ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


lunes, 27 de febrero de 2017

"Impunidad" (un relato sobre los Oscar plagiado este año por Warren Beatty)


Impunidad

Finalmente, contra todo pronóstico y pese a las buenas críticas recibidas, el actor de pétreo rostro y triste mirada celeste no fue nominado al Oscar al mejor actor principal por su actuación en “El hombre que llegó tarde”. De esta forma quedaba descartada la que parecía su última opción de conseguir la estatuilla. Había estado muy cerca quince años antes, cuando, de hecho, resultó una sorpresa que finalmente no fuera premiado, puesto que todos los indicios apuntaban a él y llegaba a la gala avalado por numerosos premios internacionales e incluso con el Globo de Oro, que en tantas ocasiones ha sido tomado como preludio de los premios de la Academia de Hollywood. Aquella vez contaba además con el factor de los méritos de una carrera coherente en el circuito independiente, con varios papeles muy reseñados en distintas facetas hasta que fue elegido por primera vez como protagonista para el nuevo drama de un conocido y excéntrico director. El rodaje fue enloquecedor, pero ese caos y la mala relación que se fue extendiendo entre el equipo quizás contribuyeron a que se metiera en la piel del presidiario ex -boxeador que busca, con sangre fría y crueldad, el respeto que le permita vivir al margen de las rencillas de la prisión para modelar vírgenes de cera sin ser molestado. Tuvo que engordar quince kilos para caracterizarse como el personaje y sabía que eso también era un punto a favor, que este sacrificio dietético suele impactar favorablemente en el jurado (no había más que recordar los ejemplos de Robert de Niro en “Toro salvaje”, de Tom Hanks en “Náufrago” de, aunque sucedería más tarde, Charlize Theron en Monster…). Sin embargo, en aquella ocasión el compromiso biológico no mereció la atención de los críticos de la Academia, que acabaron premiando a un desconocido actor de raíces australianas y a su interpretación de un pederasta arrepentido que trata de rehacer su vida en un barrio negro de Los Ángeles. Una basura considerable.
El actor de triste mirada celeste y pétreo rostro agrio recuerda ahora que, cuando llegó el momento en que se iba a otorgar la dorada estatuilla a los protagonistas más acertados, un ensordecedor silencio se alzó sobre los susurros más o menos contenidos de los asistentes y sobre la voz del maestro de ceremonias, ese comicastro ya calvo y sin gracia. Recuerda la agitación cada vez mayor y el bombeo de sangre alocado y casi audible que le golpeaba mientras nombraban a sus tres competidores y, finalmente, en último lugar, a él mismo. Apenas pudo esbozar una mínima sonrisa y tratar de parecer ajeno, divertido con la fiesta pero no excitado ni nervioso. Luego llegó el silencio.

Le gusta pensar que entonces, en ese silencio, recordó su infancia de chico tímido y acomplejado que, un día, descubrió el cine como válvula de escape de una adolescencia cruel y autodestructiva y una sociedad indescifrable. Que se le pasó por la mente las broncas con sus padres cuando les transmitió que abandonaba el hogar familiar para irse a una ciudad lejana a estudiar una carrera “para hippies” que auguruaba un futuro desolador entre la inmundicia y la homosexualidad. Le gusta contar cuando revive ese momento que pensó en los años de actor en paro, en los meses de actor pobre, en la forja de un carácter y un destino entre latas de conserva, botellas de vino barato, chivatos de una cocaína lamentable hasta que sonó un teléfono que marcó un cambio. Le gusta intentar convencerse de que pensó todo eso pero, en realidad, no pensó en nada que no fuera repetir mentalmente la letanía “que me lo den, que me lo den, que me lo den”. 

Aún más zumbante e hiriente que el silencio fue la broma tópica y sin gracia entre los dos presentadores y el momento eterno que tardaron en abrir el puto sobre. Todavía hoy jura que oyó cómo se rasgaba. Alguien le dio una palmada leve en el hombro y él sintió deseos de cerrar sus ojos celestes, o de santiguarse, pero sabía que no podía hacerlo, que una cámara no perdía detalles de sus gestos y los retransmitía en un cuadrito en el margen izquierdo inferior de la pantalla. Entonces fue cuando  no oyó su nombre. Y el silencio que inundaba todo estuvo cerca de perderlo pues el impulso automático y casi irrefrenable había sido apoyar ambas manos en los brazos de la butaca para impulsarse y salir y acabar de una vez con esa tensión, levantarse y salir y respirar, pues allí sentado se ahogaba y, al menos, aunque fuera trágicamente al fin había terminado la espera. Pudo controlarse cuando ya se incorporaba levemente y, aturdido, se dejó caer hacia atrás sin entender qué ocurría y oyó al resto del auditorio aplaudiendo y supo que él también estaba obligado a hacerlo y a fingir que se alegraba por su compañero. Y así lo hizo. Y mordiéndose los labios (era un actor de método) dominó la mueca de desilusión, de ira, de desengaño, y prosiguió con su papel de bobalicón sonriente y solidario mientras el ganador, radiante y visiblemente emocionado, subía al escenario. No pudo escuchar nada de lo que dijo. Sólo oía una y otra vez, en tortuosa repetición, el discurso que había preparado ante el espejo los días precedentes.

Al menos hoy no tendría que pasar por ese trago.


Como venía siendo una tónica frecuente, tal vez en forma de desagravio o premio de consolación para el rechazado (o quizá para prolongar el escarnio y zaherimiento) el actor de rostro granítico y acuosa mirada celeste fue invitado a entregar el galardón de una de las categorías menores (mejor maquillaje y peluquería). Lógicamente aceptó, asumiendo que esta vez su presencia en la ceremonia carecería por completo de interés. Su papel hoy sería nimio, radicalmente secundario: el del actor veterano que pasea su rostro no conocido en exceso, que a todos resulta familiar pero no logran recordar con precisión su nombre, y que no tiene más labor que entregar el premio a él nunca otorgado y ya sin posibilidades de recibir.

Tal vez su nueva no nominación obedecía a un castigo por las malas elecciones que hizo después de ese gran papel en el drama de éxito alabado por la crítica de quince años atrás. Fue el momento álgido de su carrera y, con la idea de aprovechar ese instante de reconocimiento, se embarcó rápidamente en una gran producción de un director con dos largometrajes discretos que parecía tener su oportunidad ahora que la productora confiaba en el guión de la alocada comedia que había ofrecido. Por eso no escatimó en gastos ni en el plantel, ni en el equipo, ni en las horas de rodaje y, sobre todo, se tiró la casa por la ventana en la promoción. En ella, hacían bandera de él, utilizando su rostro con expresión de cómica sorpresa bajo el que se podía leer: “El nominado al Oscar” antecediendo a su nombre. Fue un estrepitoso fracaso. Él ya lo había intuido con anterioridad, durante el rodaje de la persecución en coche (que parecía obligada en todas las cintas de ese director de enormes gafas y pelo teñido de un deslumbrante color rojo molesto) que le resultó anodina y aburrida. Sin embargo, confiaba en la promoción y, por qué no decirlo, en que él, con su buen hacer, podría salvar los momentos más decadentes de la película. No fue así. Los críticos que apenas siete meses antes habían hablado de él como “una de las grandes esperanzas de los actores de nuestro cine del momento” o le habían considerado “capaz de dotar de la máxima expresión la mirada de su en apariencia imperturbable rostro y conducir al espectador más reacio a la emoción”, ahora directamente le pasaron por encima. El actor de recia tez y blanda mirada no fue un blanco más dentro del desdén general hacia la comedia, sino el centro de todas las culpas, el chivo expiatorio de la película que, para más inri, pasó inadvertida por las salas. Fue su último papel protagonista. Sin embargo, las malas elecciones, ya en muchos casos obligadas, continuaron durante mucho tiempo. Demasiado.

Llegaron entonces años estúpidos y fugaces, de ganar y tirar dinero, de aceptar y rechazar papeles con desgana constante. Años de celebración absurda continua y enorme resaca infinita. Meses en clínicas de desintoxicación, uno o dos matrimonios fallidos, la participación en una serie policiaca sin misterio ni tensión. La vida.

Aún hoy si le preguntaran por qué lo hizo, se vería obligado a encogerse de hombros. Permanecería mudo y evitaría la respuesta incapaz de decantarse por ninguna opción con fiabilidad. También contribuiría a su silencio que le avergüence confesar que no está seguro, pero que cree que, por encima del desafío, del desprecio a la institución o a los críticos, simplemente quiso ver qué ocurriría. El caso es que, cuando el actor de pétreo rostro y mirada celeste se vio allí, en mitad del escenario y sabiendo que el público le dirigía una mirada de mínima atención y absolutamente carente de respeto ante su historial ya acabado y nunca glorioso, tras cumplir con el poco ocurrente guión y haber dado paso a los breves vídeos de los cuatro nominados y romper el sobre, no leyó el nombre que en él venía escrito. Tras el manido y chirriante “and the Oscar goes to...” hizo una larga pausa en la que se decidió a cambiar el destino: con voz indecisa al principio y desafiante al final para terminar casi chillando el nombre al repetirlo (y no son habituales esos excesos de entusiasmo en la ceremonia formal y estricta), premió, en tardía revancha, al último nominado, aquel que había sido situado por los técnicos en cuadrito del margen inferior izquierdo de la pantalla.

Tras la barrabasada volvió a sentir, igual que quince años antes, el aturdimiento, casi diría la náusea. No había pensado en las consecuencias y sólo lo hizo, por fin, ya tarde, en ese momento en que, por un instante, se figuró al millar de espectadores puestos en pie abucheándole y amenazando con lincharle pero estos, aburridos y ajenos aplaudieron levemente de forma autómata. Aún entonces temió que alguno de los encargados detuviera la mascarada pero nada ocurrió. Comprendió entonces que a poca gente le importaba, que menos aún conocían el supuesto ganador (supuesto, sí, porque el verdadero era aquel que él había elegido) y que esa obsoleta y anticuada Academia hipócrita elegiría sin dudar la mentira al escándalo. “Prefiero la injusticia al caos”, todos y cada uno de los que la formaban suscribirían esa cita. Y, sintiéndose seguro ya, sonrió a los aplausos que se apagaban, cansinos siempre, cansados pronto.

Cuando al fin su nominado llegó a su lado le notó emocionado pero tranquilo y, al darle un fuerte abrazo (que El Elegido recibió con sorpresa y devolvió flojo y fofo) le pareció un ganador digno. No le conocía, ni a él ni su trabajo, pero pensó que había hecho justicia. Al fin y al cabo ¿qué diferencia había?. ¿Tenía acaso mayor validez el meditado juicio de unos especialistas que el suyo, puramente instintivo? Quedaba claro que no. Había tenido el derecho a ser un dios, a decidir sobre la vida de cuatro personas y lo había hecho como deben hacerlo los dioses: tirando los dados mientras miran hacia otro lado, de forma aleatoria, caprichosa e impune. Se sabía intocable. Los dioses no han de rendir cuentas a nadie y fulminarán con rayo justiciero al temerario que se atreva a exigirlas. Es lo que tienen.
Por primera vez en mucho tiempo permaneció exultante y satisfecho en la fiesta posterior a la ceremonia y borracho y contento volvió a felicitar encarecidamente a su pupilo, a Su Elegido, que recibió con incomodidad y timidez el entusiasmo de aquel actor que le era lejanamente familiar, que creía haber visto en varias producciones televisivas mediocres y quizá también, en una gran película anticuada. El actor de rostro pétreo siguió bebiendo aún y cuentan que cuando su mirada celeste estaba ya aguada y perdida hizo un corte de mangas al famoso galán galardonado ese año con el Oscar al mejor actor y que se hubiera abalanzado sobre él al grito de “mamarracho con suerte” si no se lo hubieran impedido; pero él no lo recuerda. Sí que sabe con total precisión que hubo de pedir un taxi que lo condujera a su casa sin piscina, inconfundible con una mansión, alejada de Beverly Hills y en donde no tenía televisión. Y sabe también que se quedó mucho tiempo, aunque no puede precisar cuánto, mirando su viejo globo de oro, sintiéndose un malhechor justiciero (y sostiene que lo pensó con esa misma paradoja), un hombre que ha alcanzado al fin su correspondiente y motivada venganza.

Lo que no sabía ni supo nunca era que su acción no había sido original y que, bien al contrario, supone una práctica habitual en la gala de los Oscars despreciar la sentencia de los aparentemente sagrados sobres. Tal vez con mayor premeditación y menor visceral intuición que él, ante el desdén aburrido de unos críticos y técnicos que ya se lo esperan y lo asumen como irrefrenable y, a fin de cuentas, indigno de la atención que supondría una corrección o un castigo, fracasados con ánimo de revancha como el actor del pétreo rostro, cambian los designios a su antojo, ventajistas premian a amigos, morosos devuelven favores o actores pelotas agasajan a directores para tratar de conseguir un próximo papel. El actor de pétreo rostro y triste mirada celeste no sabía ni supo nunca que eso mismo habían hecho, con el único propósito de divertirse, los dos presentadores al premio al mejor actor quince ediciones antes, negándose a leer el nombre elegido por el jurado, su nombre, y premiando otro al tuntún, sintiéndose como poderosos, al decidir sobre la vida de los demás lo hacen tirando los dados mientras miran a otro lado, de forma azarosa, voluble e impune. Como caprichosos dioses niñatos.

Víctor Peña Dacosta,
Salamanca, 2007.
(Relato inédito)

Amigas I (un poemazo de María Bastarós)



María Bastarós
Publicado en el fanzine Brochetas de cosas emocionantes

domingo, 26 de febrero de 2017

Gonzalo Hidalgo Bayal, el Everest y la pegatina


Anoche acabamos por la mañana temprano y no he logrado levantarme para ir al cierre de Centrifugados Encuentro De Literatura Periférica (que, seguro, ha sido magnífico, como el resto del festival) ni despedirme de los viejos y nuevos amigos.
Tampoco he podido asistir a la entrega del premio a Gonzalo Hidalgo, que se merece cuanto gane. Eso sí, que se premie a Gonzalo es, como decía Leonard Cohen sobre Dylan, como ponerle una pegatina al Everest diciendo que es la montaña más alta del mundo.

ACTUALIZACIÓN: En este enlace pueden acceder al discurso que dio Álvaro Valverde en la entrega del I Premio Centrifugados.

jueves, 23 de febrero de 2017

La justicia es igual para tontos

De verdad que no (un poema de LA HUIDA HACIA DELANTE)

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DE VERDAD QUE NO


Instrúyanse porque necesitaremos toda nuestra inteligencia.
Conmuévanse, porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo.
Organícense, porque necesitaremos toda nuestra fuerza.
Antonio Gramsci

Leo periódicos con diferentes
puntos de vista mientras desayuno,
firmo peticiones que me parecen
apropiadas, las comparto, reciclo,
muchas veces doy limosna a los pobres,
casi siempre me bajo los programas
electorales y voy a votar aunque
sea en blanco. Me desahogo contra
el número de coches oficiales
en mi muro de Facebook y en las barras
de algunos bares, tengo discusiones
con los compañeros del instituto
acerca de la actualidad política
y, alguna vez, incluso, si no llueve
quedo para ir a manifestaciones.

De verdad que yo ya no sé qué más
tengo que hacer para cambiar el mundo.


                                Víctor Peña Dacosta
                                La huida hacia delante, Sevilla, 2014


(Tuve el honor de que este poema fuera incluido en el Proyecto Educativo Re-Generación del 98, con el que 4 compañeros del IES Chaves Nogales fuimos galardonados con el que ganamos el II Premio Antonio Domínguez Ortiz a la innovación educativa.)

Prólogo (de VPD) a "Música para indigentes" de Miguel Ávila Cabezas

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El presente libro, último hasta el momento del poeta salobreño Miguel Ávila Cabezas, se titula “Música para indigentes”, y está constituido por un total de 49 poemas y “7 Haikus de Junio”, que suponen un itinerario de auto-indagación entre el inicio artificialmente popular de Rima vieja y el final ambiguo que ofrece De ida y vuelta. Y me permito señalar estos datos aparentemente obvios porque estamos ante una obra redonda, meditada en su estructuración y aún más en su ejecución, en su desarrollo, en su reescritura y su corrección, que ha derivado en un tono coloquial pero sabio, de ritmo sencillo y libre, despojado de falsos lirismos y sostenido sobre una concreción temática que se acerca al aforismo.
Nos hallamos, por lo tanto, ante un libro que, como buen compendio de sentencias, deja poco espacio para lo accesorio, e incluso su título y su orden no son circunstanciales sino, bien al contrario, contienen una serie de confidencias que intentaremos dilucidar en este prólogo: ya el nombre del poemario resulta suficientemente significativo como para detenernos en él, pues está compuesto por dos conceptos que tendrán una vital importancia en el desarrollo del libro: la música y la preocupación social.
En lo que respecta a la música, tiene una doble significación, ya que es inicio y también final. Me refiero con esto a que el vaivén melódico marca el ritmo de todo el poemario, pero, al mismo tiempo, es el refugio predilecto del yo poético y, además, escolta a sus tribulaciones y angustias. Por consiguiente, nos introduce, nos acompaña, o nos conduce hasta la culminación de cada aventura poemática, como esas perennes bandas sonoras de las películas que nos dirigen al momento álgido, ya sea a ritmo de tarantela (como se nos indica en el poema “E la nave va”) o buscando la comunión con el público mediante una estrofa dulce, repetitiva o inquietante:
Y después
no hubo mar
sino ausencia,
un magma apagado
asmático y sin fuerza
(Memoria de un mundo apagado)
En definitiva, una sintonía que, empleando las palabras de Ada Salas:
despierta en nosotros una exaltación o una evocación quién sabe por qué camino que estaba borrado antes de su escucha, pero que nos lleva a un lugar ya conocido, re-conocido en esa escucha; un determinado espacio cuya arquitectura nos acoge o nos expulsa porque despierta qué centros rectores de nuestro “estar en el mundo” .
Pero, más que la precisión formal, el concepto musical supone, ante todo, la máxima aspiración del poeta, es decir, alcanzar esa inmortalidad reservada a las coplas populares, al arraigo propio del anonimato:
Ya lo dice la canción (no la recuerdo)
convencido el cantor
de que acaso la distancia no sea el olvido
sino el sueño engañoso de quien busca
no acabar la partida
(La felicidad)
Por así decirlo, lo que Miguel Ávila busca es esa sentencia que sería firmada por todos, cantada en comunión y en conjunto pero sentida íntimamente por cada uno. O, lo que es lo mismo, la aspiración misma de la poesía desde sus orígenes, puesto que el poeta “al expresar lo que sienten otros también cambia el sentimiento, porque lo vuelve más consciente, permite que las personas se adueñen de lo que sentían, y por lo tanto le enseñan algo sobre sí mismas” . De hecho, para curarse en salud, el propio autor se disculpa, admitiendo que va a anteponer el fondo (la confesionalidad, en este caso) a la forma:
Mírame,
no cuentes las sílabas del verso
y mírame (…)
(Los perdedores)
pues no conviene olvidar que la buena poesía comparte, siempre, una aspiración más allá de los recursos estilísticos y la sonoridad. Sin embargo, en contra de lo que podría parecer, nos ahorra pasar por alto tal detalle, pues, contra lo que podría pensarse por esta captatio benevolentia, Miguel Ávila se sirve también con maestría del verso clásico (especialmente endecasílabos, octosílabos y alejandrinos) ora con vehemencia, en versos que parecen aldabonazos, ora con suavidad, deslizando su discurso con ondulantes pasos de ballet para, en ocasiones, puntuarlo con cambios de ritmo o incluso quebrarlo en inflexiones, rupturas o definitivos ceses de compás.
Por tanto, con formas más o menos musicales, estructuras fijas o libres y sílabas contadas o de juglaría, lo que Miguel Ávila persigue con mayor ahínco en este poemario es alcanzar la definición de aforismo que desarrolla Carlos Marzal, esto es:
un enunciado sentencioso que está sometido a un ritmo interno, es decir a una música de lo sucesivo y, a la vez, de lo simultáneo, de lo que nace obligado y también libre en su caminar: lo metódico y a la vez fruto de la inspiración, lo sometido a un esquema y al mismo tiempo nacido del capricho del creador. Música pensada, ideas que revolotean alrededor de un eje de carácter acústico.
Más adelante volveremos sobre este asunto, pero antes hemos de ocuparnos de la concepción de poesía como arma ideológica, que ya anticipa la referencia del título a las desigualdades sociales.
Ha querido el azar que llegue a imprenta este libro en un momento de máxima tensión entre diferentes formas de entender la poesía, precedido por una polémica surgida ante el prólogo de la magnífica antología Poesía ante la incertidumbre, que manifiesta opiniones como las siguientes:
La emoción es universal e intemporal. Y la poesía tiene que emocionar. Ante tan incertidumbre, para nuestra sorpresa, una gran parte de los nuevos poetas en español se han adscrito a una tendencia tan experimental como oscura. Como los hombres que rodeaban a Orfeo para escucharlo tocar su lira y de ese modo descansar su alma, asisten a las preguntas de nuestro tiempo tratando de ignorarlas (…) Si en la segunda mitad del siglo XX los mejores poetas de nuestra lengua abandonaron las liras y las torres de marfil, la poesía última, en busca de un nuevo camino, de una nueva actualidad literaria, se ha subido a un pedestal. (…) Los discursos fragmentarios, el irracionalismo como dogma y el abuso del artificio han supuesto la ruina de la poesía en muy diferentes etapas de la historia de la literatura. (…) Si un poema no se entiende el único responsable es quien ha tratado de establecer la comunicación. O bien no ha sido capaz por sus limitaciones, o bien no lo ha conseguido porque no era su propósito, porque sólo buscaba la erudición y el artificio).
Como consecuencia, un grupo de “lectores, críticos y poetas” que se han sentido aludidos o simplemente dolidos, han redactado una “Carta abierta en defensa de la pluralidad y convivencia de poéticas, en la que dicen reivindicar “una noción más amplia, inclusiva y plural de la escritura poética, así como una actitud de exigencia moral y apertura intelectual que esté a la altura de las herencias que se nos confían y nos permita reinventar, re-imaginar, nuestro futuro individual y colectivo” y reclaman  la “libertad de elección y movimiento, la pluralidad, el respeto a lo otro, lo distinto, la curiosidad intelectual, el rechazo de la frivolidad y el repudio de cualquier tentativa de instaurar una nueva doxa excluyente”.
Lejos de procurar cimentar una polémica que confiamos que se trate, ante todo, de un malentendido retórico, sí resulta oportuno señalar que este y otros poemarios mantienen una interesante posición equidistante, entre dos tierras ahora aparentemente enfrentadas pero más próximas de lo que podría pensarse. Pues si bien es cierto que encontramos sin dificultad algunos pasajes de la obra de Miguel Ávila que podrían obedecer a la vertiente de poesía “entrometida”, “desabrigada” o poesía como respuesta a la incertidumbre (especialmente el poemario Anfa ), el poeta siempre denuncia desde un lirismo sutil y carente de evidencias ideológicas. Y es que, en comunión con la inteligencia y el hacha, en Música para indigentes, hay espacio para lo que Roger Wolfe definió como “toda esa poesía que nunca cabe en un poema”:
Guerrero que viniste hoy a visitarme
(…)
¿mataste a algún niño durante la guerra?
(El reposo del guerrero)
pero aún hay más espacio para la ironía y el sarcasmo que otorga la experiencia:
Luego vinieron los profetas
y los corresponsales
del más allá
para dejar las cosas donde estaban,
es decir, en ningún sitio.
(Sinrazón)
Como han podido comprobar, resulta especialmente reseñable la aspiración de verosimilitud y credibilidad que, por tanto, da voz, voto y verso a esas voces diseminadas que alteran, afectan e incluso hablan en boca del sujeto individual, desposeído de importancia sociológica e histórica y al que solo le queda la voluntad de preguntar, impertinente y lacerante, siempre de un modo arbitrario, egocéntrico, particular, bien en boca de otros:
Antes de nacer
ya habíamos perdido
la batalla por la vida
(Los perdedores)
pero, sobre todo, en su nombre propio. O, lo que es lo mismo, desde unas premisas alejadas de estridencias y, que de nuevo, es preciso insistir, parecen pensarse desde una distancia suficiente para mantener la cabeza fría y el verso caliente. Es decir, desde la precisión cirujana propia de los aforismos.
Y es que este es un libro complejo, ya que la concepción bicéfala del autor, que se debate entre la indignación propia del testigo y la frialdad intrínseca al buen emisario, se ve aún más supeditada al hecho de que se trate de un libro tan personal que en ningún momento se aleja de su tiempo ni de su circunstancia pero que, mediante ese refuerzo del yo poético, consigue estrechar la distancia con el lector. Y éste es precisamente el fin que persigue Miguel Ávila, comunicar al otro su voz propia, su totalidad que, aunque relativa e individual, es también transferible pues “en literatura lo particular se percibe a menudo como totalidad, si aparece aislado, en tensión”.
Así, el subjetivismo, necesario ya de por sí en la propia concepción de la lírica, se convierte en elemento ineludible al enfrentarnos a una obra que pretende dar una visión propia, original y particular del mundo. Por eso el libro se abre de forma personalísima, situando ya el nombre del yo poético en el primer verso del libro con la osadía de posicionarlo como víctima de una acusación unánime:
Todos te acusan, Miguel.
Todo te delata.
(Rima vieja)
Esta persecución de la que va a ser objeto el yo poético nos remite a los versos de José Emilio Pacheco (“Escribe lo que quieras./ Di lo que se antoje:/ de todas formas vas a ser condenado”) y es que toda expresión poética es un acto de expiación o un intento de enmienda, y especialmente lo es este libro, marcado por el sentimiento de culpa de quien ha alcanzado la lucidez suficiente para aceptar verdades como:  
Se quiere a un hijo como se cree en Dios
(Sinrazón)
o
Cada día que pasa es una eternidad menos
(Despertar)
Como habíamos anticipado, “Música para indigentes” parece un libro de máximas carentes de pedantería y grandilocuencia, tal vez como esa canción que ya no se recuerda bien pero se sigue citando, aun con inexactitud, en el momento oportuno. No resulta extraña la filiación entre poesía y aforismo pues, recurriendo de nuevo, a Carlos Marzal, encontramos una relación abierta:
La poesía es, entre otras cosas, la extremosidad en lo verbal, la prueba máxima de lo que se puede alcanzar, el universo del lenguaje, con las herramientas del lenguaje mismo. El aforismo también (…) significa la demostración de cómo se puede formular la mayor cantidad de pensamiento con el menor número de recursos verbales posibles. Aquí también tendría validez el famoso aserto de Mies van der Rohe: less is more .
Porque no todo buen aforista es un buen poeta, ni mucho menos todo buen poeta es un aforista incuestionable, pero en Miguel Ávila se da esta concepción bicéfala del sujeto lírico que, sin renunciar a la expresión íntima, sabe alcanzar esa sabiduría intemporal, ajena a límites contextuales y escribir quizá “dentro del mismo tiempo”, sabiendo decir lo preciso sin decir lo mismo, “como un niño sorprendido por la urgencia del saber”.
La identidad del sujeto se fija así en algo irremediablemente perdido pero que ha de luchar por recuperar, y es que en este caso la auto-indagación de la que comenzamos hablando, se convierte en autoafirmación: escribo, porque no soy. Como quiero ser, pues escribo:
Desde que sé
Espero la alta vida redentora.
Desde que sé
Me asedia inevitable el desengaño
(Falsa rima)
Y es que este enclaustrado Sísifo salobreño pretende alcanzar la universalidad desde lo particular “jugando siempre una mano de más/ contra el destino”, narrando mínimas epopeyas cotidianas que siempre aspiran a superar la anécdota pero jamás osan creerse momentos de vital importancia, reflexionando sobre la trascendencia de lo superfluo y, sobre todo, notando cómo, aunque sea sin posibilidad alguna de escape o redención, hay que seguir escribiendo:
Por si te atrapan los versos
es preciso resistir.
(Parar no vale).
Seguir la senda es partir
a la busca del misterio.
(Breve sueño)
Escribir, pues, con la calma de quien dice hacerlo En el fondo del pozo, pero con el mismo ansia intacta del que necesita seguir resistiendo, en una escalada tan inútil como entretenida, un yo poético que ya no es ni un cuerpo, apenas una apariencia que deambula y manotea, buscando quizás:
Un fusil sin munición
o la nada
con que hacerte un día el harakiri
(Un cuerpo: una apariencia)


Víctor Peña Dacosta.
Casablanca, 2011

lunes, 20 de febrero de 2017

Palabra heredada en el tiempo

 

Palabra heredada en el tiempo: tendencias y estéticas en la poesía española contemporánea (1980-2015) es un ensayo coordinado por Remedios Sánchez que recoge estudios de Luis Antonio de Villena, Raquel Lanseros, Manuel Rico, Jorge Riechmann, Luis Bagué Quílez y un largo etcétera.
En "Profundidad de campo (sobre Luis García Montero)", el artículo de José Luis Morante, aparecen estas líneas:

HABITAR UN PAÍS ES LLENAR DE TIERRA UNA PISCINA

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Habitar un país es llenar de tierra una piscina recoge la poesía completa del gigantesco poeta Jorge Posada (México, 1980). en una fantástica edición liliputiense.

Estos días recitará en Centrifugados cosas como esta:


los precios de la carne no aparecen en el poema

no hay rimas sobre el incremento del gas

la cocinera con sus manos frágiles
los que duermen en las banquetas
los repartidores de pizza
el gesto ante las vallas de publicidad
la tristeza al tocar los cheques
la subcontratación
la venta de los órganos del hombre por el hombre
no caben

aclaran los jurados de las becas
sentencian los creadores nacionales
confirman los artistas en la presentación de sus libros


el poema
no huele
no se pudre
Resultado de imagen de jorge posada poeta

si has visto una cajetilla de cigarros
sobre una sábana
conoces cómo ama la gente

si has visto a un peluquero
enjabonándose el rostro
conoces cómo vive la gente

si has visto oficinistas
maldiciendo porque la lluvia
cae a las 5 de la tarde
(hora en que se retiran)
conoces cómo recuerda la gente

si has visto a un niño jugando
con mapas y fichas de colores
conoces la nostalgia



la primera vez
aquella en que caías de la cama

porque no aguantabas la risa
porque mi boca estaba en tus muslos
porque estábamos solos en el departamento

y tú querías
y yo quería



a father is a father

remix de claudio bertoni

tengo ganas
de que regreses
a los 30

¿por qué
no supe de niño
cómo te quería?

¿por qué
no salimos
en vez
de mirar
las paredes?

¿por qué
no podemos dormir
los cuatro juntos
mami
hermana

y yo
como cuando
había películas?

¿por qué
no vamos
a beber
una cerveza
y solo
hablamos
cuando

una canción
nos guste?

Habitar un país es llenar de tierra una piscina
Jorge Posada
Ediciones Liliputienses, 2016

viernes, 17 de febrero de 2017

Asperger (un poema de J.M. Cumbreño)

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Asperger

Me cuesta comprender las reglas de algunos juegos.
Me gusta ordenar y desordenar mi habitación.
Escribo con faltas de ortografía.
Me gusta jugar solo.
Me gusta jugar a ser a Batman, El Zorro o Superman.
Me gusta hacer colecciones de tebeos y de cromos de futbolistas.
No me gusta el fútbol.
No me gustan los chistes.
No me gusta que me toquen.
Cuando me tocan, me pongo nervioso.
Cuando me pongo nervioso, me froto las manos muy deprisa.
Tengo que mirar dos veces para ver.
Cuando hablo con alguien no le miro a los ojos.
Me sé de memoria el nombre de las calles que llevan a mi casa.
No rompo cosas.

Me cuesta sonreír.
Contar,
José María Cumbreño
Papeles mínimos, 2016

jueves, 16 de febrero de 2017

Y entonces fue el principio (un poema de Juan Ramón Santos)


Y ENTONCES FUE EL PRINCIPIO
un big bang celular
Sin precedentes
Que no alteró por ello lo más mínimo
La fatigada paz de los amantes,
Que ignorantes dormín allá afuera,
Inocentes, tomados de la mano,
Desnudos, vulnerables, 
Ya inmortales

Aire de familia
Juan Ramón Santos
Ediciones de la Isla de Siltolá, 2016

miércoles, 15 de febrero de 2017

Heisenberg (un poema de Aurora Luque)


He pasado una extraña noche con mister White.
Buscaba unos matraces. Yo preparaba exámenes.
Estaba muy nervioso y empezaba a inventar
no sé qué de una práctica compleja
para el laboratorio. De pronto se calmó.
Decidió regalarse una burbuja
y me ofreció, con una cruda audacia, compartirla.
En un sórdido antro de fotocopiadoras
se hizo una turbulencia de aves fénix.
Desquiciado y feliz, completaba una fórmula
renovada de eros: si aplicas disolvente
al plomo de los días, encontrarás un oro
poderoso en tu cuerpo. Si retiras con ácido
la escoria del establo,
si lavas con lejía tu vida estabulada,
te embriagarán las alas
de tu propio cerebro.
No me preguntes cómo me salí de la historia
pero soy Baby Blue, y por eso lloraba
con lágrimas azules
cuando ya estaba muerto.

Personal&Político
Aurora Luque
Vandalia (Fundación José Manuel Lara, 2015)

martes, 14 de febrero de 2017

You only love once (un poema de Ben Clark)



YOU ONLY LOVE ONCE
(escuchando a Loussier en la cocina)

Cuida que estén visibles los rincones
-dijo una vez mi madre-;
no existe otro secreto para un aspecto limpio.

Desdeña el fuego lento,
compra un buen suavizante pero vasos baratos. 

No intentes comprender cuando estés triste.
Olvida, cuando puedas olvidar,
y no llames jamás más de dos veces
sin que nadie descuelgue al otro lado. 

Los últimos perros de Shackleton
Ben Clark
Sloper, 2016

Palabras privadas (detalles sórdidos a continuación)


Palabras privadas

Estas son palabras privadas que te dirijo en público.
T.S. Eliot
Detalles sórdidos a continuación.
David Bowie

Puedo olvidar tus infidelidades
y los reproches injustos y sucios
que solo buscaban hacerme daño.
Puedo perdonarte tus bofetones
y los accesos de ira o los insultos,
las garras afiladas y los mudos
mohines emponzoñados de desprecio.

Puedo olvidarme también de que luego
hicieras trampa, contando mentiras
y buscando tanta compasión hacia
tu persona como desprecio hacia la mía.

Puedo perdonar que me prometieras
tanto para no darme luego nada.

Puedo perdonártelo todo,
incluso que tu manía de amar
sin querer (en los dos sentidos:
ausencia de intención y falta
de afecto) haya acabado con lo nuestro
para siempre de forma tan dolosa.

Pero lo que no te voy a perdonar
nunca en la vida, así pasen veinte años,
es que me hayas enseñado a sentir
y ahora no pueda, sin más, borrarlo,
a mí, que estaba muerto (y tan a gusto)
por dentro, y luego me hayas olvidado
a la intemperie, desahuciado, blanco
fácil y seguro de cuanta mierda
sensiblona desborda el mundo:
diana fácil de oenegés y mendigos,
víctima propicia de amigos jetas
y mujeres malvadas y preciosas
que solo tienen que seguir tus surcos,
arar poco para sacarme fruto.

Es decir,
que puedo perdonarte todo menos
que me hayas convertido en menopáusico
prematuro, enamorado, en general,
del mundo, que queda fatal tratando
de poner carita de inconsolable
tipo duro. En definitiva
y por ir terminando: te perdono
todo menos que hayas hecho que pueda
ser feliz ahora que te he perdido
y, por tanto, he dejado de merecerlo.

La huida hacia delante,
Ediciones de la Isla de Siltolá, 2014

domingo, 12 de febrero de 2017

Presentación en Sevilla de AIRE DE FAMILIA, gran poemario de Juan Ramón Santos

Parte de bajas (un poema de Víctor Jiménez)

Resultado de imagen de victor jimenez poeta
PARTE DE BAJAS
Cuando llegan al frente cada día,
lo primero que hacen es mirar
con atención el parte
de bajas.
Han caído
ya demasiados combatientes
como para afrontar
con ánimo y con éxito
la inminente batalla.
Son las ocho y espera el enemigo
que, como siempre, los supera en  número.
.Vuelve alguno, que llega rezagado,
a leer en voz alta
los nombres de los pobres abatidos
por las enfermedades y esta guerra.
Pero no cunde el pánico;
si acaso, el desaliento.
Y hay quien piensa, no entiende y se pregunta,
con una leve e irónica
sonrisa, cómo puedo
estar ahora aquí en primera línea
con esta tosecita que me entra al levantarme.


Al pie de la letra.
Víctor Jiménez.
Ediciones de la Isla de Siltolá