken bones and bruises I display)
Lo único que le pediría a los encargados de los departamentos de
español es que de una vez por todas comenzaran a enseñarnos
español. No creo en la inmersión, no creo lo del communicative

approach, perdónenme: pero tampoco le creo a ninguno de
ustedes (cada vez que dicen la tema de hoy en una clase
de estudiantes de post-grado, cada vez que me preguntan

¿cómo está tu marida? y ganan esos mismos ochenta
mil dólares con que podría financiar las visitas al
médico de mi hija. No tengo nada en contra de

ustedes, pero de una vez por todas déjense de confundir
literatura con buenas intenciones, no hay nada más
insoportable que la mentira consuetudinaria de

elevar la visión de los vencidos a la categoría de un
clásico que les asegurará un par de becas y muchas
pasantías en esos lugares de los que tanto han

aprendido, salvo su lengua: han visitado tantas veces
el mismo Santiago que me vio morir, pero literalmente
no se han bañado nunca en el mismo río que nosotros:

al menos dejen de cobrarnos los impuestos que antes
nos cobraron con la figura ominosa de una tradición
a la que tampoco pertenecimos ni me interesa: esos

listados infinitos son la guía telefónica de la exclusión
(…)

También resultan representativos de esa sensación de orfandad identitaria estos versos del poema “La caída”


Los adultos que nos vemos
cada vez que alguno de nosotros
tiene que organizar un cumpleaños
nos sentamos alrededor de una

cerveza que no es original de
ninguno de nuestros países.
De lo único que podemos
hablar es de lo único que no
nos interesa.

Tiene un estilo curiosísimo, con versos entrecortados (no es que yo lea horriblemente mal, o no solo es eso) y es capaz de conseguir auténticos aforismos de una certeza incontestable. He de reconocer con vergüenza ante el editor que tengo el libro completamente subrayado por sentencias como estas:

-Los fantasmas de la juventud recién perdida se mezclan con los fantasmas
de la madurez que aún no llega.

-El mundo es una catástrofe tranquila...

Pero Cristián Gómez no se queda ahí sino que su poemario también posee concesiones al romanticismo de una intensidad remarcable, como
Cuando tu cuerpo era todavía una apuesta
y las deudas no nos importaban

O, incluso, guiños humorísticos como:
A vos te llevaron preso: al otro día fui a buscarte y ya te habían soltado.
Ni los pacos te aguantan más de una hora.

O una que me viene a mí al pelo para el día de hoy: “Me han dado una segunda oportunidad: he venido aquí a desperdiciarla”


Autosuficiencia en la (ELENA ROMÁN)


Con Elena Román mi analfabetismo resulta más flagrante, porque es una cordobesa que vive en Toledo, que, además, tiene un montón de premios en su haber (como el Poesía de Barcarola o el Villa de Bilbao…) y que, de nuevo, no hubiera conocido de no haber sido por este cacereño. Tiene un estilo aparentemente sencillo pero brillantísimo que se sustenta en juegos de palaras muy serios y que contiene toda la lógica que, a veces, solo es capaz de desvelar el absurdo. Por ejemplo, el primer poema del libro

Dinámico
Vengo del sur y no toco las palmas,
vivo en el centro pero a un lado.
Ahora que al fin tengo sitio
no sé dónde guardar las cosas
que antes no me cabían:
objetos descatalogados cuya costumbre
era estorbar y que hoy
quisieran destrozar los cajones
en un canto a la libertad dinámico.
De momento, soy feliz
en esta casa que han tenido que pintar
para que no huela a los muertos que la habitaron.

Podría leerlos todos y así observarían ese juego entre naïf y terrible, con unos finales impactantes como aldabonazos… pero tampoco les quiero reventar el poemario y comentarlos mucho parece casi como intentar explicar un chiste: es decir, que se nota demasiado si eres tú el que no lo ha entendido. Por eso, les recomiendo todo el poemario y, para el que no se fíe, con razón, de mi juicio, que sepa que también lo recomienda Santa Irene Albert. Dicho lo cual, doy por suficiente el apartado de la autosufiencia con estos versos:
“Soy fuerte como una niña
tumbada en la hierba
sacando nubes de entre sus uñas”

Por qué hay un plato que gira dentro del microondas (MANUEL DEL BARRIO DONAIRE)



En cuanto a Manuel del Barrio, me parece un auténtico genio y el mejor poeta de todos. Ojo, no me refiero al mejor poeta de los cuatro de los que voy a hablar hoy, ni al mejor poeta del catálogo de La Biblioteca de Gulliver, sino al mejor poeta contemporáneo en castellano. Entiéndase “contemporáneo” en el sentido estricto de “autor que mejor refleja lo está sucedienco con palabras de ahora”, en este caso, mediante referencias al Starbucks, Ikea o Facebook, pero sin caer en el nocillismo, la frivolidad o el chiste fácil, sino absolutamente cargadas de sentido. Para que se hagan una idea, así:
La belleza es mi religión e Ikea me la ofrece embalada en paquetes planos.

Cuando entro en Starbucks y pido un café tengo que decir mi nombre,
que es como decirme a mí mismo y fabricarme de pronto, 
 […]  
Esa es mi identidad, ahora mi vaso dice quién soy,
lo rodeo con mis manos, está caliente, es suave, blanco, de cartón. 
 […]
Sangre de mi sangre a 82º C. Eso es lo que soy.
Salgo a la calle para que la gente pueda verlo.

En palabras de Víctor Martín: tras la corteza pretendidamente coloquial y, a veces, humorística, aparece a poco que masquemos, un regusto amargo, incómodo. Es este un libro que debe leerse con precaución: uno puede, entre risas y blablablá, encontrarse de repente a solas con su propia estupidez.

Ahora van a disfrutar de un poema de Manuel del Barrio "interpretado" por sí mismo. Como ya les he leído algunos de sus versos, se habrán dado cuenta de que Del Barrio es un genio que, además, sabe hacer el payaso y no, como tanto abunda, uno de esos payasos que intentan hacerse pasar por genios:




Aprovecho también para anunciarles (no todo iba a ser perfecto) que José María Cumbreño acaba de cometer el primer error desde que empezó la aventura de Ediciones Lilputienses y nos ha pedido  a Víctor Martín y a mí que hagamos el prólogo de la reedición de este poemario, por lo que hemos decidido aprovechar esta presentación para pedirle públicamente que, aparte de nuestro prólogo, en la reedición incluya este poema:

SÁBADO
Paso la tarde del sábado jugando a la play
y viendo Lost in Translation por cuarta o quinta vez
mientras pienso que debería dejarme de gilipolleces
y escribir
no sé muy bien el qué
pero escribir algo,
un poema, cualquier cosa para actualizar el blog
y no sentirme culpable cuando esta noche salga
y me introduzca entre la juventud
y me beba unas cervezas
y las mujeres me miren como a uno más sin saber que yo
no pierdo el tiempo viendo el fútbol o la fórmula uno porque yo 
soy escritor joder y si me las quiero follar
no es por follar
sino para escribir sobre ello
y ser alguien en la vida
y poder mirar atrás.




Postales (FRANK BÁEZ)


En cuanto a Frank Báez, un dominicano del 78, es bastante inclasificable, tanto que voy a leer unos cuantos fragmentos de distintos poemas y, creo, solo van a creerse que se trata del mismo poeta porque no me verán cambiar de libro. Es cierto que tiene un estilo absolutamente peculiar y reconocible, pero que sabe moverse en distintos frentes: más intelectual (con citas a Bolaño, Anne Sexton o Kafka) como humorístico o musical (de hecho, tiene un grupo de Spoken Word llamado El Hombrecito en el que con base electrónica y dejes latinos van recitando poemas de Frank Báez, que ya es un Liliputiense o de Homero Pumarol, que está a punto de serlo. Sirva de ejemplo uno de mis poemas preferidos del libro, aquí transformada en la magnífica canción "Treinta años":



Por cierto, Postales ganó el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña y ha sido editado en Costa Rica, Argentina y República Dominicana, está siendo traducido al inglés y aquí, por el momento, solo se puede encontrar gracias a La Biblioteca de Gulliver.



Para culminar mi ristra de tópicos, me faltaba hablar del placer de compartir mesa y micro con rellénese el hueco en este caso con… José María Cumbreño. Y me temo que también lo voy a cumplir, primero, por la admiración que le tengo como escritor, segundo por la admiración que le tengo como loco y tercero por el sitio en que se produce. Y es que de José María Cumbreño había oído hablar gracias a Víctor Martín, que me había prestado su libro Retórica para zurdos gracias a lo que comencé a admirarle como poeta y a buscar el resto de su obrar para admirarle aún más. Pero, de nuevo Víctor Martín, me contó algo de su plan de autoeditar libros en tiradas mínimas… Así que, como comprenderán me esperaba encontrar a un loco barbudo y, sin embargo, hace poco más de un año, le conocí justamente en la presentación de los 3 primeros ejemplares de La Biblioteca de Gulliver en La Puerta Tannhauser de Plasencia (el mismo día que presentaba  el último libro de Juan Ramón Santos): cuál sería mi sorpresa cuando vi que era un loco sin barba…

Y esto de loco lo digo totalmente en serio o, al menos, tan en serio como hace 15 meses se hablaba de los locos que iban a montar una librería-café en un pueblo como Plasencia y se hacían apuestas sobre cuánto iban a durar, los pobres… Y aquí estamos, 15 meses de Puerta más tarde y 18 libros de La Biblioteca de Gulliver  después, pensando si no será cierto eso que decía Carlo Dossi acerca de que "los locos abren los caminos que más tarde recorren los sabios".

Yo, como habrán podido observar en esta presentación, nada tengo de sabio, pero incluso servidor es capaz de apostar por caballo ganador de vez en cuando. Así que les recomiendo que sigan a estos locos, tanto a José María Cumbreño y sus Ediciones Liliputienses como a Álvaro y Cristina y su Puerta Tannhauser. Porque, oigan, igual al final tampoco llegan a nada. Pero, eso sí, por el camino vamos a aprender algo y a pasarlo de puta madre. Que no sé si es de lo que se trata, pero sí de lo que se debería de tratar.