ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


martes, 2 de diciembre de 2014

La Fiera de mi Ben Clark


                Que sacara una de las escasas plazas ofertadas en 2014 para las oposiciones del Cuerpo de Profesores de Enseñanza Secundaria supuso un éxito inexplicable, inmerecido e inverosímil. Sin embargo, no voy a decir que llegara sin más, sin que me sacrificara en absoluto para conseguirlo: de hecho, el esfuerzo ha sido continuo y ha afectado a mi orden físico, moral, espiritual y psicológico.
Entre las más arduas abnegaciones, sin duda, ha estado ir viendo cómo la montaña de lecturas pendientes crecía sin parar por la incapacidad de cumplir la promesa de dejar de comprar libros mientras, por primera vez y contra todo pronóstico, sí mantenía el juramento de no leer nada, o casi, por gusto hasta después de exámenes. Ha sido durísimo ver tanto tiempo ahí las Obras de Felipe Núñez, cogiendo polvo bajo una portada tan sobria como impactante, sabiendo como sabía que era uno de los libros que más sabiduría (neta) contenía de mi biblioteca. También, me han llegado a escocer los ojos de puro mono al tener que dejar por la mitad lecturas como Los acantilados de Howth de David Pérez Vega, Los reconocimientos de William Gaddis o Mistery Train de Greil Marcus, y tuve que arañarme con todas las fuerzas de mi mano derecha a la desobediente zurda que pretendía saltarse el veto y releer como merece La belleza son los aeropuertos vacíos de Jorge Posada  o Mis padres: Romeo y Julieta de Pablo Fidalgo, dos de los poemarios que más me han gustado en los últimos tiempos.

Sin embargo, uno de los que más me ha jodido no poder leerme en profundidad, como se merece, una y otra vez de arriba abajo, es La fiera de Ben Clark porque, aunque no pude evitar una lectura rápida, casi inconsciente, apenas salió de mi buzón, enseguida noté que ese poemario merecía bastante más atención de la que le había prestado, de la que, ay, iba a poder prestarle en mucho tiempo. Finalmente, después de haber hecho mis exámenes, haber esperado paciente e histéricamente mis notas, haber hecho cálculos rigurosos alternados con cuentas de la vieja y elucubraciones optimistas y pesimistas y, sobre todo, haber celebrado el milagro hecho carne o, más bien, plaza, he podido comenzar a ajustar cuentas con el montón de asuntos pendientes y de lo primero que he hecho ha sido acorralar a la fiera.
Debo decir que leí esta obra en las circunstancias más propicias: abandonado por mi novia al inclemente calor del agosto placentino, entregado a la desidia, descuidando la higiene personal, la alimentación o las tareas de la casa y sudando como un cerdo, algo sin duda apropiado para un poemario que trata de la atávica autodestrucción del hombre solitario enfocada en el contexto del siglo XXI. Posteriormente lo he releído con calma, dándome cuenta de que el entusiasmo inicial no se debía al alcohol, el calor o la fiebre y, bien al contrario, estaba más que justificado.

Cuanto se pueda decir de la autodestrucción o, al menos, desde luego, cuanto pueda decir yo, será un patético remedo de dos citas clarividentes: “Todo goce comienza en la autodestrucción” y “Yo me autodestruyo para saber que soy yo y no todos ellos”, ambas pronunciadas por Leopoldo María Panero en la película El Desencanto, si bien la segunda, en realidad, pertenece (o pertenecía) a Artaud.
Tal vez por eso, Ben Clark no esboza definiciones ni reflexiones más o menos personales acerca de este hecho, sino que se dedica a describir el proceso que, por supuesto, carece de porqués sencillos y, en cambio, está plagado de instintos y arrebatos tan inexplicables como comprensibles. Así, sin caer en el victimismo, mediante un manejo prodigioso de la ironía y el tono entre confesional y sarcástico del amigo de vuelta de todo que decide contarnos parte de sus aventuras como con desidia, administra la información y alimenta el misterio de una trama compartida: el gusto por complicarnos y jodernos la vida sin necesidad.
El poemario está dedicado a una reciente víctima del afán autodestructivo, el espíritu sensible y actor salvaje Philip Seymour Hoffman y encabezado por dos epígrafes, uno de Umbral (“Las cosas mejores y más vivas son los bichos/ de modo que tu lenguaje está hecho de ellos”) y otra de Gjertrud Schnackenberg (“Esta noche las inmensas galaxias/ me parecen diminutas sobre el cristal de mi ventana”) que ya marcan el rumbo de la obra: la búsqueda de lo máximo bajo la expresión de lo mínimo y el subjetivismo como medio para alcanzar la universalidad. Lo mismo de siempre, vamos, pero realizado con una brillantez poco frecuente.
El primer poema, llamado “Quizá”, parte de un intento casi antropológico de rastrear los orígenes de la desazón congénita (“debió existir por fuerza un hombre bruto,/ el primero de todos los que habrían/ de poblar los pasillos con nuevas mansedumbres./ Debía parecerse en algo a mí,/ quizá,/ mirando hacia la luz del horizonte/ y caminando solo”). En esta investigación incidirá, de forma dispersa, el yo poético a lo largo de la primera parte del poemario, encabezada con una cita de Aristóteles (“El hombre que vive solo/ o es una bestia o es un dios”).
Desconocido impulso
ven a mí, te necesito a mi lado
en esta hora de grava
y golpes sordos, ven, para que pueda
viajar embrutecido así, y lento,
a donde esperan de mí muy pocas cosas
y donde yo no espero tu llegada

Poco más adelante, en el poema “¿Cómo se dice esto que no perdura?” (cuyo título obedece a una cita tan involuntaria como genial de Roberto Bolaño en una entrevista) llega la autoindagación en los recovecos dañados del alma y los intestinos del fracaso:
¿Cómo se dice esto que nos falta,
ahora mismo,
mañana, esto que falta siempre y falta
un día antes, en otro sitio, en otra
habitación?
Esto que perseguimos toda una vida en vano,
esta pequeña estafa que nos mueve.

Pero, sobre todo, esta primera parte contiene “La bestia”, un poema largo e inmenso, de lo mejor que he leído en este 2014 que termina y que merece leerse entero, de principio a fin y, a ser posible, de rodillas, por lo que no voy a destripar ni un solo verso. También, un poco más adelante llega el desdoblamiento del poeta, en una dualidad conflictiva pero indisoluble. Por una parte, desplegada en dos poemas tiernos (Los bichos I y II), la confesión de ser un dueño tierno, torpón y borracho, responsable de desastres cotidianos, que no sabe querer ni cuidar. Por otra, paradójicamente desvelada en un poema llamado “Amo”, la asunción de la propia condición de “Bestia; amalgama bruta de tinieblas,/ tempestad hedionda de los besos,/ que reconozco mía".
A pesar de todo lo expuesto, Ben Clark consigue, insisto, huir del autoflagelamiento llorón mediante una ironía elegante y constante, de la que resulta un buen ejemplo el poema escrito ante el apocalipsis maya que, como saben, dio pie a bastantes chistes antes de destrozar por completo la civilización tal y como la conocemos:

SI LLEGA EL FIN DEL MUNDO (21. 12. 12)
Si llega el Fin del mundo y tú te has ido
al gym porque hoy es viernes
y has dicho que no importa; que a ti nada
te va a impedir correr siete kilómetros
antes de que reviente el Universo.
Si llega el Fin del mundo y me sorprende
aquí, en el escritorio,
pensando en ti corriendo hacia el final
de los Tiempos,
quiero dejar escrito aquí y ahora
que me parece bien; que no concibo
un final más espléndido y más puro:
los atascos de un viernes por la tarde,
los compromisos rotos de otro sábado;
todas las cosas breves
empujadas de pronto hacia una huida
y mientras tanto tú
corriendo y preguntándote si iré
a buscarte después,
y mientras tanto yo
pensando en recogerte a la salida,
duchada y expectante, para irnos a cenar
como si no importara,
a ese bar de las tapas al que vamos
los viernes, cuando sales del gimnasio.


ACTUALIZACIÓN: Ben Clark acaba de ganar el Premio Ojo Crítico de RNE por este poemario, por lo que la reseña además de mal, llega tarde para recordar, si es que hacía falta, que este es un poemario que no debe pasar desapercibido ni siquiera para opositores, antisociales o empanados de diversa índole. Y, ahora, les dejo que tengo una montaña que escalar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario