ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


lunes, 24 de abril de 2017

Ballerina Vargas Tinajero: el secreto peor guardado de la poesía española

La revista Estación Poesía incluye en su número 10 una reseña mía sobre Antolejía: poemas para limpiar el wáter, el soberbio poemario de Ballerina Vargas Tinajero publicado por Ediciones Liliputienses. 
(En este enlace pueden acceder a la revista completa, más que recomendable. La reseña ha sido magníficamente editada por Antonio Rivero Taravillo, aunque también la dejo completa a continuación).
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BALLERINA VARGAS TINAJERO:
EL SECRETO PEOR GUARDADO DE LA POESÍA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA

El 11 de septiembre de 2015 terminó de imprimirse en los “minúsculos talleres de Ediciones Liliputienses” (sic) un libro, de curioso título y sobria portada aséptica, llamado Antolejía: poemas para limpiar el váter. Estaba firmado por una tal Ballerina Vargas Tinajero y, evidentemente, se trataba de un seudónimo. Concretamente, el elegido por una poeta culta y, hasta entonces, relativamente oculta (pronto supimos que llevaba desde 2009 compartiendo el blog Ínfula Barataria y, por tanto, los principios del “post-itismo” -de nuevo, sic- con otro autor agazapado, en su caso tras el alias de Marcos Matacana Martín). Desde entonces, la (supuesta) autora ha mantenido la voluntad de conservar el anonimato a pesar de que el libro iba haciéndose cada vez más conocido gracias, principalmente, al boca a boca físico o, sobre todo, digital, a la aparición de (elogiosas) reseñas o, incluso, según rumores bastante fidedignos, a haber estado a punto de hacerse con un importante premio nacional.
Contra todo pronóstico, parece haber conseguido preservar el misterio de su identidad y resulta imposible encontrar alguna foto o vídeo que pruebe su existencia. El caso es que, en realidad, poco sabemos o deberíamos saber más allá de los escasos datos que aporta la contraportada: la tal Ballerina afirma ser sevillana, licenciada en Periodismo, dice ejercer como profesora de Secundaria y proclama que, ante la imposiblidad de entender el mundo, escribe. Sin embargo, igual que en su momento se alzaron voces reclamando que Pere Gimferrer era la verdadera identidad tras el supuesto poeta maldito José María Fonollosa, no falta quien conjeture que Ballerina Vargas Tinajero en realidad es otra máscara del citado Marcos Matacana Martín o, al igual que Humbero Fabbro, otro heterónimo gamberro y genial de Antonio Rivero Tavarillo. Quién sabe. En cualquier caso, tal vez sea mejor dejar las elucubraciones a un lado y centrarnos en el libro y su recepción o, mejor, en su uso. Y es que Rafael Sánchez Ferlosio explicaba, en palabras de José Luis Pardo, que la lírica no tiene, en rigor, “receptores (pues no comunica contenido semántico alguno) sino únicamente usuarios, y que su uso consiste precisamente en subrogarse en el yo del poema (que, por tanto y desde el principio, no es el yo del poeta, sino una suerte de casilla vacía que debe acoger al usuario que quiera servirse del poema para expresar sus sentimientos)”. Pues bien, en esta identificación radica el éxito del libro, ya que, sepamos o no quién está detrás de los versos de Ballerina Vargas Tinajero, resulta sencillo usarlos, ocupar su casilla, sentirlos y, en definitiva, valernos de sus palabras para decirnos a nosotros mismos. De ahí que su identidad sea el secreto peor guardado de la poesía española pues, en parte, Ballerina Vargas no deja de ser un poco todos nosotros, al menos mientras mantengamos el humor como analgésico para combatir la azarosa circunstancia de ser, o no, infelices.

El poemario se abre con dos citas, número fetiche que advierte que se trata de una obra de contrastes que sabe moverse entre los filos: divertidísima sin caer en la frivolidad, decadente sin patetismo (involuntario), grave sin tomarse demasiado en serio, muy buena sin necesidad de darse aires de grandeza o, en resumen, posmoderna sin espacio para mamarrachadas. O, en palabras de Hilario Barrero: “algunos de los poemas (…) son como fragmentos de una película porno dirigida por una monja de clausura en estado místico”.
Las dos referencias curvas iniciales que comentaba son: “Que no intenten descubrir quién fui/ por cuánto hice y cuanto dije” (C.P. Cavafis) y “No sé lo que digo, aunque siento lo que quiero decir; porque jamás blasoné del amor con la lengua que no tuviera muy lastimado lo interior del ánimo” (Francisco de Quevedo). Dan pie a un primer poema excepcional, inusualmente largo y, curiosamente, de los pocos que no recurren a ninguna referencia externa, “Lo mío no es normal”:
No me gusta hablar de mi vida
Ni de mí
No cometan el error
De confundirme con lo que escribo.

Tras esta beckettiana declaración de intenciones, llegan los 4 bloques temáticos en los que se divide el libro. El primero, “Tremendismos nocturnos” incluye los poemas más salvajes, con un punto decadentemente macarra y desesperadamente festivo, que hace apología y burla de la autodestrucción. De nuevo, usa el contraste entre dos citas, Novalis (“pero mi corazón, en secreto,/ permanece fiel a la noche”) y Cindy Lauper (“Girls just wanna have fun”). Es decir, nos indica que su mirada va a oscilar entre el sarcasmo posmoderno y la reverencia culturalista y nos advierte de que, aunque desesperado y cruel, el humor va a estar presente a lo largo de todo el poemario haciéndolo más variado, entretenido y, curiosamente, consiguiendo que el tono agrio que va y viene sea aun más efectivo. (Este recurso será una constante a lo largo de todo el libro. Por ejemplo, en el poema “Rojo y Gris” comparten cursiva Jaime Gil de Biedma y la segunda parte de Kill Bill de Quentin Tarantino; en “A negro” lo hacen Garcilaso de la Vega y Tony Soprano; en “Neverland”, Ferlinghetti y Peter Pan, más tarde Gloria Fuertes y Álex y Christia, etc).
En esta primera parte, noctívaga y tremendista y, en realidad, no tanto, hay guiños a Bukowski, Fonollosa, Walter H. White de Breaking Bad y el crapulismo melancólico y arrebatado de los que apuran el trago amargo sabiéndose perdidos de antemano. Luego el nihilismo destructivo se irá dispersando o tiñendo de inexpresable ternura, ácida nostalgia o lacónica clarividencia (muy a su pesar), pero mantendrá siempre una cínica mirada (desesperanzada, desganada incluso, pero) llena de humor negro, verdadero elemento vertebrador del poemario.
El segundo epígrafe del libro se llama “Pipas, muelles, Peta Zetas” y se abre con tres citas, respectivamente de Felipe Benítez Reyes (“Como si el pasado fuera un alegre lugar de tránsito”), Raymond Carver y Súper Ratón (“¡No olviden supervitaminarse y mineralizarse!”). Evidentemente, el leit-motiv de este apartado va a ser el recuerdo nostálgico de la infancia (“las vías del tren marcaban/ Los límites de nuestro territorio”) y la melancolía alegremente disimulada del adulto que hoy añora los años que entonces odió y la “pequeña galaxia caótica” que conllevaban. Inicia este apartado “Retrospectiva” con estos versos:
Mi infancia son desvelos de mis padres
Olor a muerte en un libro
Miedo al camino eterno
Porque un capullo me insultaba cada día
                                               De vuelta sola
Al colegio

Un apuntáselo a mi madre
                        Detrás de otro
Silencio en casa
Mientras llaman a la puerta
Las deudas sin saldar
Pan con aceite y azúcar
Pantalones cortinas
                        Mantel y colcha a juego
El abecedario completo
Sobre el fondo azul
De unas ojeras

El poema “Contigo” contiene una cita de J.L. Piquero que parece sintetizar esta evocación general de la infancia (“si algún día/ me olvidase de todo, de eso no”) y, en particular, del primer amor infantil y puro, perfecto. Y, probablemente, exagerada e injustamente idealizado:
Te quería con ese amor nuevo
Sin sombra sin resabios
Sin olor a cuerno quemado
Ese que es luz
                        Una vez
Que no se piensa ni se habla
Que se limita a ser
Sin preguntarse
Sin recordar lo que ha dolido
                                               Antes
Sin anticipar el daño que vendrá más tarde

“Descampado” condensa el epígrafe, de hecho, el título de esta parte parece casi un remedo de su caótica enumeración melancólica (Manchas de tierra en los vaqueros/ Matorral en los tobillos (…)/Cabezas patas/Rabos amputados/ Pilas pipas chicles quicos).
Sin embargo, pronto se produce un desplazamiento del yo poético, que pasa a contemplar ese mundo desde el presente expurgado de inocencia en poemas como “Bus stop” o, sobre todo, “Pipas”: Veinte años después/ Sigo comiendo pipas en aquel banco/ Mirando El grito de Munch/ Sepultada por las cáscaras/ Sola/ Perpleja/ Con los ojos saldas/ como entonces/ Sin enterarme de nada.
Así, analizando la infancia desde la, por así decirlo, desencantada madurez, llega la unión entre dos mundos ajenos, con varios poemas seguidos tremendamente tiernos y nada empalagosos: por ejemplo, el recuerdo de la abuela fallecida en “La loca del café”:
Se parecía tanto
                        Pero tanto a ti
                        Como la vida a una resaca
Que por un momento
He creído en los milagros

 O la recuperación fugaz del paraíso perdido de la infancia en algún actual compañero de juegos, como refleja “La certeza”: Pareces hecho de todo/Lo que una vez/ a long time ago/ in a galaxy far far away/ hubo en mí de bueno.
El tercer “libro” contenido en esta colección de “para limpiar el wáter”, llamado “Las cosas del querer”, aúna poemas de amor y, sobre todo desamor, además de una “Breve historia sentimental en cinco haikus (o algo así)”. Parte de una concepción afectiva tan romántica como cínica y en sus versos se percibe el influjo de Bécquer, Salinas o Fonollosa junto a los (que aparecerán) citados Quevedo, Luis Alberto de Cuenca, Gimferrer y Borges. Sin embargo, como ya habíamos indicado, el elemento vertebrador será el humor, que no solo evita caer en la ñoñería sino, además, para provocar algunos de los momentos más memorables del conjunto, como en “Efecto Grey”, en “Rescate” o en “Impotencia”:
No sé si el balance de tu voz
Entre el rollo lastimero o castigator
Te funcionará con otras
En otros antros en otros puertos
Que quieran salvarte o cambiarte
(…)
Porque en noches como esta
Me la sudan
Y no sabes de qué modo
Neruda el destino la metafísica
(…)
Dime que sabes lo que quieres
Que hace tiempo que no lo haces
O que hace mucho que esperas esto
Me lo creeré un rato
Lo justo entre el primer roce
De las lenguas los dientes torpes
Y el último jadeo

En “Primero, el sufrimiento”, prólogo a la edición completa de su poesía, Michel Houellebecq afirmaba: “Los seres se diversifican y se hacen más complejos, sin perder nada de su naturaleza primera. A partir de un determinado nivel de conciencia, se produce el grito. La poesía deriva de él. (…) El primer paso de la trayectoria poética consiste en remontarse al origen. A saber: al sufrimiento”. Llegamos pues a la última parte del libro, “La resaca”, es decir, al sufrimiento. Este epígrafe incluye, quizás, los versos más agrios y desencantados. con un despertar simbólico que, como no podía ser de otra manera, debía resultar también decepcionante y duro. De ahí la inclusión de una nueva referencia cinematográfica, concretamente el Marsellus Wallace de Pulp Fiction y su “Estoy a mil jodidas millas de estar bien”. De esta parte debemos rescatar el poema generacional de obsolescencia programada “La bola y el cristal” (y su grito de guerra perdida: Viva el mal/ Viva el Prozac) o la reescritura del cuento clásico “Cenicienta”: La boca me sabe a ceniza/ La chimenea lleva todo el día apagada. Pero, sobre todo, “Ispahán” que, bajo una referencia a Juan Eduardo Cirlot (“Estoy cansado de estar muerto y ser”) desgrana estos versos:
El niño de los vecinos
                        como siempre
Dando por culo a la hora de la siesta
Y no sé si adoptarlo para llenar el vacío
Que juega a la pelota y golpea mis entrañas
O darle un beso en la frente y abandonarlo
Tumbado y tranquilo
En un campo de amapolas
Desangrado.
(….)
Fakir borracha posmoderna tumbada
Sobre una cama de recuerdos como clavos.

Escribió José Luis Morante en su reseña de la Antología: “Cuando Charles Baudelaire escribe Le spleen de Paris la deriva existencial en la urbe moderna encuentra los contornos que limitan su semántica. La bilis negra y la melancolía dictan su codificación poética. De ellas manan otros idearios que narran el hastío del hombre deshabitado; y en esa forma de entender la erosión del tiempo sobre la conciencia tiene nuevo cobijo la poesía de Ballerina Vargas Tinajero. En su retrato gris del desasosiego solo ha cambiado el latido cronológico y los referentes escenográficos que enmarcan el rostro cansado y ojeroso del perdedor”.
Sin embargo, como hemos dicho, la amargura y el cinismo van adquiriendo diferentes tonalidades más o menos trágicas pero siempre barnizadas por un humor constante más allá de la muerte. Y, si el libro se abría con un gran poema (“Lo mío no es normal”), el cierre queda para una guinda aún mejor: “Instrucciones para mi funeral”, con cita (y deje) a Karmelo C. Iribarren.
Ya concluyo: recientemente ha tenido lugar un intenso y, a ratos, interesante debate en redes sobre la poesía contemporánea española que, además de filias, fobias y enredos ha dejado ver que los juicios estéticos demasiado a menudo se desvían de faro de la calidad a la vieja dicotomía entre apocalípticos e integrados. No es intención de este reseñista agitar más las ascuas de un debate más público que oculto y, en lo referente a este libro, diré que, a la vez, es fácil de leer como interesante de haber leído. Hemos hecho bastantes referencias al continuo contraste entre la poesía clásica y cotidiana, sagrada y posmoderna, clásica y pop. Cabe pues acordarse de la reflexión de José Luis Pardo en Introducción al malestar en la cultura de masas explicando que es imposible el tránsito entre baja y alta cultura “elevando gradualmente el nivel de complejidad o de dificultad sino que, a pesar de que ambas no pueden definirse más que la una contra la otra, su naturaleza es totalmente discontinua; de tal modo que lo que resulta imposible de mantener es que la facilidad de la cultura popular sea el resultado de rechazar la complejidad de la alta cultura (concebida esta dificultad como una complicación progresiva de aquella facilidad); más bien habría que decir que la inclinación popular a la gratuidad argumental es un modo de apreciación de esa dificultad objetiva –la diferencia de clase-, y que el testimonio de tal apreciación de la dificultad es justamente el que la baja cultura sólo pueda contemplar la superación de esa barrera como un evento prodigioso del tipo de los que tienen lugar en el cuento de La cenicienta o en el Romance de Gerineldo, pues el salto de una naturaleza a otra, precisamente porque es imposible darlo progresivamente, sólo puede ser un milagro”.
Probablemente eso sea lo mejor que se pueda decir de este libro: extraño cóctel imposible, pero tan bien servido que acaba dejando un regusto extraño pero agradable. Como a lejía, pero de la buena. Casi un milagro.

Víctor Peña Dacosta

viernes, 21 de abril de 2017

"Menos mal que mientras nos rascamos los huevos la bolsa sigue subiendo"

Celebro la entrega del premio Cervantes a Eduardo Mendoza con un fragmento de, en mi opinión, la mejor de sus novelas paródicas, La aventura del tocador de señoras en el que "el alcalde de Barcelona" da un discurso con toques socialistas, surrealistas y lisérgicos:

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Ciudadanas y ciudadanos, amigos míos, permitidme interrumpir vuestra vacía cháchara para explicaros el motivo de esta convocatoria intempestiva y del sablazo que la acompaña. Hace un momento nuestro gentil anfitrión, el amigo Arderiu, a quién tanto debemos, sobre todo en metálico, me decía que el tiempo vuela. Al amigo Arderiu Dios no le ha concedido muchas luces; todos estamos de acuerdo en que es un imbécil. Pero a veces, pobre Arderiu, dice cosas sensatas. Es cierto: el tiempo vuela. Acabamos de guardar los esquís y ya hemos de poner a punto el yate. Suerte que mientras nos rascamos los huevos la bolsa sigue subiendo. Os preguntaréis ¿A qué viene ahora esta declaración de principios? Yo os lo diré. Se avecinan las elecciones municipales. ¿Otra vez? Sí, majos, otra vez.

No hace falta que os diga que me presento a la reelección. Gracias por los aplausos con que sin duda recibiríais este anuncio si no tuvierais las manos ocupadas. Vuestro silencio elocuente me anima a seguir. Sí, amigos, vuelvo a presentarme y volveré a ganar. Volveré a ganar porque tengo a mis espaldas un historial que me avala, porque lo merezco. Pero sobre todo porque cuento con vuestro apoyo moral. Y material.
No será fácil. Nos enfrentamos a un enemigo fuerte, decidido, con tan pocos escrúpulos como nosotros, y encima un poco más joven. Arderiu tenía razón: el tiempo vuela, y hay quien pretende aprovecharse de esta enojosa circunstancia. Los que pretenden tomar el relevo alegan que ya hemos cumplido nuestro ciclo, que ahora les toca a ellos meter mano en las arcas. Tal vez tengan razón, pero ¿desde cuándo la razón es un argumento válido? Desde luego, no es con razones con lo que me moverán de mi poltrona.
No amigos, no nos moverán. Al fin y al cabo estamos dónde estamos porque nos lo hemos ganado a pulso. Hubo una época en la que el poder nos parecía un sueño inalcanzable. Éramos muy jóvenes, llevábamos barba, bigote, patillas y melena, tocábamos la guitarra, fumábamos marihuana. Íbamos salidos y olíamos a rayos. Algunos habían estado en la cárcel por sus ideas; otros, en el exilio. Cuando finalmente el poder nos tocó en una rifa, voces se alzaron diciendo que no lo sabríamos ejercer. Se equivocaban. Lo supimos ejercer, a nuestra manera. Y aquí estamos. Y los que nos criticaban y dudaban de nosotros, también. El camino no ha sido fácil. Hemos sufrido reveses. Algunos de los nuestros han vuelto a la cárcel, bien que por motivos distintos. Pero en lo esencial, no hemos cambiado. De coche, sí; y de casa; y de partido; y de mujer, varias veces, gracias a Dios. Pero seguimos con las mismas convicciones. Y con más morro.
La aventura del tocador de señoras.
Eduardo Mendoza.
Seix Barral, 2001

martes, 4 de abril de 2017

Cambio de hora (un relato genial de César Martín Ortiz)

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Nos mandan atrasar una hora el reloj, como cada primavera. Hay una luz de las siete y media, pero son las ocho y media de la tarde. Hay que ir pensando en salir a tomar las cañas y cenar y meternos en la cama cuando todavía la noche no ha puesto en marcha su oscuro mecanismo de absorción de calor y aún se deslizan vetas de aire cálido entre las cortinas del dormitorio cuando vamos a cerrar las ventanas. La luz de las siete y media, nuestro cuerpo de las siete y media, que no sabe qué apetecer en esta hora tonta, tarde para el té con la galleta, pronto para la cerveza, es una luz que incita a la nadería y al fantaseo propio de la ausencia de actividad y premura de hacer cosas. Estamos en casa, solos; al otro lado de las ventanas la calle se pone grisácea, disminuye el contraste cromático y todo pierde algo de realidad. Ya no somos seres laborables y aún no somos seres sociales; también nosotros hemos perdido contraste, nos hemos quedado en blanco, como conferenciantes novatos, en medio de las obligaciones coercitivas o voluntarias que nos hacían un hueco, un lecho, un nicho entre la vasta humanidad, y empezamos a sentirnos un poco borrachos, un poco alucinados por la repentina volatilización de las firmezas de costumbre, que tan rigurosamente nos ponían en nuestro sitio.
Hora peligrosa esta. Toda autoridad cae de su pedestal; toda responsabilidad parece descender desde el encumbramiento de lo ético y útil hasta la condición de lo que se puede chalanear sin perder el propio respeto. La laboriosa conciencia del yo se gasifica, el viejo tema del yo se presta a variaciones imaginarias en ese momento engañoso, y algo que hace unas horas nos parecía imposible y dentro de unas horas nos parecerá delirante, ahora se pone al alcance de la mano, colocado ahí por la luz incierta de la hora confusa, una para el cuerpo, otra diferente para el reloj, el noticiario y las obligaciones.
Ya no somos jóvenes; nos hallamos, o nos opinamos, en una buena situación basada en el compromiso entre la flexibilidad absoluta y la rigidez igualmente absoluta. Ya no nos dejamos zarandear por cualquier emoción de serie B y aún no estamos petrificados de contumacia senil. En cierto modo agradecemos a los años transcurridos sus lecciones no siempre amables; hemos ganado en fundamento, quizá no en el fundamento que hubiésemos querido, pero ahora nos parece que un fundamento, el que sea, es mejor que ninguno y no echamos de menos la inestimable pesadilla juvenil. Y todo esto estaba muy bien, pero el cambio de hora nos ha traído esta hora desubicada que nos hace perder el compás del día, el paso alegre con el que marchábamos inconscientes nadie sabe adónde, y nos llena la cabeza de remotos vapores intoxicantes y de estampas resucitadas que ya solo barajábamos en algún ensueño mañanero.
¿Por qué no fuimos más audaces? ¿Por qué no viajamos más? ¿Por qué no cogimos lo que queríamos antes de que pasara el momento? La hora perdida que ha frenado en seco nuestro desfile de soldaditos movidos a cuerda nos proyecta una escogida recopilación de renuncias y cobardías propias. Renuncias y cobardías que ya habíamos ido ensartando en nuestro argumento general y que la interesada desmemoria había conseguido empurpurar de nobles o heroicas, o al menos de inevitables, y que ahora, pasajeramente desconectadas de ese argumento, se nos aparecen con su reproche y su gesto de amarga burla.
No es un asunto trivial este del cambio de hora. Los gobiernos que lo decretan, so pretexto de ahorrarle unos durillos o unos euros a no sé quién, deberían saber que esta hora encierra un peligro de sublevación y disgusto con lo que cada uno es, un temblor revolucionario. Cualquier día de abril la calle puede llenarse de ciudadanos espoleados por el bochorno y el arrepentimiento, decididos a rectificar su andadura, resueltos a arrojar por la ventana logros imaginarios y esclavitudes improductivas, y a socavar los cimientos de la economía de mercado, la tradición cristiana y el orden público.
Esa hora no es cosa de broma. Todas las prédicas del mundo sobre cualquier teoría no valen lo que una sola hora de experiencia de primera mano. La subversión de los valores no nos está esperando al final de la lectura de un volumen empachoso; es la sombra de todo lo que hacemos, es el reverso de todo lo que creemos. Está ahí, a la vuelta de la esquina de nuestra vida, tan cerca de ella como lo están la cara y la cruz de una moneda, y basta una hora perdida para que sintamos la curiosidad de asomarnos y averiguar qué hay al otro lado.
Cien centavos
César Martín Ortiz

lunes, 3 de abril de 2017

EL AMOR DURA TRES AÑOS (Frédéric Beigbeder)

Descubrí a Frédéric Beigbeder gracias a una entrevista publicada en la revista JotDown y enseguida devoré sus libros.

El amor dura tres años no deja de ser una (entretenidísima y divertidísima) obra menor claramente deudora de Houellebecq, pero contiene tal cantidad de máximas brillantes, frases arrebatadoras y reflexiones sobre el amor (entre el puro cinismo y el puto romanticismo) que no he podido resistirme a este despiece, como el que en su momento realizamos en este blog de Plataforma de Michel Houellbecq o Limónov de Emmanuel Carrére:

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El amor es un combate perdido de antemano.
Al principio, todo es hermoso, incluso tú. No das crédito a estar tan enamorado. Cada día trae consigo su liviana carga de milagros. Jamás nadie en el mundo había conocido tanta felicidad. La felicidad existe y es muy simple: consiste en un rostro. El universo sonríe. Durante un año, la vida no es más que una sucesión de soleadas mañanas, incluso cuando nieva por la tarde. Te dedicas a escribir libros sobre esta cuestión. Te casas, lo antes posible: ¿para qué reflexionar cuando uno es feliz? Reflexionar te entristece; la vida debe ganar la partida.
El segundo año, las cosas empiezan a cambiar. Te has vuelto más tierno. Te sientes orgulloso de la complicidad que se ha establecido en tu pareja. Comprendes a tu mujer con sólo medias palabras; qué felicidad conformar un todo. En la calle, confunden a tu mujer con tu hermana: eso te halaga pero te va desgastando. Hacéis el amor cada vez menos y consideráis que no es grave. Estáis convencidos de que el fin del mundo está muy lejos. Defendéis el matrimonio delante de vuestros amigos solteros, que ya no os reconocen. Tú mismo, sin ir más lejos, ¿estás realmente seguro de conocerte cuando recitas la lección aprendida de memoria y resistes la tentación de fijarte en las señoritas ligeras de ropa que iluminan la calle?
El tercer año, ya no resistes la tentación de fijarte en las señoritas ligeras de ropa que iluminan la calle. Ya no hablas con tu mujer. Pasáis horas en el restaurante escuchando lo que cuentan en las mesas vecinas. Sales cada vez más: eso te proporciona la excusa para no tener que follar. Pronto llega el momento en que ya no puedes soportar a tu esposa ni un segundo más, ya que te has enamorado de otra. Sólo hay un punto en el que no te habías equivocado: efectivamente, la vida siempre tiene la última palabra. El tercer año trae consigo una noticia buena y otra noticia mala. La noticia buena: asqueada, tu mujer te abandona. La noticia mala: empiezas otro libro. (...)
Marc Marronier es así: finge ser un degenerado bajo su trajecito de pana lisa porque le da vergüenza mostrarse tierno. Acaba de cumplir treinta años: la edad espuria en la que uno es demasiado viejo para ser joven y demasiado joven para ser viejo. Para no decepcionar a nadie, hace todo lo posible por estar a la altura de su reputación. A base querer aumentar las dimensiones de su press-book, se ha ido convirtiendo poco a poco en una caricatura de sí mismo. Le resulta agotador tener que demostrar que es amable y profundo, así que se las da de canalla superficial, adoptando ese comportamiento desordenado, incluso mortificante. (...)
He conocido el periodo en que todos mis amigos bebían, luego aquel en que todos se drogaban, después la época en que se casaban, y ahora estoy en la fase en la que se separan antes de morir. (...)
Uno puede ser alto, moreno y llorar. Para madurar, basta descubrir de repente que el amor dura tres años. Es el tipo de descubrimiento que no le deseo ni a mi peor enemigo: es una manera de hablar, ya que no tengo peor enemigo. Los esnobs no tienen enemigos, por eso hablan mal de todo el mundo: para intentar tenerlos.
Un mosquito vive un día, una rosa tres días. Un gato, trece años, el amor, tres. Así son las cosas. Primero hay un año de pasión, luego un año de ternura y, finalmente, un año de aburrimiento.
El primer año, uno dice: "Si me abandonas, me MATO".
El segundo año, uno dice: "Si me abandonas, lo pasaré muy mal pero lo superaré".
El tercer año, uno dice: "Si me abandonas, invito a champán".
(...)

El puño de la angustia me golpeó en el estómago: bajón de éxtasis. No lo necesito: ¿de qué sirve pasarse toda la noche huyendo de ti mismo si, al final, consigues darte alcance en tu propio domicilio? En los bolsillos de mi abrigo, recuperé unos restos de cocaína en una papelina. Incluso esnifé el papel. Esto amortiguará el spleen. (...) Ha amanecido, Francia se dispone a iniciar una nueva jornada de trabajo. Y, mientras tanto, un adolescente retrasado no se moverá durante horas. Demasiado colgado para dormir, leer o escribir, me quedaré mirando fijamente el techo apretando los dientes. Con este rostro colorado y esta napia blanquecina, observo en este espejo la imagen de un payaso en negativo. (...)
El divorcio es una pérdida de la virginidad mental. A falta de esa "buena guerra" que nos mereceríamos, este tipo de desastres (como perder a tu madre o a tu padre, quedar paralítico a causa de un accidente de tráfico, perder tu casa por culpa de un despido abusivo) son los únicos acontecimientos que nos enseñan a convertirnos en hombres. (...)
En el medio en que vivo, no te haces ninguna pregunta antes de los treinta años, y cuando los cumples, ya es demasiado tarde para responderla, por supuesto.
La cosa funciona así: tienes veinte años, te diviertes un poco y, cuando te despiertas, ya tienes treinta. (...) Nadie se plantea estas preguntas: ¿Hemos aprovechado la vida lo suficiente? ¿Deberíamos haber vivido de un modo distinto? ¿Estamos con la persona adecuada, en el lugar adecuado? ¿Qué nos ofrece este mundo? Desde el nacimiento hasta la muerte, conectamos nuestra existencia a un piloto automático, y hace falta una valentía sobrehumana para cambiar de rumbo. (...)
Lo malo del matrimonio por amor es que arranca demasiado alto. Lo único sorprendente que le puede ocurrir a un matrimonio por amor es un cataclismo. (...)
Uno se casa para poner nerviosos a los amigos o para hacer feliz a sus padres, a veces por ambas cosas, a veces a la inversa. (...)
Nuestra generación es demasiado superficial para el matrimonio. (...)
Después de tres años, una pareja debe separarse, suicidarse o tener hijos, que son las tres maneras de confirmar su final. (...)
Amar a alguien que también te ama es narcisismo. Amar a alguien que no te ama, eso es amor. Buscaba un reto, una experiencia, una prueba que pudiera transformarme; por desgracia, mis deseos se vieron saciados más allá de mis expectativas. (...)
La vida es una sitcom: una sucesión de escenas que se desarrollan siempre en los mismos decorados, con más o menos los mismos personajes, y de la que uno espera los siguientes capítulos con una impaciencia teñida de embrutecimiento. (...)
Me parece que todo el problema del amor radica en lo siguiente: para ser felices necesitamos seguridad cuando resulta que para estar enamorados necesitamos inseguridad. La felicidad se basa en la confianza mientras que el amor exige dudas e inquietud. Resumiendo, el matrimonio ha sido concebido para hacernos felices pero no para que permanezcamos enamorados. Y enamorarse no es el mejor modo de encontrar la felicidad; si así fuera, ya nos habríamos enterado.(...)
Engañar a tu mujer, en sí mismo, no es demasiado malo si ella no se entera. Incluso creo que muchos matrimonios lo hacen para ponerse en situación de peligro, para volver a correr riesgos, como cuando intentaban seducir a su esposa. En este sentido, el adulterio quizás sea una declaración de amor conyugal. Aunque quizás no. En todo caso, creo que me habría resultado algo difícil conseguir que Anne se lo tragara. (...)
Pero alguna vez hay que centrarse en lo esencial, a saber, el sexo.  (...)
En resumen, mientras que una historia de sexo puede convertirse en una historia de amor, pocas veces ocurre lo contrario. (...)
Estar solo se ha convertido en una enfermedad vergonzosa. ¿Por qué todo el mundo huye de la soledad? Porque obliga a pensar. En nuestros días, Descartes ya no escribiría "Pienso, luego existo". Diría: "Estoy solo, luego pienso." Nadie desea la soledad porque te deja demasiado tiempo para pensar. No obstante, cuanto más piensa uno, más inteligente es, o sea. más triste. (...)
Ser generoso es sencillo. uno está enamorado el día en el que pone dentrífico sobre un cepillo de dientes que no es el suyo.
Sobre todo, he aprendido que, para ser feliz, hay que haber sido infeliz. Sin el aprendizaje del dolor, la felicidad no es sólida. El amor que dura tres años es el que no ha superado montañas o frecuentado los bajos fondos, el que ha sido servido en bandeja. El amor sólo dura si ambos saben lo que cuesta, y vale más pagar anticipado, si no e arriesgas a tener que pagar la cuenta a posteriori. No hemos sido preparados para la felicidad porque no estamos preparados par el dolor. Hemos crecido en la religión de la comodidad. Tenemos que saber quiénes somos y a quiénes amamos. Tenemos que estar agotados para vivir una historia inagotable. (...)
No sé lo que me reserva el pasado (...) pero sigo avanzando, en el maravilloso terror, porque no tengo otra elección, avanzo, menos despreocupado que otras veces, pero avanzo de todos modos, avanzo a pesar de todo, avanzo y os juro que resulta hermoso.
El amor dura tres años.
Fréderic Beigbeder.
Anagrama. 

jueves, 30 de marzo de 2017

A algunos radicales (poema de Pier Paolo Pasolini)

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A ALGUNOS RADICALES
El espíritu, la dignidad mundana, 
el arribismo inteligente, la elegancia, 
el traje a la inglesa y el chiste francés, 
el juicio tanto más duro cuanto más liberal, 
la sustitución de la razón por la piedad, 
la vida como apuesta para perder como señores, 
os han impedido saber quiénes sois: 
conciencias siervas de la norma y del capital.
Traducción de Delfina Muschietti

domingo, 26 de marzo de 2017

Islamabad (Los Planetas)


Estos lo que quieren
es dividirnos,
porque tienen miedo
de perder tu sitio.
Sabes que sin violencia
estarías perdido
y metes tu mierda
de miedo en el hocico
a los ignorantes
y a los corrompidos,
los gregarios y serviles
de los que has dormido
con una tele mala
y con ansiolíticos,
para quitarles lo poco
que hemos conseguido.
Ven cientos de ellos
y millones de muerte
a las hermanas y hermanos
más inocentes,
muertos a vuestras manos,
basura indecente.
Dios sabrá vengarlo,
Dios es grande siempre.
Los atentados son de falsa bandera,
cuando atacan a los tuyos por dinero
que te llevas a paraísos fiscales,
dinero con sangre
de tus hermanos a los que traicionaste.
Tú no tienes miedo a lo que estoy diciendo,
no quieres que nadie sepa que pienso,
niegas lo que nuestros ojos están viendo,
eres enemigo de cualquier conocimiento,
y deberías de temer al todopoderoso
porque él quiere vernos a todos muertos.
El espacio es infinito y estamos solos.
Todo es inerte, solo estamos nosotros,
luchando en contra de la naturaleza,
porque solo existe vida en este planeta.
El milagro es que crezcan flores en la Tierra,
al final siempre recoges lo que siembras.
"Me estoy cayendo parriba,
madre dame la bendición.
Aunque que no consiga nada,
tuve mucha ambición.
Las calles están malas,
necesitan medicación.
Antes no le temía a nada,
pero ahora temo perderlo to".

miércoles, 22 de marzo de 2017

El bar, el bar y no pensar en nada...


EL BAR
El bar abre a las ocho y cierra cuando puede. Funcionarios y albañiles lo frecuentan por las mañanas. Al mediodía, un estudiante subraya frases junto a una ventana, a una velocidad de diez palabras por hora. Una chica se pinta las uñas sobre un crucigrama. Dos hombres parecidos juegan a las cartas por la tarde. Tres señoras critican a tres señoras que no están. El camarero habla con las máquinas. Una mujer embarazada, cayendo la noche, irrumpe preguntando si ha estado ahí su marido. Alguien le contesta que sí, pero que se marchó hace unas horas.
Elena Román.
Ciudad girándose 
(Ediciones de Baile del Sol, 2015).


Bares, ¡qué lugares! (en el blog de Elías Moro)
15 bares míticos de Madrid
Aproximación a los bares madrileños para "puretas"
Karmelo C. Iribarren: el poeta salvaje que nació en un bar

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(Karmelo C. Iribarren.
Seguro que esta historia te suena,
Renacimiento, 2005)

EL BAR DE AMIGO CHECHU (Drunk song): un poema de Ape Rotoma

El bar de mi amigo Chechu es el café
de Nicanor que canta Joaquín Sabina,
es el Cheers de Boston, where
everybody knows your name
y también knows otras cosas
about you, es la taberna de Moe,
es un refugio nuclear que protege
del fracaso y del desánimo
a unos cuantos desnortados
que devienen importantes y famosos
personajes sólo con estar allí,
es un gran templo pagano
donde oficia sus ministerios
la sacerdotisa Patty, camarera
y confesora, juez y parte,
simpatía por arrobas y una sonrisa perenne,
es también sala de juegos
(tanto da julepe o trívial)
y pabellón de reposo, es un barrio
de Calcuta en ocasiones,
donde se ve lo más raro
y más variado y a nadie le importa un pijo,
donde se habla o no se habla
con nadie o se habla solo,
se arregla el mundo y se rompe,
se respira una empatía hipertrofiada,
se recuerda y fantasea,
se merienda si hace falta una pizza
o un jamón, algo del chino
o del búrguer de la esquina
y, sobre todo, se bebe, claro está,
las copas que pone el Gato
y que parecen piscinas aunque
sin escalerilla, diría mi colega Frito
al que me alegra traer a colación
ya que pasa allí más horas
que los propios taburetes y es el alma
de las obligadas fiestas de los viernes
y los sábados y las menos obligadas
de algún jueves y algún domingo que otro
y del miércoles que toque
porque eso nunca se sabe,
es el abono que propicia la existencia y crecimiento
de una gran familia falsa, o sea,
una de las más auténticas, enmarcada y sustentada
por los vapores etílicos, el humo denso
del tabaco o lo que sea y los viajes
al servicio a lo que sea también,
es la hostia, es el copón
de la baraja, es la leche.
Ape Rotoma
Mensajes de texto y otros mensajes,
Renacimiento, 2014




MIENTRAS HAYA BARES (ARTÍCULO DE JUAN TALLÓN -completo aquí)
Cuando todo te parece una mierda, y a lo mejor lo es, o no hallas refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza. Nada está bastante perdido si todavía puedes dar un portazo, irte de casa y bajar al café. Claudio Magris es uno de esos escritores que no puede trabajar en casa, donde te acechan la familia y los objetos cotidianos. El bar es el sitio, sostiene, “donde la soledad se verifica en medio de los demás”. Se trata de un espacio en el que “no se enseña nada, pero se aprende la sociabilidad y el desencanto”. El novelista italiano acude a escribir casi siempre al Café San Marcos, en Trieste. Está acostumbrado a su torbellino, donde nada lo molesta. En Microcosmos, uno de sus más interesantes libros, rinde homenaje a los cafés. Joya del art nouveau, se trata del mismo local en el que Italo Svevo solía empezar sus mañanas, con la segunda caja de cigarrillos del día a medio fumar. No demasiado lejos de allí, en el Café Stella Polare, Svevo recibía clases de inglés de James Joyce, que también a menudo escribía en bares.
Magris necesita intimidad, y el bar es el lugar perfecto. Solo hay gente y ruido. Al parecer, son la clase de condiciones adversas que favorecen el tipo de aislamiento en el que su literatura avanza con determinación. Porque no se trata tanto de estar solo, como incomunicado, y eso lo consigue pese al ruido de la clientela y la máquina del café. Las multitudes, y sus barullos, también arrullan. Hay un momento en Gilda (1946), de Charles Vidor, en que el individuo que limpia los baños del casino consuela al personaje que interpreta Rita Hayworth diciéndole: “Con tanta gente se siente uno solo”. Esta clase de multitud, justamente, es la que consuela a Magris y lo acuna para escribir entre el gentío.

César Aira, desde las cafeterías del barrio de Flores, en Buenos Aires, también cultiva esta suposición: el bar ayuda a escribir. “Yo necesito una mezcla de concentración y distracción”, asegura, y eso sóolo se lo proporciona un local lleno de gente comentando trivialidades en la barra. “Si hay suerte, alguna me sirve para la siguiente novela, incluso para dar un giro a la que estoy escribiendo en ese momento”.
La literatura no siempre tiene que ver con la comodidad de una habitación con vistas, ni con la posibilidad de escribir en bata y en zapatillas a cuadros, mientras buscas la novela perfecta desde tu hogar. Hay muchas formas de comodidad, y entre ellas se encuentra el fastidio de un local ruidoso y transitado, cuando no con olor a cebolla frita en el ambiente. No es lo peor que puede haber en el aire. En 1922, instalado ya en París, Ernest Hemingway bajaba a escribir al café que había en la planta baja de su edificio, donde se bailaba bal musette a todo volumen. Allí escribió sus primeros cuentos, mecido por el caos, incluso el mal gusto, y bebiendo ron Saint James, con propiedades aislantes. Todo el instrumental que precisaba eran la bebida, las libretas de lomo azul, los lápices y el sacapuntas. Poco después de que su primera mujer, Hadley Richardson, extraviara durante un viaje en tren la maleta con su primer manuscrito, el autor norteamericano se puso a escribir en La Closerie des Lilas Fiesta. El ambiente del local le sentaba bien a su estilo. Allí plasmó también parte de Adiós a las armas. En realidad, las cosas más interesantes, si eras un escritor floreciente, solo podían sucederte en aquel lugar. Allí, de hecho, Francis Scott Fitzgerald le dio a leer El gran Gatsby, después de conocerse, en 1925, en el bar Dingo.
En aquellos años felices, entre guerras, todo lo bueno ocurría en la cama y los bares, como en la actualidad, probablemente. Aunque no se puede hablar de la generación perdida, como su madrina Gertrude Stein la bautizó —”You’re all a Lost Generation“, le dijo a Hemingway durante una de sus conversaciones—, sin mencionar el último reducto: el bar del Ritz. Casi al final de la SEgunda Guerra Mundial, Ernest se sumó a las escaramuzas para liberar el local de la presencia alemana. Y una vez liberado, lo celebró como se debe. La leyenda dice que se bebió 51 dry martinis. Puede ser. En Al romper el alba confiesa, esclarecedoramente: “Por lo que contaban, Churchill bebía el doble que yo y acababan de darle el premio Nobel de Literatura. Yo lo único que intentaba era ir aumentando mi cuota de alcohol para estar a una altura razonable por si me daban el premio a mí, ¿quién sabe?”. 
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MI PATRIA SON LOS BARES

Mi patria son los bares
y los patios. Sitios
donde estar sola
y sentir los rumores
de la vida. Por desgracia
hace ya tiempo
que abandoné las ramas
y los claros del bosque.
Ahora lo amortiguado
los saldos, la imitación:
donde también se vive.
Ana Pérez Cañamares.
Economía de guerra.
Ediciones Lupercalia

martes, 21 de marzo de 2017

La mariposa (un poema bestial de Tonino Guerra)

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La mariposa

Contento, lo que se dice contento,
he estado muchas veces en la vida
pero más que ninguna cuando
me liberaron en Alemania,
que me quedé mirando una mariposa
sin ganas de comérmela.
Tonino Guerra
(Traducido por Juan Vicente Piqueras)
Universidad Popular José Hierro

lunes, 20 de marzo de 2017

Recitando "When the soldiers are singing"


When the soldiers are singing

Toda vida es un proceso de demolición.
Francis Scott Fitzgerald

Imagino a mi mujer imaginándose
con otro sin esta tripa temeraria,
que ya no espanto ni disparando
una salva de verduras de advertencia
al principio de cada comida.

No sé.

Quizás él no empiece tantos libros
ni sea un fiera en los chistes malos,
pero sé que una mujer necesita
modelos de gama alta que enciendan
sus más bajas pasiones terrenales.

La política de contención ha fracasado:
el enemigo avanza camuflado en la rutina.

Y pongo el despertador una hora antes
para ver si hay huevos de correr un rato.
Pero me quedo mirando fotos viejas
con los ojos llorosos
y los michelines acojonados.

Y empiezo una paja en silencio
con más pena que ganas y cayendo
en derivas metafísicas: supongo
que existe un yo distinto en otra
dimensión sin extra de queso,
que se levanta temprano sin problemas
a ejercitar sus músculos de acero.

Pero, quién sabe: tal vez lo haga
porque necesita remarcarse
los abdominales por algo parecido
a lo que a ti te atenaza ahora.

Al fin y al cabo, la mujer de tus sueños
nunca estará contenta en tus pesadillas.

Déjate de cuentos, Víctor, y asume
en qué te has convertido aquí y ahora:
una caricatura  de ti mismo
condenada a un aterrizaje
de emergencia o un declive progresivo.
Pero también, no lo olvides, sigues siendo
un soldado que sabe jugar sucio
y conoce el campo de batalla.

¿Eres o no un veterano dispuesto
a dejarse matar por su única patria?
Varón  que arrastra sus setenta
y seis kilos de peso y diecisiete
centímetros kamikazes desplegados
a tiempo de acabar con esta guerra
en un redentor polvo mañanero.

Sal ahí, muchacho. Demuestra
de qué madera estás hecho.

Diario de un puretas recién casado,
Ediciones Liliputienses, 2016

domingo, 19 de marzo de 2017

TU SANGRE EN MIS VENAS

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Como ya comenté en esta entrada, he tenido la buena suerte biográfica y mala suerte literaria de que me tocara un buen padre: cariñoso, comprensivo y, como decía Machado, "en el buen sentido de la palabra, bueno". O, lo que es lo mismo, un mal leit-motiv literario.
Sin embargo, es un tema que me interesa y que he comenzado a tratar en este blog, agrupando diversos poemas o fragmentos de obras bajo la etiqueta de "La muerte del padre", que espero que vaya aumentando y completándose en los próximos tiempos.

Por eso me interesó enseguida la antología Tu sangre en mis venas, editada hace poco por Enrique García-Márquez para Renacimiento y tenía pensado escribirme una reseña al respecto, hasta que vi la que había colgado José Luis García Martín en su blog y consideré que, después de ella, poco podía o, más bien, debía añadir yo.

La antología no comete el mayúsculo de dejar fuera el mejor poema al respecto (como sí hiciera la de Balón envenenado, publicada por Visor, al omitir "Fuera de juego" de Alberto Tesán). Es decir, sí incluye esta maravilla de Juan Bonilla, que solo pueden leer completa en Poemas pequeño-burgueses, la citada antología o en esta entrada de mi blog.

Además, muchas otras joyas paternofiliales de Miguel de Unamuno, Antonio Machado, JRJ, Jaime Sabines, L.A. de Cuenca...

Personalmente, voy a rescatar este poema de Jesús Cotta:

VÍA PERSONAL
Porque el azar no explica a Rita Hayworth,
porque mira esa flor en la colina,
porque, si no, a quién daré las gracias,
porque también existes tú, mi vida,
porque no he muerto treinta y tres mil veces,
porque tengo una sed que es infinita,
porque apuntan a Él todos los árboles,
los zigurats, los ríos y las vidas.
Que sí, que existe Dios.
Me lo dijo mi padre en su agonía.

Menos la luna y yo
Jesús Cotta.
Ediciones de la Isla de Siltolá, 2013