ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


jueves, 26 de febrero de 2015

Decir no

El rechazo ha sido siempre un gesto fundamental. Las pocas personas que han escrito la historia son las que han dicho “no” –los santos, los eremitas, pero también los intelectuales-, y no los cortesanos y los asistentes de los cardenales. Para ser eficaz, el rechazo no puede ser puntual, ha de ser grande, total, y no ha de centrarse en este o ese otro punto “absurdo”, no puede ser un rechazo de sentido común. (…) Así que las preguntas son tres: cuál es, como tú dices, la “situación”, por qué se debería detener o destruir, y cómo.
(Pier Paolo Pasolini, durante su última entrevista)

martes, 24 de febrero de 2015

José Luis Piquero: Seguro azar II

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Como dije en su momento, uno puede abrir por cualquier punto el libro 50 poemas de José Luis Piquero y tener la seguridad de encontrar un poema soberbio. En este caso, admito que he hecho un poco de trampa y he abierto cerca del final, sabiendo que había algunos poemas nuevos, para ver si renqueaba... pero tampoco ha habido suerte, porque me he encontrado con uno nuevo, sí, pero que ha resultado ser éste:

En realidad ya estoy acostumbrado:
ni siquiera me duele.
Antes era peor: perspectivas de viaje que siempre se truncaban (y a los niños
no les daba ni tiempo a marearse),
el déjà vu del susto y un punzante
sentimiento de culpa:
no he sabido cuidar de mi familia.
Luego uno aprende a relativizar
y no faltan ventajas: nada de preocuparse por ascensos
o por pagar facturas,
mis hijos nunca traen malas notas,
mi mujer no me engaña: se sienta y cierra el pico.
Somos una familia peculiar: el señor Ave Fénix y señora
con sus encantadores chiquillos soñolientos.
Tan ciegos, tan tenaces
en el error. Tan tontos.
Ya lo sé: damos risa.
Tengo este sueño: pego un volantazo
de lo más inspirado, piso a fondo,
esquivo a un ingeniero y salimos a escape
carretera adelante, hacia auroras blanquísimas, el cielo de los dummies.
Y al despertar os odio. ¡Dios mío, cómo os odio!
Óyeme tú, viajero, que recorres triunfante la autopista
y a tu corazón baja
el canto eterno de la radio-fórmula.
Acuérdate de mí cuando, muerto de miedo,
levantes la cabeza llena de sangre y grites:
"¡Santo Dios, no lo he visto!
"¡Santo Dios, no lo he visto! ¿Estáis bien?".
"¡Santo Dios, no lo he visto! ¿Estáis bien?". Y el silencio.

(Poema inédito publicado en Cincuenta poemas, Antología personal (1989-2014), La isla de Siltolá, 2014)

lunes, 23 de febrero de 2015

Posmodernidad



Mi abuela muere lentamente
en la habitación de al lado,
mientras yo veo un capítulo
de Mad Men con los cascos puestos
pensando: "joder qué bien
reflejan la sociedad de los cincuenta
estos guionistas de la HBO".


jueves, 19 de febrero de 2015

Truman Capote (featuring Toni Montesinos) entrevista a Víctor Peña

Toni Montesinos lleva tiempo publicando en su blog "entrevistas capotianas" a distintos escritores, es decir, con las mismas preguntas que las empleadas por Truman Capote en el "Autorretrato" incluido en Los perros ladran. En esta ocasión, me ha tocado a mí y en este enlace pueden leer la entrevista completa.
Muchas gracias, Toni (y a ti también, Trum).

lunes, 16 de febrero de 2015

Un poema de Víctor Martín Iglesias

CHARCOS 


Vuelvo, como hago siempre, para marcharme.

Para que sigas echándome de menos
hasta que no importe cuándo ni dónde
y te sea indiferente mi paradero.

Para que tus piernas se impacienten
mientras espero a que suba el dólar
y pueda otra vez ir a verte.

Quiero volverte extranjera,
olvidar tu nombre de pila.
Quiero que, a mi vuelta,
engañes conmigo al otro yo que yo era.

Que olvidemos este amor domesticado.

Saldré de noche y no vendrás conmigo
y no estarás conmigo cuando vuelva.
Ni estarás en los bares que frecuento,
ni nos frecuentaremos, ni sabrás
con quién frecuento ahora mi camino.

Dejemos que pase el tiempo,
que siga haciendo de las suyas,
que entre tanto destruya
la complicada torre de los afectos.

Si se derrumba,
qué importa, será
que ya lo nuestro tocó techo.


(Víctor Martín Iglesias.
Cómo hemos llegado a esto.
Ediciones Liliputienses.)

sábado, 14 de febrero de 2015

Un poema de Javier Sánchez Menéndez



SEGUNDA INCLINACIÓN

Amar siempre se escribe con hache intercalada.
Debe ponerla en medio, entre la i y la o.
No es bueno complicarse.
Total si son tres días y hemos gastado cinco,
para qué desatar lo imprevisible.

Recuerde, amar, lo mismo que estipendio,
debe escribirse así, con hache.
Y debe dar igual que usted sea peluquera,
cajera o cocinera. Amarse por minutos
no concibe de fraudes, ni siquiera oficios vespertinos.

De día nos pela el alma y de noche la tibia.
Segunda inclinación o misión o concierto.

Tengo las cartas malas. Esta partida sobra.
No dio nunca lo mismo ser letra o alfabeto.
No me conviene hablar, hablar no me conviene.

Aunque debo decir, si es usted quien me escucha,
que amar se escribe siempre con hache intercalada.

¿El mejor poema de amor escrito en castellano?

El esplendor de la metamorfosis (Jorge Riechmann)

Has ganado la punta de maldad que necesitan los buenos para
  ser auténticamente buenos.

Has ganado la pizca de obscenidad que necesitan las mujeres
  para ser auténticamente misericordiosas.

Has ganado la docena de escaleras, recámaras y dobles fondos
  que necesitan los cerebros para ser auténticamente imaginati-
  vos y precisos.

Has ganado un par de kilos, pero te sientan como a una diosa
  anterior a la era de las liposucciones.

El cambio, de un día a otro, es infinitesimal. Pero los días se van
 endeudando con semanas, las semanas imponen normas a los
 meses, los meses profieren rigurosas últimas advertencias contra
 los años, imperceptiblemente y sin claudicaciones

han pasado cuatro años y eres otra
  la metamorfosis se ha cumplido.


Cuando te introduces en la cama a las seis de la mañana después
  de haber trabajado toda la noche y quieres hacer el amor

 desearía matarte desde luego, pero deseo mucho más

aunque me halle confuso como pez arrojado a la luz desde lo
 más hondo del sueño submarino
hasta en tus pliegues más blancos y secretos follarte,
 amiga dulcísima, mientras va amaneciendo a trompicones
 en este barrio de cristianos bemeuves y glaciales céspedes ingleses
 que no hemos elegido y del que esperamos poder escapar pronto.

Has esquivado la baba de la muerte prendida a un hilo de risa
 y de miedo deslumbrante,
te has ganado la vida los días en que la vida era tormento
 y también aquellos en que era juego,

estás aquí, intacta y recreada, inconcebible e inconfundible,
  espejeante en la fuerza algebraica del deseo, en el exacto
  esplendor de la metamorfosis.

¡Pero qué guapas sois las chicas morenas con los ojos claros!

Eres
mi
mujer

y estoy tan orgulloso que tenía que escribir este mensaje para
regalártelo, fax mediante, el 17 de diciembre de 1994.

viernes, 13 de febrero de 2015

María López Ponz traduce a Ana Castillo

Pido lo imposible 

Pido lo imposible: ámame siempre.
Ámame cuando no nos quede el deseo.
Ámame con la dedicación de un monje.
Cuando el mundo en su entera totalidad
y todo aquello que te es sagrado vayan
en mi contra: ámame aún más.
Cuando la ira te invada y no tenga nombre: ámame.
Cuando cada paso desde casa al trabajo te agote:
ámame; y recórrelo de nuevo.

Ámame cuando te aburras—
cuando cada mujer que veas sea más bella que la anterior,
o más patética, ámame como siempre lo has hecho:
no admirándome ni juzgándome, sino con
la compasión callada
que guardas para ti.

Ámame mientras saboreas tu soledad,
la anticipación de tu muerte,
los misterios de la carne, que se desgarra y remienda.
Ámame como al recuerdo más preciado de tu niñez—
y si no encontraras ninguno—
imagínalo e imagíname contigo.
Ámame ajada como me amaste fresca.

Ámame como si fuera eterna—
y yo haré de lo imposible
una mera acción,
amándote como lo hago.



Poemas de amor



Mañana, sábado 14 de febrero, también llamado San Valentín, estaremos en la Casa del Libro de Sevilla Diego Vaya, Miguel Agudo, Javier Sánchez Menéndez y yo (además de, por lo que entiendo, Pablo Neruda) leyendo poemas de amor de nuestros últimos libros, todos ellos publicados por Ediciones de la Isla de Siltolá.
Posteriormente, tendrá lugar la presentación de Amorexia, de Miguel Agudo. Sean bienvenidos.

En mi caso, leeré poemas como el que pongo a continuación (spoiler) y no leeré, porque no son míos pero me encantaría que lo fueran, algnos que iré colgando por aquí, en dulce revancha, en los próximos días:

Lo peor de todo

Pudo ser un amor del montón,
pero todo el montón era mío.
Sr. Chinarro

Lo peor no ha sido que te marcharas 
como te fuiste (y los dos sabemos 
que te fuiste de muy malas maneras)
ni que te marcharas cuando te fuiste
(y sabes que no pudo haber 
momento más inoportuno),
sino que, vengas cuando vengas,
vengas como vengas y lo hagas 
cuantas veces estimes oportuno
regodearte con mi amor pazguato, 
yo seguiré esperándote de brazos 
y pecho abiertos, abjurando 
de partículas interrogativas 
y pretéritos que no pueden 
entender, imbéciles, que has vuelto, 
que al fin has vuelto y que esta vez 
quizá sea para siempre.




jueves, 12 de febrero de 2015

Entre las doce y la una (un magnífico relato de Quim Monzó)


Siempre he defendido que Quim Monzó es uno de los mejores autores de relatos de la península ibérica (uso el término geográfico porque escribe en catalán). 86 cuentos recopila lo mejor de su obra e incluye maravillas como este que transcribo a continuación. (Como curiosidad, cabe señalar que el traductor de la obra al castellano ha sido Javier Cercas)

Entre las doce y la una
-¿Dígame?
-Hola. (Es una voz de mujer.) Soy yo.
(El hombre endereza el espinazo. Aplasta el cigarrillo
contra el cenicero que hay al lado del teléfono. Habla en
voz baja.)
-Te he dicho mil veces que no me llames nunca a casa.
-Es que...
-Te he dicho que me llames siempre al despacho.
-¿Puedes hablar?
-Claro que no. Ya te imaginarás.
-¿Dónde está... ella?
-En el dormitorio.
-¿Nos.... te oye?
-No. Pero puede entrar en cualquier momento.
-Perdóname. Lo siento. Pero es que necesitaba llamarte ahora.
No podía esperar hasta mañana, en el trabajo.
(Hay una pausa. Es el hombre quien la rompe.)
-¿Por qué?
-Porque esta situación me hace sufrir mucho.
-¿Qué situación?
-La nuestra. ¿Cuál va a ser?
-Pero... A ver si nos entendemos...
-¡No! No. No digas nada. No hace falta. Podría oírte.
-Ahora no me oye. Escucha...
-Creo que ha llegado el momento de tomar una decisión.
-¿Qué decisión?
-¿No te la imaginas?
-No tengo ganas de jugar a las adivinanzas, María.
-Tengo que elegir. Entre tú y él.
-¿Y?
-Y como tú no me puedes dar todo lo que quiero... No nos
engañemos: para ti yo nunca seré nada más que... No quieres
dejarla ¿verdad? No sé ni por qué te lo pregunto. Ya conozco la
respuesta.
-¿Qué es todo ese ruido?
-Te llamo desde una cabina.
-Hemos hablado de esto mil veces. Siempre he sido sincero
contigo. Nunca te he escondido cómo estaban las cosas. Tú y yo
nos caemos bien, ¿no? Pues...
-Pero yo estoy muy colgada de ti. Tú ya sé que no lo estás nada
de mí.
-Siempre te he dicho que no quiero hacerte ningún daño. Nunca
te he prometido nada. ¿Alguna vez te he prometido algo?
-No.
-Tienes que ser tú quien decida qué debemos hacer.
-Sí.
-¿Te he dicho o no te he dicho siempre que tienes que ser tú
quien decida qué debemos hacer?
-Sí. Por eso te llamo. Porque ya he tomado una decisión.
-Siempre he jugado limpio contigo. (Se detiene.). ¿Qué decisión
has tomado?
-He decidido... dejar de verte.
(La mujer lo dice y se echa a llorar. Llora durante un
buen rato. Poco a poco los sollozos disminuyen. El hombre
aprovecha para hablar.)
-Lo siento. Pero si realmente eso es lo que...
-¿Pero no entiendes que no quiero dejaaar de veerteee?
(Cuando el hombre deja de oír el llanto, habla.)
-María...
-No. (Se suena.). Prefiero que no digas nada.
(De golpe el hombre sube el tono de voz.)
-Hombre, yo más bien elegiría un coche que te asegurase mejor
rendimiento.
-¿Qué?
-Sobre todo si tienes que hacer tantos kilómetros. (Se para un
momento.) Sí. (Hace otra pausa.) Sí, ya lo entiendo. Yo, claro,
en eso no sé qué aconsejarte. Pero me parece que lo que te
convendría sería un coche con mucha más..., con mucha más...
Sí, de acuerdo. Pero consume demasiado.
-¿No puedes hablar?
-No, claro.
-¿La tienes cerca?
-Sí.
-¿Enfrente?
-Sí. Pero ese modelo no tiene tanta diferencia de precio con los
japoneses. Y los japoneses...
-Tú con tu mujer enfrente y yo aquí, sentada sin saber qué hacer.
(Cada vez más indignada.) Sin decidirme de una vez y acabar
con esta desazón.
-Lo ideal son cuatro puertas. Para vosotros, cuatro puertas.
-¿Ves como no hay otra solución? Así no podemos seguir. No
podemos tener ni una conversación civilizada.
-Pero ése gasta unos seis litros y medio.
-Tú hablando de coches, de litros de gasolina, de si cuatro
puertas, y yo sin decidirme siquiera a colgar.
-Un momento.
(El hombre ha tapado el auricular con la mano. La mujer
oye un diálogo amortiguado.)
Dice que .. (Vuelve a tapar el auricular con la mano. Vuelve
a retirar la mano.) Dile a Luisa que dice Ana que el pastel le
quedó perfecto.
-¿Con quién cree que hablas?
-En fin, ya nos veremos.
-¿Quieres que cuelge o...? Pero antes de colgar dime si mañana
nos veremos.
-Sí.
-No tengo remedio. Llamo para decirte que hemos terminado y
acabo preguntándote si mañana... ¿Quedamos donde siempre?
-Sí.
-¿A la hora de siempre?
-Exacto.
-Y (Ahora habla con voz melosa.) ¿haremos como siempre?
Te imagino de rodillas, delante de mí, subiéndome la falda...
¿Me lameras? ¿Me morderás? ¿Me harás mucho daño?
-Síí. (De golpe vuelve a hablar bajo.) ¡Hostia, María! Por poco
se da cuenta. Ahora está en la cocina, pero en cualquier
momento puede volver. ¿Y si me hubiese pedido el teléfono
para hablar contigo?
-¿Y por qué tendría que hablar conmigo?
-No quiero decir contigo, quiero decir con quien cree que
hablaba yo.
-No hay quien te entienda. Y no hay quien me entienda a mí. No
me entiendo ni yo misma. Estoy que me reconcomo, decido
terminar y basta que oiga tu voz para que se me esfumen todas
las decisiones. Me gustaría mucho estar ahora contigo. Ven. ¿No
puedes? Claro que no. No pasa nada. Es que cuando no puedo
escucharte, me angustio. ¿Me quieres?
-Claro que sí.
-Más vale que cuelgue. Adiós.
-¿Dónde estás?
-En un bar; ya te lo he dicho.
-No. Me has dicho que estabas en una cabina.
-Y si sabías que estaba en una cabina, ¿para qué me lo vuelves
a preguntar?
-Pero no estás en una cabina sino en un bar. Eso es al menos lo
que dices ahora.
-Un bar, una cabina: lo mismo da.
-Oh, «lo mismo da», «lo mismo da»...
-Oye: ¡basta!
-Y ahora ¿qué piensas hacer?
-¿Ahora? ¿Quieres decir con lo nuestro?
-No. Quiero decir ahora mismo. ¿Piensas ir al cine? ¿Ya has
comido? ¿Tienes guardia?
-Oye: cuelgo.
-Espera un momento.
-Es que...
-A veces, María, pienso que sólo con que quisiéramos, sólo con
que nos lo propusiésemos de verdad, podríamos conseguir que
todo marchase de otra manera, sin tantas tensiones.
-Vale, pues sí.
-Sí, ¿qué?
-Sí.
-¿Qué te pasa? ¿No puedes hablar? ¿Hay alguien y por eso no
puedes hablar?
-Mmm... Sí.
-Has quedado con él en un bar y ya ha llegado. O estaba contigo
y ahora se ha acercado al teléfono. ¿Sí o no? ¿O qué?
-Ya te devolveré el libro. Quédate tranquila.
-Ahora me tratas en femenino.
-Bueno, hasta luego. Llámame. Y recuérdame que te devuelva
el libro.
-Ah, no. ¡Ahora no cuelgues! Tú me has hecho soportar la
angustia de escucharte sin poder contestar más que estupideces
y ahora...
-Ése no lo conozco. ¿Qué título dices que tiene?
-Perfecto. Lo estás haciendo muy bien. Ahora dirás el título del
libro. ¿O no?
-Ya...
-Muy bien ese «ya». Da verosimilitud, hace real el diálogo con
esa chica con la que se supone que hablas.
-¿El amor por la tarde?
-¿Qué es ese título: una indirecta, una invitación?
-Pero mucho mejor que El amor por la tarde era Las cien
cruces. Vaya, al menos para mí.
-Ése, ¿ves?, no lo he leído. ¿También es una novela?
-¿Las cien cruces aburrida?
(De repente el hombre vuelve a hablar con voz grave.)
-Hombre, ya te lo he dicho. Consume menos que el otro.
-Pero la protagonista de El amor por la tarde es más verosímil.
-¿Y cómo es que una empresa como la Peugeot no tiene previsto
un caso así?
-Pero, eso pasaba en Ahora estamos los dos igual. ¿Me
equivoco?
-En absoluto.
-¿Y entonces?
-Nada. (Hay una pausa breve.)
-¿Ves como no hay nada que hacer? Ahora ya puedo hablar de
nuevo. (Vuelve a haber una pausa.) ¿No dices nada? ¿Se te
acabó la charla o quieres dejar el ramo del automóvil y pasar a
otro?
-Yo también vuelvo a estar solo.
-Pues adiós.
-Tienes razón. Más vale que nos digamos adiós.
-Antes tengo que decirte algo.
-Di.
-Estoy embarazada. (Él no responde.) ¿Me oyes? Estoy
embarazada. De ti.
-¿Cómo que de mí? ¿Cómo sabes que es de mí?
-¡Porque desde la última regla sólo me he acostado contigo,
imbécil!
-¿Y ese novio que te puede dar todo lo que yo no puedo darte?
¿Resulta que no...? Perdona. ¿Qué piensas hacer?
-¿Cómo que qué pienso hacer? ¿Es que tú no tienes nada que
decir?
-¿Yo? No.
-Por fin. Por fin veo bien claro cómo eres. Por fin me doy cuenta
de que, si alguna vez me encontrase en esa situación, te
desentenderías totalmente.
-¿Qué quiere decir «si alguna vez me encontrase»?,
-Quiere decir que, evidentemente, no estoy embarazada. ¿Te
crees que soy tonta? Se me ha ocurrido de golpe, para ver cómo
reaccionarías en una situación así. ¿Acaso crees que si de veras
hubiese estado embarazada te habría pedido opinión sobre lo
que tenía o no tenía que hacer?
(La voz de él suena irritada.)
-¡Oye, María...!
(La mujer lo desafía.)
-¿Qué? ¿Qué tengo que oír?
-¡Sabes que no tolero que me hables en ese tono, ni que me
torees!
-Ah, ¿no?
-Te partiré la cara.
-Ah, ¿sí?
-Te hincharé los morros a puñetazos.
-Sí...
-Hasta que chilles.
-Sí...
-Te ataré a las patas de la cama.
-Sí, sí...
-Te escupiré en la boca.
-¡Sí!
-Y te daré de bofetadas hasta que sangres.
-¡Sí! ¡Sí!
-Y te obligaré a...
-¿A qué? ¿A qué?
-Te obligaré...
-¿A qué?
-Te llenaré la boca. Y te obligaré a tragártelo todo: no dejarás
caer ni una gota.
-Ni una.
(La mujer respira agitadamente. El hombre está
excitado.)
-¡Ni una, he dicho! Lámete esa que te resbala por el labio de
abajo.
-«Guarra», dime «guarra».
-Guarra. Arrodíllate y abre la boca.
(La mujer resopla.)
-Basta. Tengo que decírtelo pase lo que pase. No tiene sentido
hacerlo durar más. (Calla un momento, como para tomar
impulso.) Escúchame: no soy María.
-¿Qué quiere decir que no eres María?
-Que no soy María: eso quiere decir. María está... María me ha
pedido que te llamara y que te hablase como si fuera ella.
-Me estás tomando el pelo.
-Ha tenido que irse. Y quería que...
-¿Irse adónde?
-Fuera de la ciudad. Quería que creyeras que estaba aquí y no...
Es que... No puedo seguir fingiendo. Mira: María y yo nos
conocemos del trabajo. Yo también soy enfermera. Me ha
pedido que te llamara y me lo montase de manera que nos
peleásemos. Porque mañana teníais que veros y ella todavía no
habrá vuelto. ¿Me oyes?
-¿Dónde está?
-Se ha ido una semana. Con un novio.
-¿Con quién?
-Con Jaime.
-¿Con Jaime?
-Sí.
-¿Con qué Jaime?
-Jaime Ibarra.
-Oye, pero si Jaime Ibarra soy yo. ¿Con quién creías que estabas
hablando? ¿A qué número has llamado?
-¿Tú eres Jaime?
-Sí.
-Hostia.
-¿Con quién pensabas que estabas hablando?
-Con Juan.
-¿Con Juan? O sea que María y Juan...
-Ahora me doy cuenta, he confundido los números.
-¿Y cómo es que tienes mi número de teléfono?
-Es que María me apuntó los dos, uno justo encima del otro, y
me he equivocado; he marcado uno en vez del otro.
-¿Por qué te apuntó mi número si a mí no tenías que llamarme?
¿O también me tenías que llamar? Pero si has dicho que
pensabas que se había ido conmigo...
-Si te lo explicase no me creerías.
-Dime una cosa, ee... ¿Cómo te llamas?
-Carmen.
-Carmen, dime una...
(La mujer lo interrumpe.)
-Un momento. ¿De verdad eres Jaime? Pero si Jaime no vive
con nadie ¡El que vive con su mujer es Juan! ¿Por qué me has
dicho que tenías a tu mujer enfrente?
-Tú tampoco eres la verdad personificada.
-Si te creías que estabas hablando con María, ¿por qué querías
hacerme creer que vivías con una mujer?
-Es que con María a veces, últimamente no mucho, por cierto,
pero a veces, hacemos cosas así. Como juegos.
-No me lo había dicho nunca.
-¿Por qué te lo iba a decir? ¿Es que os lo contáis todo?
-Casi.
-Ah, ¿sí? ¿Y qué te dice de mí?
-Uf.
-¿Qué quiere decir ese «uf»?
-Quiere decir que lo interesante me lo cuenta todo.
-¿Con pelos y señales?
-Con pelos, señales y lo que haga falta.
-¿Dónde estás?
-En un bar, ya te lo he dicho.
-También me has dicho que estabas en una cabina.
-¡Y dale con la cabina!
-¿Qué haces ahora?
-Ya me lo has preguntado antes.
-Cuando eras María. Ahora que eres Carmen, puede que tengas
que hacer otra cosa. Además, cuando eras María tampoco me
has contestado la pregunta. (Se muerde un labio.) ¿Por qué no
nos vemos?
-¿Cuándo?
-¿Hoy?
-Tendrá que ser por la noche. Por la tarde trabajo.
-Por la noche, pues.
-¿Dónde?
-¿En el bar de la Estación?
-De acuerdo.
-¿A las ocho?
-A las ocho salgo. Quedamos a las ocho y media.
-¿Cómo te reconoceré?
-Llevaré una chaqueta de piel, la que le regalaste un mes antes...
Llevaré la chaqueta de piel.
-Un mes antes ¿de qué?
(La mujer calla.)
La chaqueta: se la regalé un mes antes ¿de qué?
-Jaime, tengo que decírtelo. Si no voy a reventar.
-Dímelo pues.
-María está muerta. La chaqueta se la regalaste un mes antes de
que se muriese. Escucha... No tendría que... Yo sabía cómo os
queríais. Y cuando se murió decidí...
-Me parece una broma de muy mal gusto
-Encontrémonos y hablemos. A las ocho y media, ¿vale? O si
quieres pido permiso…
-La vi la semana pasada.
-Hace cinco meses que está muerta.
-Estos últimos cinco meses la he visto muchas veces. La semana
pasada estuve con ella. Y estaba bien viva, guapa a más no
poder. No era ningún fantasma.
-Hace cinco meses que sales con una María que no es María.
-Y según tú, ¿quién ha hecho de María todo este tiempo?
-Yo.
-Me habría dado cuenta.
-Te estoy diciendo la verdad.
-Si fuese verdad, ¿por qué habrías decidido que mañana no
querías venir a la cita?
-Estoy harta de hacer de María.
-Sin embargo ahora has aceptado que nos veamos.
-Porque ahora estoy haciendo de Carmen, no de María. Jaime,
por favor, te lo explicaré después.
-¿Y cómo no te has dado cuenta de que yo no era Juan sino
Jaime?
-¿Te crees que no sabía a quién llamaba? Claro que eres Jaime.
Te conozco perfectamente. Te he tenido de novio durante cinco
meses. Y cinco meses dan para mucho. Incluso para saber que...
(La voz de la mujer se quiebra.) que me he enamorado de ti
como una imbécil. Y quiero acabar con esta farsa.
-No me creo nada de todo esto. ¿Cómo habrías podido hacer,
todas las veces que nos hemos visto, que tú dices que nos hemos
visto, para que no notase que no eras María?
-Piensa que doy clases de teatro.
-¡Por mucho teatro que hagas! ¿Cómo quieres hacerme creer que
no me habría dado cuenta de la diferencia? Lo único que me
faltaría es que me salieras con el cuento de la gem... Oye, pero
María tiene, tenía, una hermana gemela.
-Soy yo.
-No la he visto nunca.
-Ya lo creo que la has visto. Quiero decir: ¡ya lo creo que me
has visto! Desde hace cinco meses, un par de veces por semana.
Algunas semanas una sola vez; justamente de eso tendríamos
que hablar. Porque yo te quiero ver más, a menudo. ¿Quedamos
como hemos quedado? ¿A las ocho y media?
-¿De verdad te llamas Carmen?
-A las ocho y media, ¿de acuerdo?
-Sí.
-Te quiero mucho. Si alguna vez dejara de quererte me moriría.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Un poemazo de Javier Cánaves

Sed

La vida y sus momentos estelares.
Qué grandes fuimos y qué triste es todo
ahora. No me dejes esta noche
beber más. Todo brilla y todo duele
en un temblor descontrolado. Bebo
y no debiera. ¿Qué se hizo, dime,
de tanto amor y tanta sed? Aquella
sed era diferente, era sagrada,
sed de gigantes en la cuerda floja,
sed de Clyde Chestnut y de Bonnie Parker,
sed de un fulgor violento, irrepetible
como mi cuerpo de los dieciocho
años, como tu risa que ya nunca
escucho. Todo brilla y todo duele.
En esta noche inmensa, no me dejes
beber más. No me dejes. Tengo miedo.
Mi sed es diferente, es más oscura.
La vida y sus momentos estelares.
Qué grandes fuimos, Dios, qué grandes fuimos.

(Momentos estelares. Editorial Baile del Sol)

martes, 3 de febrero de 2015

José Luis Piquero y 50 poemas: Seguro azar.



Uno nunca ha sido muy aficionado a ir presumiendo por ahí, principalmente porque sabe no tener motivos para hacerlo y también porque siempre ha tenido el miedo atávico, que no ilógico, a que su interlocutor (o algún oyente con conocimiento de causa que pase por ahí) aproveche la ocasión para desenmascararle gritando a su cara y a los oídos de la multitud que contemple anonada el escándalo: "¡mientes! ¡Estafador! ¡Engañabobos! ¡Tú nunca has sido y nunca serás nada más que un imbécil con suerte!".

Sin embargo, sé, y perdonen la inmodestia, que puedo presumir de haber publicado mi libro en una editorial como Ediciones de la Isla de Siltolá y, por tanto, de compartir espacio con autores a los que respeto y admiro como Álvaro Valverde, José María Cumbreño, Álex Chico, Enrique Villagrasa, Diego Vaya o Santos Domínguez. Y esa suerte a este imbécil ya no se la va a quitar nadie.

Por ejemplo, entre los mejores libros publicados en el pasado 2014 está sin duda uno de La Isla, 50 poemas de José Luis Piquero. Un poemario del que queda poco que decir ya que, unido al nombre del autor, su título se revela tan preciso que se comenta sólo: y es que Piquero, que a sus casi cincuenta tacos (magníficamente llevados, eso sí) "sólo" ha publicado cuatro libros de poesía, se caracteriza por una búsqueda (y encuentro) de la excelencia casi infalible, hasta el punto de que todo aquel que conozca su obra reconocerá, primero, lo bien que está la selección y, después, pensará en la cantidad de poemas que él habría escogido y han tenido que quedarse fuera. Digamos, pues, como haría el viejo verde de Ansón ante el desfile de Miss España, que son todos los que están aunque no estén todos los que son.

Recuerdo que cuando Andrés Calamaro publicó El Salmón, Diego A. Manrique señaló que la prueba de su calidad como músico era que, si uno ponía al albur cualquiera de las 103 canciones, tenía mucha opciones de encontrar, como mínimo algo interesante. Probablemente Manrique mentía o, al menos, exageraba pero esto sí que se cumple y en un grado mucho más extremo en el caso del libro que nos ocupa, con el que uno tiene la seguridad de que lo abra por donde lo abra, va a encontrar un poema soberbio, que le volará la cabeza (como dicen los anglos y los putos hipsters) o le reventará la tarde (como sabemos los aficionados a la poesía que no queremos quedarnos bloqueados por la ansiedad de la influencia, que diría aquel).

Como prueba, voy a hacer un ejercicio de azar: de vez en cuando iré subiendo al blog algún poema de la antología piqueriana, el primero que aparezca tras girar la ruleta de sus páginas y con la certidumbre de haber acertado e ir a complacer a los pocos (pero guapísimos) lectores de este su blog. Comencemos:
Rimbaud
Yo no quiero ser yo. La vida entera
la gasté en reinventarme, como un fénix doméstico.
Me fui sobreviviendo como pude.
Yo no sé quién soy yo. Tal vez la máscara
debajo de la cara. La pregunta.
Yo no pude ser yo. Y el minucioso
trabajo de vivir sin heroísmo se quedó para otros.
La verdad es la triste descripción del secreto.
No quise ser verdad. Quiero ser Nadie.


Pues bien, este enorme poeta será quien presente este viernes a las 19:30 en la librería Un gato en bicicleta de Sevilla mi libro La huida hacia delante, por lo que pueden aprovechar la ocasión, comprar su libro y pedirle que se lo firme. Eso sí, no se lo lean justo antes o después del mío, háganme (y háganse) el favor.

lunes, 2 de febrero de 2015

Presentación de Juan Ramón Santos de "La huida hacia delante"



Como había venido anunciando (lamento el spam), el pasado sábado 31 de enero tuvo lugar la presentación de La huida hacia delante en Plasencia y, sin duda, superó todas mis previsiones. En agradecimiento a todos los que vinieron y, muy especialmente, a familiares, amigos y al gran Víctor Martín, que consiguió hacer de la "Sesión Golfa" en La Puerta Tannhäuser algo más que un rato divertido, he decidido obsequiaros con el mejor regalo posible: acceso a la fabulosa presentación de Juan Ramón Santos (se puede leer completa aquí):

La huida hacia delante es mucho más que todo esto que he venido contando, es mucho más que juego, que grito, provocación o denuncia, más que nihilismo o descaro juvenil. Irónicamente, La huida hacia delante consigue ser eso y lo contrario, la continua puesta en cuestión de esa actitud, pues, como bien advierte el autor en su segundo poema, 
mi apatía, lo admito, fue siempre una pose,
y a lo mejor por eso entre sus versos es posible encontrar, justo al pie del sadismo, la ternura, o una cierta piedad por uno mismo en el tono de los versos más masocas, o dos o tres principios irrenunciables, quizá de andar por casa, pero firmes, que sobreviven a la descreencia más feroz, todo un cúmulo de matices, de contradicciones, no sé si aparentes o reales, que hacen de La huida hacia delante un libro que no puede dejar indiferente, un libro que arde entre las manos, que nos interpela y que nos lleva, en definitiva, a plantearnos las preguntas de siempre: quienes somos, de dónde venimos, qué ha ido quedando de nosotros mientras tanto y, por último, a dónde vamos, si es que, después de todo, tenemos que ir a alguna parte.

Alejandro González Terriza ofrece una personal y aguda lectura de "La huida hacia delante"




Alejandro González Terriza también ha leído y, al parecer, disfrutado La huida hacia delante. En su blog ha escrito una reflexión al respecto que, sin duda, demuestra que ha sabido entender (y explicar) el libro:

la fuerza que innegablemente tiene el libro es que mientras lo leemos se nos invita a ser ese Víctor real o apócrifo que se estira las orejas y se cuenta los dientes. Si el personaje fuera aburrido, cansino, saldríamos del libro en la primera parada, preguntándonos qué se nos había perdido en una vida que, además de presentarse como fracasada, no es la nuestra. Pero el hecho es que mola ser Víctor: un joven pinturero que se siente tempranamente expulsado de la juventud —o goza acaso del placer de asomarse, aún joven, a lo que le espera y declarar lo mucho que le molesta (o sea, lo mucho que le agrada poder distinguir aún la condición adulta como algo ajeno, que cabe mantener a distancia, aunque esta, precaria, se reduzca por momentos).
Complejo de Peter Pan, autocompasión, ombliguismo... Todos estos peros cabe ponerle a un libro de este tipo, y sin embargo el de Víctor sale vencedor de ellos, de un modo que habría que intentar precisar. Por lo que toca a Nuncajamás, no es, desde luego, la infancia lo que se anhela en este libro, sino en todo caso la adolescencia o la primera juventud, con sus éxtasis etílicos, sexuales y futboleros. Tampoco cabe hablar de autocompasión en un libro en el que, con muy pocas excepciones, se narran los desgarros propios y ajenos como asuntos pintorescos, que aparecen desinfectados por una buena dosis de distancia y sarcasmo. Queda, pues, la cuestión de la contemplación de la propia vida, incluidos y enfocados en primer plano los momentos que cabría en principìo considerar de menor interés público. El camino que lleva a esta temática es en este caso lo crucial. El narcisista cuenta su vida porque la cree apasionante o ejemplar: Víctor pertenece, pienso, a una escuela bien distinta que se siente desengañada de la literatura (y en especial de la poesía) por lo que esta tiene de evasión más o menos cómoda y gratificante de la sordidez cotidiana. Afronta, pues, esa sordidez autobiográfica como un deber moral: hay que tomar el toro por los cuernos y, puestos a contar algo, contar sin tapujos la verdad, y en especial la parte de ella que uno estaría más tentado de poner en sordina.
El deber moral coincide así con la necesidad casi fisiológica de cometer una travesura que le sitúe a uno fuera de la condición adulta y responsable, como si estuviera apostatando o abjurando de ella el mismo día que se espera que selle por fin su contrato y siente cabeza. Todo esto, ya digo, tiene sentido porque después de todo nos lo dice alguien que sabe dibujarse con arte y salir, aunque despeinado, bien parecido. Pero también porque el repaso que hace pasa por casillas que, con más o menos gracia, cualquier lector también ha recorrido o distingue, inminentes, en su propio tablero. 

Álvaro Valverde reseña "La huida adelante"

Álvaro Valverde ha hecho, como en él es habitual, una reflexiva y completa lectura de mi libro, lo que le ha permitido escribir una reseña completísima que, desde aquí, le agradezco:
 (Pueden leerla completa en este enlace)

El libro se abre con tres citas: de Mann, Hidalgo Bayal (vecino de puerta del poeta desde que aquél nació) y Homer J. Simpson, lo que da pistas fiables de por dónde transitan estos versos. De su tono (muy apegado a lo musical), quiero decir: alta y baja cultura, pongamos. El resto de las que abren las distintas partes que componen el volumen siguen la misma pauta y, de "variadas fuentes", lo mismo están firmadas por Houellebecq, Gil de Biedma o Eliot, que por Sr. Chinarro, Tyson, Castro o Rajoy (y hasta por su abuela, Silveria Peña: "Todos los amores son interinos").
"Conjugación simple", un breve poema que actúa a manera de prólogo, es una suerte de poética (con un guiño a otro amigo y poeta, Víctor Martín).
En la primera serie, "Configuración personal", donde lo autobiográfico (nótese el juego de palabras) se convierte en rasgo fundamental, ya encontramos poemas que llevan en su título el término featuring, que Peña explica como "una especie de 'colaboraciones especiales' al rockero modo. Es decir, he tomado versos de poeta que respeto y admiro (como Álvaro Valverde, L. A. de Cuenca, Almudena Guzmán o María López Ponz) y he escrito un poema a partir del plagio de alguno de sus versos (convenientemente marcado en cursiva, claro). Estos poemas escritos, por así decirlo, 'en colaboración con' han recibido el título de 'featuring' seguido del nombre correspondiente, tal y como uno estaba acostumbrado a encontrar desde pequeño en aquellos objetos, hoy desaparecidos, llamados discos y que aún puede ver después del título de las canciones ese canal de porno light que es la MTV".
"Trabajos de amor dispersos" están sí, entre la poesía de amor, entendida a su modo (políticamente incorrecto, sin temor al sexo explícito), y la novela negra (de línea negra, digamos, a la manera del citado LAdC), y es donde mejor se aprecia, por su impronta narrativa, que no miente cuando dice: "Confieso que escribo en verso por pura pereza". Y el humor, marca de la casa, tal vez el signo distintivo más evidente de esta poesía que no teme el riesgo y la experimentación verbal. Humor y desparpajo trufados de ironía y de sarcasmo, una mezcla no apta para pacatos. Tampoco faltan unas gotas de cinismo, tan adecuadas a un tono donde la risa no puede, ni quiere, ocultar la tristeza, el hastío y la desesperación. En "Captatio benevolentia" leemos: "Debo admitirlo: / no escribo para sentirme mejor, / escribo para sentirte peor. / Que no es lo mismo."
"Los papeles del divorcio" abunda en lo personal (con sendos antirretratos) y en lo amoroso y constituye una de las secciones más logradas y unitarias del conjunto.
Viene después "Un añito en el infierno" (donde alude a su experiencia en Casablanca y donde, por ejemplo, encontramos uno de los poemas más contundentes, "Nihilismo") y, por fin, "Adaptación al miedo", que abrocha perfectamente este prometedor primer libro con ejercicios literarios de alto voltaje, como la "Carta abierta..." de un Víctor Peña de 19 años al actual (muy Gil de Biedma) o el poema final, con el mismo título que esa parte.
Más allá del sexo, la bebida y el rock’n’roll, de algunas irreverencias, provocaciones varias y mucho entretenimiento, La huida hacia delante (un título que me recuerda el aserto de Tomás Sánchez Santiago: "Todo escritor es un fugitivo") delata la presencia de un nuevo poeta y de una nueva poesía, débitos y homenajes mediante; algo que no se puede confundir con el mero pero peligroso juego de hacer versos.