ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


lunes, 27 de febrero de 2017

"Impunidad" (un relato sobre los Oscar plagiado este año por Warren Beatty)


Impunidad

Finalmente, contra todo pronóstico y pese a las buenas críticas recibidas, el actor de pétreo rostro y triste mirada celeste no fue nominado al Oscar al mejor actor principal por su actuación en “El hombre que llegó tarde”. De esta forma quedaba descartada la que parecía su última opción de conseguir la estatuilla. Había estado muy cerca quince años antes, cuando, de hecho, resultó una sorpresa que finalmente no fuera premiado, puesto que todos los indicios apuntaban a él y llegaba a la gala avalado por numerosos premios internacionales e incluso con el Globo de Oro, que en tantas ocasiones ha sido tomado como preludio de los premios de la Academia de Hollywood. Aquella vez contaba además con el factor de los méritos de una carrera coherente en el circuito independiente, con varios papeles muy reseñados en distintas facetas hasta que fue elegido por primera vez como protagonista para el nuevo drama de un conocido y excéntrico director. El rodaje fue enloquecedor, pero ese caos y la mala relación que se fue extendiendo entre el equipo quizás contribuyeron a que se metiera en la piel del presidiario ex -boxeador que busca, con sangre fría y crueldad, el respeto que le permita vivir al margen de las rencillas de la prisión para modelar vírgenes de cera sin ser molestado. Tuvo que engordar quince kilos para caracterizarse como el personaje y sabía que eso también era un punto a favor, que este sacrificio dietético suele impactar favorablemente en el jurado (no había más que recordar los ejemplos de Robert de Niro en “Toro salvaje”, de Tom Hanks en “Náufrago” de, aunque sucedería más tarde, Charlize Theron en Monster…). Sin embargo, en aquella ocasión el compromiso biológico no mereció la atención de los críticos de la Academia, que acabaron premiando a un desconocido actor de raíces australianas y a su interpretación de un pederasta arrepentido que trata de rehacer su vida en un barrio negro de Los Ángeles. Una basura considerable.
El actor de triste mirada celeste y pétreo rostro agrio recuerda ahora que, cuando llegó el momento en que se iba a otorgar la dorada estatuilla a los protagonistas más acertados, un ensordecedor silencio se alzó sobre los susurros más o menos contenidos de los asistentes y sobre la voz del maestro de ceremonias, ese comicastro ya calvo y sin gracia. Recuerda la agitación cada vez mayor y el bombeo de sangre alocado y casi audible que le golpeaba mientras nombraban a sus tres competidores y, finalmente, en último lugar, a él mismo. Apenas pudo esbozar una mínima sonrisa y tratar de parecer ajeno, divertido con la fiesta pero no excitado ni nervioso. Luego llegó el silencio.

Le gusta pensar que entonces, en ese silencio, recordó su infancia de chico tímido y acomplejado que, un día, descubrió el cine como válvula de escape de una adolescencia cruel y autodestructiva y una sociedad indescifrable. Que se le pasó por la mente las broncas con sus padres cuando les transmitió que abandonaba el hogar familiar para irse a una ciudad lejana a estudiar una carrera “para hippies” que auguruaba un futuro desolador entre la inmundicia y la homosexualidad. Le gusta contar cuando revive ese momento que pensó en los años de actor en paro, en los meses de actor pobre, en la forja de un carácter y un destino entre latas de conserva, botellas de vino barato, chivatos de una cocaína lamentable hasta que sonó un teléfono que marcó un cambio. Le gusta intentar convencerse de que pensó todo eso pero, en realidad, no pensó en nada que no fuera repetir mentalmente la letanía “que me lo den, que me lo den, que me lo den”. 

Aún más zumbante e hiriente que el silencio fue la broma tópica y sin gracia entre los dos presentadores y el momento eterno que tardaron en abrir el puto sobre. Todavía hoy jura que oyó cómo se rasgaba. Alguien le dio una palmada leve en el hombro y él sintió deseos de cerrar sus ojos celestes, o de santiguarse, pero sabía que no podía hacerlo, que una cámara no perdía detalles de sus gestos y los retransmitía en un cuadrito en el margen izquierdo inferior de la pantalla. Entonces fue cuando  no oyó su nombre. Y el silencio que inundaba todo estuvo cerca de perderlo pues el impulso automático y casi irrefrenable había sido apoyar ambas manos en los brazos de la butaca para impulsarse y salir y acabar de una vez con esa tensión, levantarse y salir y respirar, pues allí sentado se ahogaba y, al menos, aunque fuera trágicamente al fin había terminado la espera. Pudo controlarse cuando ya se incorporaba levemente y, aturdido, se dejó caer hacia atrás sin entender qué ocurría y oyó al resto del auditorio aplaudiendo y supo que él también estaba obligado a hacerlo y a fingir que se alegraba por su compañero. Y así lo hizo. Y mordiéndose los labios (era un actor de método) dominó la mueca de desilusión, de ira, de desengaño, y prosiguió con su papel de bobalicón sonriente y solidario mientras el ganador, radiante y visiblemente emocionado, subía al escenario. No pudo escuchar nada de lo que dijo. Sólo oía una y otra vez, en tortuosa repetición, el discurso que había preparado ante el espejo los días precedentes.

Al menos hoy no tendría que pasar por ese trago.


Como venía siendo una tónica frecuente, tal vez en forma de desagravio o premio de consolación para el rechazado (o quizá para prolongar el escarnio y zaherimiento) el actor de rostro granítico y acuosa mirada celeste fue invitado a entregar el galardón de una de las categorías menores (mejor maquillaje y peluquería). Lógicamente aceptó, asumiendo que esta vez su presencia en la ceremonia carecería por completo de interés. Su papel hoy sería nimio, radicalmente secundario: el del actor veterano que pasea su rostro no conocido en exceso, que a todos resulta familiar pero no logran recordar con precisión su nombre, y que no tiene más labor que entregar el premio a él nunca otorgado y ya sin posibilidades de recibir.

Tal vez su nueva no nominación obedecía a un castigo por las malas elecciones que hizo después de ese gran papel en el drama de éxito alabado por la crítica de quince años atrás. Fue el momento álgido de su carrera y, con la idea de aprovechar ese instante de reconocimiento, se embarcó rápidamente en una gran producción de un director con dos largometrajes discretos que parecía tener su oportunidad ahora que la productora confiaba en el guión de la alocada comedia que había ofrecido. Por eso no escatimó en gastos ni en el plantel, ni en el equipo, ni en las horas de rodaje y, sobre todo, se tiró la casa por la ventana en la promoción. En ella, hacían bandera de él, utilizando su rostro con expresión de cómica sorpresa bajo el que se podía leer: “El nominado al Oscar” antecediendo a su nombre. Fue un estrepitoso fracaso. Él ya lo había intuido con anterioridad, durante el rodaje de la persecución en coche (que parecía obligada en todas las cintas de ese director de enormes gafas y pelo teñido de un deslumbrante color rojo molesto) que le resultó anodina y aburrida. Sin embargo, confiaba en la promoción y, por qué no decirlo, en que él, con su buen hacer, podría salvar los momentos más decadentes de la película. No fue así. Los críticos que apenas siete meses antes habían hablado de él como “una de las grandes esperanzas de los actores de nuestro cine del momento” o le habían considerado “capaz de dotar de la máxima expresión la mirada de su en apariencia imperturbable rostro y conducir al espectador más reacio a la emoción”, ahora directamente le pasaron por encima. El actor de recia tez y blanda mirada no fue un blanco más dentro del desdén general hacia la comedia, sino el centro de todas las culpas, el chivo expiatorio de la película que, para más inri, pasó inadvertida por las salas. Fue su último papel protagonista. Sin embargo, las malas elecciones, ya en muchos casos obligadas, continuaron durante mucho tiempo. Demasiado.

Llegaron entonces años estúpidos y fugaces, de ganar y tirar dinero, de aceptar y rechazar papeles con desgana constante. Años de celebración absurda continua y enorme resaca infinita. Meses en clínicas de desintoxicación, uno o dos matrimonios fallidos, la participación en una serie policiaca sin misterio ni tensión. La vida.

Aún hoy si le preguntaran por qué lo hizo, se vería obligado a encogerse de hombros. Permanecería mudo y evitaría la respuesta incapaz de decantarse por ninguna opción con fiabilidad. También contribuiría a su silencio que le avergüence confesar que no está seguro, pero que cree que, por encima del desafío, del desprecio a la institución o a los críticos, simplemente quiso ver qué ocurriría. El caso es que, cuando el actor de pétreo rostro y mirada celeste se vio allí, en mitad del escenario y sabiendo que el público le dirigía una mirada de mínima atención y absolutamente carente de respeto ante su historial ya acabado y nunca glorioso, tras cumplir con el poco ocurrente guión y haber dado paso a los breves vídeos de los cuatro nominados y romper el sobre, no leyó el nombre que en él venía escrito. Tras el manido y chirriante “and the Oscar goes to...” hizo una larga pausa en la que se decidió a cambiar el destino: con voz indecisa al principio y desafiante al final para terminar casi chillando el nombre al repetirlo (y no son habituales esos excesos de entusiasmo en la ceremonia formal y estricta), premió, en tardía revancha, al último nominado, aquel que había sido situado por los técnicos en cuadrito del margen inferior izquierdo de la pantalla.

Tras la barrabasada volvió a sentir, igual que quince años antes, el aturdimiento, casi diría la náusea. No había pensado en las consecuencias y sólo lo hizo, por fin, ya tarde, en ese momento en que, por un instante, se figuró al millar de espectadores puestos en pie abucheándole y amenazando con lincharle pero estos, aburridos y ajenos aplaudieron levemente de forma autómata. Aún entonces temió que alguno de los encargados detuviera la mascarada pero nada ocurrió. Comprendió entonces que a poca gente le importaba, que menos aún conocían el supuesto ganador (supuesto, sí, porque el verdadero era aquel que él había elegido) y que esa obsoleta y anticuada Academia hipócrita elegiría sin dudar la mentira al escándalo. “Prefiero la injusticia al caos”, todos y cada uno de los que la formaban suscribirían esa cita. Y, sintiéndose seguro ya, sonrió a los aplausos que se apagaban, cansinos siempre, cansados pronto.

Cuando al fin su nominado llegó a su lado le notó emocionado pero tranquilo y, al darle un fuerte abrazo (que El Elegido recibió con sorpresa y devolvió flojo y fofo) le pareció un ganador digno. No le conocía, ni a él ni su trabajo, pero pensó que había hecho justicia. Al fin y al cabo ¿qué diferencia había?. ¿Tenía acaso mayor validez el meditado juicio de unos especialistas que el suyo, puramente instintivo? Quedaba claro que no. Había tenido el derecho a ser un dios, a decidir sobre la vida de cuatro personas y lo había hecho como deben hacerlo los dioses: tirando los dados mientras miran hacia otro lado, de forma aleatoria, caprichosa e impune. Se sabía intocable. Los dioses no han de rendir cuentas a nadie y fulminarán con rayo justiciero al temerario que se atreva a exigirlas. Es lo que tienen.
Por primera vez en mucho tiempo permaneció exultante y satisfecho en la fiesta posterior a la ceremonia y borracho y contento volvió a felicitar encarecidamente a su pupilo, a Su Elegido, que recibió con incomodidad y timidez el entusiasmo de aquel actor que le era lejanamente familiar, que creía haber visto en varias producciones televisivas mediocres y quizá también, en una gran película anticuada. El actor de rostro pétreo siguió bebiendo aún y cuentan que cuando su mirada celeste estaba ya aguada y perdida hizo un corte de mangas al famoso galán galardonado ese año con el Oscar al mejor actor y que se hubiera abalanzado sobre él al grito de “mamarracho con suerte” si no se lo hubieran impedido; pero él no lo recuerda. Sí que sabe con total precisión que hubo de pedir un taxi que lo condujera a su casa sin piscina, inconfundible con una mansión, alejada de Beverly Hills y en donde no tenía televisión. Y sabe también que se quedó mucho tiempo, aunque no puede precisar cuánto, mirando su viejo globo de oro, sintiéndose un malhechor justiciero (y sostiene que lo pensó con esa misma paradoja), un hombre que ha alcanzado al fin su correspondiente y motivada venganza.

Lo que no sabía ni supo nunca era que su acción no había sido original y que, bien al contrario, supone una práctica habitual en la gala de los Oscars despreciar la sentencia de los aparentemente sagrados sobres. Tal vez con mayor premeditación y menor visceral intuición que él, ante el desdén aburrido de unos críticos y técnicos que ya se lo esperan y lo asumen como irrefrenable y, a fin de cuentas, indigno de la atención que supondría una corrección o un castigo, fracasados con ánimo de revancha como el actor del pétreo rostro, cambian los designios a su antojo, ventajistas premian a amigos, morosos devuelven favores o actores pelotas agasajan a directores para tratar de conseguir un próximo papel. El actor de pétreo rostro y triste mirada celeste no sabía ni supo nunca que eso mismo habían hecho, con el único propósito de divertirse, los dos presentadores al premio al mejor actor quince ediciones antes, negándose a leer el nombre elegido por el jurado, su nombre, y premiando otro al tuntún, sintiéndose como poderosos, al decidir sobre la vida de los demás lo hacen tirando los dados mientras miran a otro lado, de forma azarosa, voluble e impune. Como caprichosos dioses niñatos.

Víctor Peña Dacosta,
Salamanca, 2007.
(Relato inédito)

1 comentario:

  1. Está visto que la realidad a veces supera a la ficción...
    Aunque tenga un final distinto, tu relato me ha gustado mucho, espero que publicas más aquí o en tu blog de clase, que también conozco (y reconozco que me viene muy bien).
    Un saludo compañero.

    JL C

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